I
sólo hay un sol en el cielo
tu espina dorsal libre de atuendos
el tiempo y el espacio son ilusiones constantes y compartidas
-hemos encontrado el centro del universo entre canales venecianos-
los edificios se destrozan de belleza cuando no hay astros a la vista
relucen vivos y sexuales contra la noche
los relojes bailan desesperados
-amo este instinto loco de supervivencia primaria-
-amo las noches despojadas de virtudes-
cirros rojos de madrugada incendian la ciudad latente
millones de pulmones cantando al unísono
cadenas de montaje orgánicas de perfección calculada
el futuro se adueña
el acero se adueña
corren ríos de carne empotrada contra el asfalto
respiramos bombeando azufre
los falsos ídolos se contonean apetecibles
tú
tu mano peca
tu mano ha sido corrompida
-callas con el silencio de las estatuas-
la paranoia acelera tratando de aprehender el mundo
de sentir el mundo
de ser poseedora de las verdades del mundo
la cordura se despeña frenética
in crescendo hasta el vacío
adoramos la nada con violencia de mercenario
II
no tengo mucho tiempo.
hay tanta nieve fuera que un canguro trepida inquietante plasmando noches cerradas en la ventana. boxea boxea contra nosotros dos y tú te pierdes en una ducha eterna vas con el coche adivinando un camino apostrofado hiriendo abetos. oh sí dormir entre tus brazos es todo lo que quiero es todo lo que pido quizá también puedes acariciarme el centro ideológico-neurálgico un par de minutos para hacerme la mujer más feliz.
camino con una gabardina por un mundo de posguerras personales y me llamas cariño me miras con tus ojos azules de mañana y tu pelo tan suave que parece el líquido que da vida y belleza al mundo.
suenas resuenas tanto tú a veces entre estos no-edificios blancos por el frío y el espanto ante la soledad, y estática yo te observo volver al útero gritando una sonrisa eterna lamiéndome los hombros con tus manos de roble y tu cintura de abedul.
dame más siempre
dame más siempre
dame más para siempre
soy tuya.
III
las líneas de metro en colapso longitudinal
cae el lunes de mañana con aguacero de indiferencia
/regusto amargo de resaca condescendiente.
canta una niña te quiero en la esquina,
pura y maravillosamente adolescente.
tumulto de maletines y escaleras mecánicas
ruido semanal primario
(susurra: el horizonte a pasos lejanos).
ejecutivos de clase alta preguntándose por sus orines.
es bella esta gris mañana.
IV
54°25′S 3°21′E
La dorsal mesoatlántica se separa sesenta
milímetros al año;
se abre agudizando el más acá.
Sesenta milímetros periódicos
de ascensores que permanecen abiertos seis segundos
de más en continentes
distantes
- distintos tonos de blanco -.
Chorrean sedimentos en la dorsal,
sus piernas se separan inertes;
la roca joven es ya un monumento efusivo.
El curso de la vida es irremediable.
Sé que morirán sin pereza en la isla Bouvet.
Cada pie inmaculado a un lado del Atlántico.
* Poeta, intérprete de conferencias y se dedica a las redes sociales online. Lleva 4 años escribiendo y en los últimos meses se ha centrado principalmente en la búsqueda de nuevas formas poéticas mezcladas con la performance. Forma parte de la Generación Blogger definida por David González. El hecho de haberse visto en contacto permanente con distintos idiomas hace que trate de incorporar en sus poemas una visión "cosmolingüística", apostando por la mezcla de lenguas y las asociaciones imprevistas en un contexto marcadamente influido por el surrealismo y la poesía beat.
También leen
Cuánto tiempo hacía que no escribía en mi diario. Tantas veces he pensado en hacerlo que ahora, al volver y leer lo último que escribí, parece que alguien me haya robado páginas. Páginas o años de mi vida, porque lo último que pasó, según lo escrito, fue la muerte de mi hermana. Casi no me reconocía, leyéndome. No recordaba ya aquella sensación de ahogo y soledad que me cayó como una losa pesada cuando ella se marchó, como si la tierra me la estuvieran echando también a mí, a la cara, cubriéndome la boca poco a poco, después los ojos, respirando arena y asfixiándome en mi cuarto. No recordaba todas aquellas sensaciones de tristeza porque me pasé muchísimo tiempo intentando olvidarla, intentando borrar de mi mente cualquier cosa que me hiciera pensar en ella. Hasta que lo conseguí. A veces dudo incluso de si alguna vez Ali existió o yo la inventé para desinventarla luego, de tanto que he enterrado su memoria a lo largo de todo este tiempo. En las largas temporadas en que Ali no viene por aquí, lo dudo de veras, me tambalea su recuerdo en la mente, pero siempre vuelve a recordarme que una vez ella estuvo viva. He empezado a revivir la soledad a la que me había sobrepuesto gracias al odio hoy mismo, rescatando viejas páginas escritas. No sé cómo nadie lo advirtió en mis ojos, todo lo que escribí entonces, este diario es el desgarro de una niña, ojalá pudiera consolar la Raquel de hoy a la Raquel de entonces, me abrazaría tan fuerte que me haría daño.
Solía escribirle cuentos. En un principio lo hacía para ella. Se pasaba el día entero encerrada en su cuarto, tan oscuro todo, tan cerrado por ese frío que sólo sentía ella, y me daba pena. Así que cada noche abría mi cuaderno e inventaba una historia para ella, para que soñara con otras vidas, para que se olvidara de esa cama y de esas mantas que mamá le colocaba para las vecinas más que para ella. Eso hacía en un principio, en las primeras semanas de sus fiebres. Después ella enfermó más -o eso dice mi madre- y se dormía siempre. Parecía que lo hacía a propósito, siempre empezaba a cerrar los ojos cuando mi voz presentaba una escena importante, cuando parecía que me iba a comer el cuaderno con los ojos, se dormía. Es que no lo soportaba, ni lo soporto ahora tampoco. Mi madre siempre me decía que la dejara en paz, que no se lo tuviera en cuenta, pero es que estoy casi convencida, y de ahí creo yo que nace todo mi odio hacia Ali, de ahí y de asociarla a mi soledad y a esa sensación de asfixia por la arena, casi convencida de que por no decirme lo mucho que le estaba gustando, se dormía. Cerraba los ojos pero le temblaban los párpados, lo recuerdo, eso era porque estaba despierta, como esas veces que intentas dormirte y acabas persiguiendo con los ojos todas esas manchitas azules y naranjas que hay bajo el cielo de las pestañas. Eso hacía ella, se entretenía con los ojos cerrados, esperando a que yo me diera cuenta y dejara de leer, todo por no reconocer que le gustaba mi cuento. Ella también escribía, pero casi no le salía la voz, apenas un hilito muy pequeño para decirle a mi madre que tenía sed, así que nunca pudo leerle sus poemas a nadie, por eso no quería escucharme, tan egoísta como siempre. Así que en un principio pasaba eso, que lo hacía por ella, después, cuando me di cuenta de la envidia que me tenía, lo hacía por mí. Cuando se murió estuve mucho tiempo sin escribir. Porque, aunque lo hacía porque me gustaba y porque intuía que lo hacía bien, me faltaban sus ojos cerrados, su boca seca, su cara enferma disimulando.
Se murió porque ella quiso, porque no luchó, mis cuentos le hubieran dado fuerzas, si los hubiera escuchado, si me hubiera dejado acabarlos. Nunca me tomó en serio, yo era muy pequeña para ella, no me hacía caso. ¡Es que me tenía manía! Yo lo sé, no se lo he contado nunca a nadie porque todos la defienden siempre, sobre todo mi madre, te lo cuento a ti ahora, diario, me tenía manía, de verdad que lo sé, no me cabe ninguna duda. Es pensar en ella y tener esa certeza. Cuando estaba a punto de morirse, me dio el cuaderno en el que escribía. Me pidió que lo quemara cuando faltara, que no lo leyera sobre todo. Yo sé que lo que quería en realidad era que sí lo hiciera, quería demostrarme que ella también sabía escribir bonito, aunque no pudiera leerlo. Ali era una egoísta, era la más egoísta del mundo, y lo sigue siendo ahora, después de muerta. Me dio aquellos poemas tan tristes pidiéndome con la boca chica que los quemara, y lo hizo para que yo sufriera, para que sus palabras retumbaran para siempre en mi cabeza, para que su dolor fuera también el mío, para que siempre rondara por aquí su espíritu conformista. Me muero y me voy a dejar morir. Aquellos poemas eran horribles, no le importaba morirse, le daba igual la vida, le daba igual yo, porque ella sabía que me quedaría sola y le daba igual, prefería morirse. Y me dio su dolor para que me hiciera compañía, para que enfermara con ella. Durante mucho tiempo los leí y creí que me volvía Ali, que me entraba también la fiebre contagiándome de sus letras. Una y otra vez, una y otra vez, recordándolos, recitándolos, algunos me los sé de memoria, no tenía silencio nunca, siempre esos malditos poemas.
Cuando yo me puse enferma con aquellos versos, que fue poco después de que Ali muriera, mi madre no me cuidó tanto como a ella, saltaba a la vista, cualquiera lo habría notado. Yo cogía las mantas y me las ponía encima porque tenía frío y mi madre venía, llorando, y me las quitaba, me decía que dejara de jugar, que con esas cosas no se debe hacer teatro, que mi hermana lo había pasado muy mal y que debía tener algo de respeto, que ya no era una niña y tenía que comportarme. Y se abrazaba a mí y me preguntaba que si no la echaba de menos, llorando como nunca la había visto llorar. Yo le decía que sí, pero mentía, y la mentira me hacía tener más frío, y quería más mantas, y ella no me dejaba. Entonces tuve que odiarla a ella también porque era igual de egoísta que Ali y me prestaba la misma atención que ella: ninguna. Eran iguales. Yo no estaba fingiendo, los poemas aquellos me volvían loca, pero nunca se lo conté. Para qué, Ali siempre había sido su preferida y yo nunca sería como ella, ni siquiera cayendo enferma. Y todo por culpa de esos malditos poemas, los tendría que haber quemado.
Uno de ellos es para mí pero no lo entiendo, es retorcido y está lleno de metáforas, parece oscuro. Un día le pregunté en voz alta que qué significaba, en cuanto noté su presencia se lo dije, que qué significaba. Porque sigue siendo una egoísta y una creída, viene a verme muchas veces y no me contesta, se hace la dormida otra vez, pero yo sé que está ahí, que me espía, que quiere saber si me gustan sus poemas. Mi amiga Aurora decía, antes de ser monja, que los muertos que tienen algo pendiente en la tierra, vuelven. Eso me lo dijo cuando le conté que veía a mi hermana por la casa. Seguro que lo que tiene pendiente ella es saber el efecto que me han hecho sus poemas, sus tristezas, su abandono. No le voy a dar el gusto, no pienso decirle lo que siento, ni siquiera lo voy a escribir, por si los muertos también leen, que me parece que sí.
* Nació en 1988 en Barcelona. Y ahí sigue. Siempre dice que está estudiando Filología hispánica porque entiende que eso justificaría de alguna manera su pasión por la literatura: escribirla, o intentarlo, y leerla. Ha publicado cuentos en Letralia, Tierra de Letras, Narrativas y Agitadoras.
Solía escribirle cuentos. En un principio lo hacía para ella. Se pasaba el día entero encerrada en su cuarto, tan oscuro todo, tan cerrado por ese frío que sólo sentía ella, y me daba pena. Así que cada noche abría mi cuaderno e inventaba una historia para ella, para que soñara con otras vidas, para que se olvidara de esa cama y de esas mantas que mamá le colocaba para las vecinas más que para ella. Eso hacía en un principio, en las primeras semanas de sus fiebres. Después ella enfermó más -o eso dice mi madre- y se dormía siempre. Parecía que lo hacía a propósito, siempre empezaba a cerrar los ojos cuando mi voz presentaba una escena importante, cuando parecía que me iba a comer el cuaderno con los ojos, se dormía. Es que no lo soportaba, ni lo soporto ahora tampoco. Mi madre siempre me decía que la dejara en paz, que no se lo tuviera en cuenta, pero es que estoy casi convencida, y de ahí creo yo que nace todo mi odio hacia Ali, de ahí y de asociarla a mi soledad y a esa sensación de asfixia por la arena, casi convencida de que por no decirme lo mucho que le estaba gustando, se dormía. Cerraba los ojos pero le temblaban los párpados, lo recuerdo, eso era porque estaba despierta, como esas veces que intentas dormirte y acabas persiguiendo con los ojos todas esas manchitas azules y naranjas que hay bajo el cielo de las pestañas. Eso hacía ella, se entretenía con los ojos cerrados, esperando a que yo me diera cuenta y dejara de leer, todo por no reconocer que le gustaba mi cuento. Ella también escribía, pero casi no le salía la voz, apenas un hilito muy pequeño para decirle a mi madre que tenía sed, así que nunca pudo leerle sus poemas a nadie, por eso no quería escucharme, tan egoísta como siempre. Así que en un principio pasaba eso, que lo hacía por ella, después, cuando me di cuenta de la envidia que me tenía, lo hacía por mí. Cuando se murió estuve mucho tiempo sin escribir. Porque, aunque lo hacía porque me gustaba y porque intuía que lo hacía bien, me faltaban sus ojos cerrados, su boca seca, su cara enferma disimulando.
Se murió porque ella quiso, porque no luchó, mis cuentos le hubieran dado fuerzas, si los hubiera escuchado, si me hubiera dejado acabarlos. Nunca me tomó en serio, yo era muy pequeña para ella, no me hacía caso. ¡Es que me tenía manía! Yo lo sé, no se lo he contado nunca a nadie porque todos la defienden siempre, sobre todo mi madre, te lo cuento a ti ahora, diario, me tenía manía, de verdad que lo sé, no me cabe ninguna duda. Es pensar en ella y tener esa certeza. Cuando estaba a punto de morirse, me dio el cuaderno en el que escribía. Me pidió que lo quemara cuando faltara, que no lo leyera sobre todo. Yo sé que lo que quería en realidad era que sí lo hiciera, quería demostrarme que ella también sabía escribir bonito, aunque no pudiera leerlo. Ali era una egoísta, era la más egoísta del mundo, y lo sigue siendo ahora, después de muerta. Me dio aquellos poemas tan tristes pidiéndome con la boca chica que los quemara, y lo hizo para que yo sufriera, para que sus palabras retumbaran para siempre en mi cabeza, para que su dolor fuera también el mío, para que siempre rondara por aquí su espíritu conformista. Me muero y me voy a dejar morir. Aquellos poemas eran horribles, no le importaba morirse, le daba igual la vida, le daba igual yo, porque ella sabía que me quedaría sola y le daba igual, prefería morirse. Y me dio su dolor para que me hiciera compañía, para que enfermara con ella. Durante mucho tiempo los leí y creí que me volvía Ali, que me entraba también la fiebre contagiándome de sus letras. Una y otra vez, una y otra vez, recordándolos, recitándolos, algunos me los sé de memoria, no tenía silencio nunca, siempre esos malditos poemas.
Cuando yo me puse enferma con aquellos versos, que fue poco después de que Ali muriera, mi madre no me cuidó tanto como a ella, saltaba a la vista, cualquiera lo habría notado. Yo cogía las mantas y me las ponía encima porque tenía frío y mi madre venía, llorando, y me las quitaba, me decía que dejara de jugar, que con esas cosas no se debe hacer teatro, que mi hermana lo había pasado muy mal y que debía tener algo de respeto, que ya no era una niña y tenía que comportarme. Y se abrazaba a mí y me preguntaba que si no la echaba de menos, llorando como nunca la había visto llorar. Yo le decía que sí, pero mentía, y la mentira me hacía tener más frío, y quería más mantas, y ella no me dejaba. Entonces tuve que odiarla a ella también porque era igual de egoísta que Ali y me prestaba la misma atención que ella: ninguna. Eran iguales. Yo no estaba fingiendo, los poemas aquellos me volvían loca, pero nunca se lo conté. Para qué, Ali siempre había sido su preferida y yo nunca sería como ella, ni siquiera cayendo enferma. Y todo por culpa de esos malditos poemas, los tendría que haber quemado.
Uno de ellos es para mí pero no lo entiendo, es retorcido y está lleno de metáforas, parece oscuro. Un día le pregunté en voz alta que qué significaba, en cuanto noté su presencia se lo dije, que qué significaba. Porque sigue siendo una egoísta y una creída, viene a verme muchas veces y no me contesta, se hace la dormida otra vez, pero yo sé que está ahí, que me espía, que quiere saber si me gustan sus poemas. Mi amiga Aurora decía, antes de ser monja, que los muertos que tienen algo pendiente en la tierra, vuelven. Eso me lo dijo cuando le conté que veía a mi hermana por la casa. Seguro que lo que tiene pendiente ella es saber el efecto que me han hecho sus poemas, sus tristezas, su abandono. No le voy a dar el gusto, no pienso decirle lo que siento, ni siquiera lo voy a escribir, por si los muertos también leen, que me parece que sí.
* Nació en 1988 en Barcelona. Y ahí sigue. Siempre dice que está estudiando Filología hispánica porque entiende que eso justificaría de alguna manera su pasión por la literatura: escribirla, o intentarlo, y leerla. Ha publicado cuentos en Letralia, Tierra de Letras, Narrativas y Agitadoras.
Sentimiento infravalorado
Con un poco de odio
Odio las jodidas motos
ruidosas y a quiénes las montan
incapaces de sentir su daño.
Odio a las juventudes
que desperdician su vida con roles estúpidos
aprendidos en la caja tonta.
Odio a aquellas personas
que por llevar una mala vida
transmiten su mierda a los demás.
Odio a aquellos que por sonreírles
en su cara amarga y cansada
hacen sentir extraño al más bello acto.
Odio el racismo verdadero,
hipócrita mentiroso que
se halla en todos nosotros.
Odio el fanatismo religioso,
enriquecedor constante de la muerte,
engañoso alimento del hambre.
Odio el egoísmo del miedo
que se aloja en las ciudades
y en sus habitantes.
Odio este planeta tan bello,
agotado y moribundo
consumido de nuestro provecho.
Odio mis odios que son muchos,
mas yo me odio al verme envuelto
en el consentimiento de todo esto.
El Paseo
Paseé entre romero y salvia,
camino de líquenes bajo mis zapatos;
olor de piedra vieja y madera anciana.
Aire destapado.
Frío aliento el de los árboles despiertos,
la mente absorbió los vapores sutiles
de las grandes montañas.
Un gran artificio volver,
a la ciudad de luces desordenadas,
al nido metálico de dónde uno escapa.
* Oscar es pintor.
Odio las jodidas motos
ruidosas y a quiénes las montan
incapaces de sentir su daño.
Odio a las juventudes
que desperdician su vida con roles estúpidos
aprendidos en la caja tonta.
Odio a aquellas personas
que por llevar una mala vida
transmiten su mierda a los demás.
Odio a aquellos que por sonreírles
en su cara amarga y cansada
hacen sentir extraño al más bello acto.
Odio el racismo verdadero,
hipócrita mentiroso que
se halla en todos nosotros.
Odio el fanatismo religioso,
enriquecedor constante de la muerte,
engañoso alimento del hambre.
Odio el egoísmo del miedo
que se aloja en las ciudades
y en sus habitantes.
Odio este planeta tan bello,
agotado y moribundo
consumido de nuestro provecho.
Odio mis odios que son muchos,
mas yo me odio al verme envuelto
en el consentimiento de todo esto.
El Paseo
Paseé entre romero y salvia,
camino de líquenes bajo mis zapatos;
olor de piedra vieja y madera anciana.
Aire destapado.
Frío aliento el de los árboles despiertos,
la mente absorbió los vapores sutiles
de las grandes montañas.
Un gran artificio volver,
a la ciudad de luces desordenadas,
al nido metálico de dónde uno escapa.
* Oscar es pintor.
Jesús y Poncio
En la ciudad era espantándome estaba ladinamente así que nadé en cruz sin rumbo preciso desde la mar bella y llegué a una isla enseguida loca locura loco de mí mismo la humanidad los animales la naturaleza en sí misma traté de superarlo con valor el valor que no topaba en ningún espacio por lo que tuve que buscarlo en terceras partes.
La cala más hermosa de la isla: me indicaron una en el noroeste, la cala del duende. Para llegar anduve por una carretera sin saber hasta que alguien una chica de unos treinta y tantos me recogió en coche me acompañó y me llevó hasta donde yo debía llegar. Le pregunté por qué me había recogido y me contestó que me había conocido en una vida pasada. Nos enfrentamos al pasado y era cierto, coincidimos en un encuentro ya borrado de mi memoria. Nos habíamos reconocido en otro cuento.
Me dejó en el volante de un monte que moría muy cerca de la cala del duende: el monte abrasaba de julio y aire puro ese verano. Llené mis pulmones con impulso y pura la naturaleza. Monté la tienda de campaña. Oí a los pájaros trinar.
Ten fe, me dije.
Tuve que bajar del monte para conocer la cala del mar refrescarme en sus aguas frías. Los peces alrededor mío. En elaborar pensé un arpón para poder pescar y comer algo más tarde, pues conmigo no había más que pan, dátiles y restos de frutos secos.
De vuelta al monte aparecía la tarde como un espantajo espiritual. Conocí a un par de muchachos que como yo habían plantado sus tiendas de campaña en el monte y parecían buenos amigos: Jesús, de aire espiritual, y Poncio, de aspecto más gracioso.
Poco después de conocernos y orientar hacia nuestras tiendas reparamos en que estábamos cerca en las proximidades del mismo monte. Nuestras tiendas asombrosamente próximas entre sí. Empezaba a declinar el sol, así que convinimos en vernos antes de que anocheciera para preparar algo de cenar.
Jesús y Poncio pasaron a buscarme y me llevaron a un lugar más seco donde lo tenían todo preparado para una hoguera. Así fue como empezó el fuego y enseguida estábamos compartiendo pan pimientos verdes cebollas y un poco de salami que Jesús había conseguido en un mercado próximo al monte. El salami hizo su obra en el paladar y me proporcionó el grado de acidez que necesitaba en el estómago. Después hablamos un poco sobre nuestras vidas y luego nos despedimos: Cuando quise reconocerme en aquel lugar, el sueño ya me había poseído.
Al día siguiente me despertaron las gallinas. Extraño, gallinas salvajes de monte, pero luego explorando el lugar descubrí que no muy lejos había una casa de campo inmaculada como el sol que abría la mañana. Bajé a la playa a darme un baño y de regreso conocí a una mujer mayor que era la dueña de aquella casa de campo. Me ofreció entrar y me roció con agua. Bebí de aquel agua, mientras Isabel me preparaba unas rebanadas de pan de campo con aceite. Comimos juntos y conversamos tomando café me relató que era viuda y que vivía sola en aquel lugar desde que su marido palmó, hacía ya 26 años. Era una mujer entrada en años, de facciones bellas y cuerpo robusto sin llegar a ser fuerte. Me mostró las gallinas los gallos el burro los gatos los perros, estos últimos no me los enseñó sino que se fueron cruzando a nuestro paso por las inmediaciones de aquella casa blanca que para mí se ofrecía como un misterio seductor.
Después volví al monte pues necesitaba iniciar las imaginaciones mías: Me emplacé sobre la estera y ojeando unos cuentos andalusíes me transportaron a otros mundos y a otras vivencias / se apoderaron de mí toda la tarde los sucesos. Por la noche vinieron a visitarme Jesús y Poncio con dos amigas y bajamos a la playa y allí pasamos la noche borrachos y terminamos durmiéndola acurrucados sobre la arena.
Al día siguiente más que la luz del sol me despertó la quemazón de sus rayos sobre mi espalda. Me encontraba batido, así que fui a refrescarme al mar y enseguida pensé en el arpón otra vez y volví al monte. Fui a visitar a la señora mayor de la casa de campo quien me prestó una navaja con la cual pude afilar una rama que tras buscar encontré y con la cual después tuve que ingeniármelas para pescar a pesar de mi torpeza y de mi desconocimiento sobre cómo hacerlo. Tras varias horas sin pescar me desesperé, pero pronto reparé en que no muy lejos mío había un señor, que como yo, pescaba con arpón. Fui hacia él y rápidamente me enseñó la técnica sobre cómo hacerlo, una técnica que fui perfeccionando y que me convirtió luego en un hábil creador afortunado. Aquel señor era un suizo que se llamaba Michel y que también tenía tienda de campaña en el mismo monte, pero él estaba en un lugar que distaba de la mía. Por la noche preparamos juntos una hoguera y comimos el pescado que tan venturosamente habíamos capturado aquel día y lo comimos con patatas asadas y un poco de vino tinto. Fue una de las mejores cenas que había probado en la vida. Me prestó una estera de paja y dormí allí mismo a la intemperie, aunque al día siguiente no me levanté tan feliz pues tenía picaduras de hormigas rojas por todas partes.
Era el tercer día de mi estancia en aquel lugar. Quise reconocer la isla a través, así que me dirigí a pie de carretera y tras una zanja caminata tomé un bus que me transportó hacia el este.
Al descender del bus enseguida me topé con un hombrecillo que llevaba a cuestas un puerco muerto. Como yo me dirigía hacia ningún lugar y necesitaba hablar, opté por acompañarlo un trecho del camino. Se dirigía a su casa. Él optó por el silencio, pero me miraba y sonreía, así que entendí que le caía simpático. Entramos en un camino que nos llevó hacia un bosque de pinos y luego se bifurcaba en tres. Me hizo un gesto muy expresivo con la cabeza que indicaba que le siguiera. El cerdo degollado me llamaba desde su interior. Llegamos a una casa de piedra recubierta de cal y me dijo que pasara. Allí estaban su señora y su hermano. Pusieron enseguida al marrano encima de una mesa, sacaron un cuchillo grave y unos utensilios y se dispusieron a descuartizar al cerdo. Lo dejaron en un abrir y cerrar de ojos limpio. Era mediodía y yo no había comido nada desde la noche anterior. Se dispusieron a preparar fuego en una barbacoa de piedra en muy otra parte de la casa y sazonaron el cerdo. Comimos con un apetito voraz. Cerdo con arroz cocido, cebolla, pimientos rojos asados y pan de campo. Ajo. Un poco de vino tinto y enseguida me vino el sueño. Quedé adormecido plácidamente sobre la hierba y cuando desperté no había nadie en la casa.
Al rato llegó una chica de veintipocos años y tras despertarme se sentó a mi lado. Me dio veneno / yo lo sabía perfectamente y lo bebí hasta la última gota. De lo que sucedió después no recuerdo nada, sólo sé que era otro día y que me encontraba durmiendo en una ribera. Me bañé dulcemente. Era un hombre afortunado pero enseguida sentí un miedo horrible y una impotencia abrumadora. Al salir a secarme me picó un escorpión - lo vi claramente alejarse con su enorme pico en alto pero murió de camino a su guarida. El dolor que sentí fue terrible. Aún así, resistí y me enfrenté a mi propia muerte. Viví.
Fue una casualidad tremenda que al rato aparecieran por allí Jesús y Poncio. Discutían sobre el reparto de un dinero. Jesús era masajista, tenía cara de buena persona y siempre contaba sus historias con las más dispares mujeres. Estaba casado por conveniencia, pero eso no le prohibía relacionarse con otras hembras: era un calavera. En cambio Poncio era más codicioso. Ansiaba todo el rato hablar de mujeres, pero se le veía que no tenía mucha maña para acabar entre las piernas de alguna desgraciada. A pesar de esto, entre los dos me curaron la herida del escorpión. Fue un milagro, debo reconocerlo, y luego empezaron con la historia del pan y los peces, pero como yo ya me la sabía, los dejé allí y me dirigí hacia otra esfera.
Subiendo una colina llegué a un lugar extraordinario - aunque yo sabía que era una creencia popular eso de la magia - donde había una cabaña. De allí salió un señor muy mayor con un taparrabos y me ofreció sentarme a su lado. Accedí. Sacó agua y me dio de beber. Luego me contó su historia personal, de cómo renunció a su vida de delfín para convertirse en pobre. Según me contó, antes de cumplir los veinte años y tras haber trabajado en una fábrica textil en Holanda, se dio cuenta de que copiando los modelos sobre los que se trabajaba allí y robando las telas mediante el soborno de algunos empleados de la fábrica, podía confeccionar en su pequeño taller ropas de exactas características. Y eso fue lo que hizo, fusilarlas y venderlas luego a un mejor precio. Enseguida empezó a hacer una fortuna que él mismo no se esperaba y se convirtió al cabo de pocos años en una persona próspera y poderosa.
Con el tiempo e influenciado por su temprana edad y por unos impulsos negativos que no supo decirme de donde habían salido, empezó a beber, a salir con rameras y acabó enredándose. Se quedó sin dinero tan rápidamente como del mismo modo tan rápidamente había acumulado una gran fortuna. Para no seguir más con aquella vida que en el fondo no deseaba, vendió todo lo poco que le quedaba, los restos de sus negocios, y se echó a la mar en un barco mercante para acabar en esta isla. Después se convertiría en pobre por amor propio y desde entonces vive en la cueva que muy afectuosamente me mostró, donde no había más que una cama (una esterilla más bien), cuatro o cinco harapos que ponerse y de los cuales protegerse del frío - me aseguró que los había confeccionado él mismo con la piel de los animales que él mismo cazaba - y un par de cuencos de madera que parecía que hubieran sido cocos en otro tiempo. Al contarme este breve relato pensé que ya había tenido suficiente y volví a un camino que me llevaría a otro terreno.
Otro día Michel y un amigo suyo me enseñaron a fabricar barcos hechos a partir de caña y pieles de animales y como debía aplicarles el betún, la prueba del agua, y también me enseñaron a elaborar remos de madera.
Jesús con su semblante apacible me enseñó algo de agricultura: el riego y el uso de canales y los depósitos de agua. Me explicó cómo con el uso de los canales, los granjeros irrigaban sus campos y entonces drenaban el agua. Luego como arar, gradar y rastrillar la tierra, revolviéndola con una azada antes de la siembra.
Poncio en cambio me enseñó a fabricar una rueda y a mirar a ojo desnudo los cinco planetas de un sistema solar que él mismo había ideado. Me inició en un sistema numérico que según él era más preciso que el que yo conocía, pues me explicó que los relojes y calendarios de ese sistema funcionaban a la perfección, como la rueda que ya te expliqué antes, me dijo. También me habló de un nuevo sistema legal y administrativo y de cómo iba a inventar un nuevo sistema de escritura. Iba a crear asimismo escuelas, bibliotecas y hasta nuevas clases sociales, y muy probablemente una nueva religión con su sistema lógico y todo: y un sistema militar incluido.
Me cansé de los sistemas de Poncio, de Jesús y de la isla. Me arrebató un remolino y me abandonó en la mar bella, lejos de aquella fantasía en aquella otra quimera.
La cala más hermosa de la isla: me indicaron una en el noroeste, la cala del duende. Para llegar anduve por una carretera sin saber hasta que alguien una chica de unos treinta y tantos me recogió en coche me acompañó y me llevó hasta donde yo debía llegar. Le pregunté por qué me había recogido y me contestó que me había conocido en una vida pasada. Nos enfrentamos al pasado y era cierto, coincidimos en un encuentro ya borrado de mi memoria. Nos habíamos reconocido en otro cuento.
Me dejó en el volante de un monte que moría muy cerca de la cala del duende: el monte abrasaba de julio y aire puro ese verano. Llené mis pulmones con impulso y pura la naturaleza. Monté la tienda de campaña. Oí a los pájaros trinar.
Ten fe, me dije.
Tuve que bajar del monte para conocer la cala del mar refrescarme en sus aguas frías. Los peces alrededor mío. En elaborar pensé un arpón para poder pescar y comer algo más tarde, pues conmigo no había más que pan, dátiles y restos de frutos secos.
De vuelta al monte aparecía la tarde como un espantajo espiritual. Conocí a un par de muchachos que como yo habían plantado sus tiendas de campaña en el monte y parecían buenos amigos: Jesús, de aire espiritual, y Poncio, de aspecto más gracioso.
Poco después de conocernos y orientar hacia nuestras tiendas reparamos en que estábamos cerca en las proximidades del mismo monte. Nuestras tiendas asombrosamente próximas entre sí. Empezaba a declinar el sol, así que convinimos en vernos antes de que anocheciera para preparar algo de cenar.
Jesús y Poncio pasaron a buscarme y me llevaron a un lugar más seco donde lo tenían todo preparado para una hoguera. Así fue como empezó el fuego y enseguida estábamos compartiendo pan pimientos verdes cebollas y un poco de salami que Jesús había conseguido en un mercado próximo al monte. El salami hizo su obra en el paladar y me proporcionó el grado de acidez que necesitaba en el estómago. Después hablamos un poco sobre nuestras vidas y luego nos despedimos: Cuando quise reconocerme en aquel lugar, el sueño ya me había poseído.
Al día siguiente me despertaron las gallinas. Extraño, gallinas salvajes de monte, pero luego explorando el lugar descubrí que no muy lejos había una casa de campo inmaculada como el sol que abría la mañana. Bajé a la playa a darme un baño y de regreso conocí a una mujer mayor que era la dueña de aquella casa de campo. Me ofreció entrar y me roció con agua. Bebí de aquel agua, mientras Isabel me preparaba unas rebanadas de pan de campo con aceite. Comimos juntos y conversamos tomando café me relató que era viuda y que vivía sola en aquel lugar desde que su marido palmó, hacía ya 26 años. Era una mujer entrada en años, de facciones bellas y cuerpo robusto sin llegar a ser fuerte. Me mostró las gallinas los gallos el burro los gatos los perros, estos últimos no me los enseñó sino que se fueron cruzando a nuestro paso por las inmediaciones de aquella casa blanca que para mí se ofrecía como un misterio seductor.
Después volví al monte pues necesitaba iniciar las imaginaciones mías: Me emplacé sobre la estera y ojeando unos cuentos andalusíes me transportaron a otros mundos y a otras vivencias / se apoderaron de mí toda la tarde los sucesos. Por la noche vinieron a visitarme Jesús y Poncio con dos amigas y bajamos a la playa y allí pasamos la noche borrachos y terminamos durmiéndola acurrucados sobre la arena.
Al día siguiente más que la luz del sol me despertó la quemazón de sus rayos sobre mi espalda. Me encontraba batido, así que fui a refrescarme al mar y enseguida pensé en el arpón otra vez y volví al monte. Fui a visitar a la señora mayor de la casa de campo quien me prestó una navaja con la cual pude afilar una rama que tras buscar encontré y con la cual después tuve que ingeniármelas para pescar a pesar de mi torpeza y de mi desconocimiento sobre cómo hacerlo. Tras varias horas sin pescar me desesperé, pero pronto reparé en que no muy lejos mío había un señor, que como yo, pescaba con arpón. Fui hacia él y rápidamente me enseñó la técnica sobre cómo hacerlo, una técnica que fui perfeccionando y que me convirtió luego en un hábil creador afortunado. Aquel señor era un suizo que se llamaba Michel y que también tenía tienda de campaña en el mismo monte, pero él estaba en un lugar que distaba de la mía. Por la noche preparamos juntos una hoguera y comimos el pescado que tan venturosamente habíamos capturado aquel día y lo comimos con patatas asadas y un poco de vino tinto. Fue una de las mejores cenas que había probado en la vida. Me prestó una estera de paja y dormí allí mismo a la intemperie, aunque al día siguiente no me levanté tan feliz pues tenía picaduras de hormigas rojas por todas partes.
Era el tercer día de mi estancia en aquel lugar. Quise reconocer la isla a través, así que me dirigí a pie de carretera y tras una zanja caminata tomé un bus que me transportó hacia el este.
Al descender del bus enseguida me topé con un hombrecillo que llevaba a cuestas un puerco muerto. Como yo me dirigía hacia ningún lugar y necesitaba hablar, opté por acompañarlo un trecho del camino. Se dirigía a su casa. Él optó por el silencio, pero me miraba y sonreía, así que entendí que le caía simpático. Entramos en un camino que nos llevó hacia un bosque de pinos y luego se bifurcaba en tres. Me hizo un gesto muy expresivo con la cabeza que indicaba que le siguiera. El cerdo degollado me llamaba desde su interior. Llegamos a una casa de piedra recubierta de cal y me dijo que pasara. Allí estaban su señora y su hermano. Pusieron enseguida al marrano encima de una mesa, sacaron un cuchillo grave y unos utensilios y se dispusieron a descuartizar al cerdo. Lo dejaron en un abrir y cerrar de ojos limpio. Era mediodía y yo no había comido nada desde la noche anterior. Se dispusieron a preparar fuego en una barbacoa de piedra en muy otra parte de la casa y sazonaron el cerdo. Comimos con un apetito voraz. Cerdo con arroz cocido, cebolla, pimientos rojos asados y pan de campo. Ajo. Un poco de vino tinto y enseguida me vino el sueño. Quedé adormecido plácidamente sobre la hierba y cuando desperté no había nadie en la casa.
Al rato llegó una chica de veintipocos años y tras despertarme se sentó a mi lado. Me dio veneno / yo lo sabía perfectamente y lo bebí hasta la última gota. De lo que sucedió después no recuerdo nada, sólo sé que era otro día y que me encontraba durmiendo en una ribera. Me bañé dulcemente. Era un hombre afortunado pero enseguida sentí un miedo horrible y una impotencia abrumadora. Al salir a secarme me picó un escorpión - lo vi claramente alejarse con su enorme pico en alto pero murió de camino a su guarida. El dolor que sentí fue terrible. Aún así, resistí y me enfrenté a mi propia muerte. Viví.
Fue una casualidad tremenda que al rato aparecieran por allí Jesús y Poncio. Discutían sobre el reparto de un dinero. Jesús era masajista, tenía cara de buena persona y siempre contaba sus historias con las más dispares mujeres. Estaba casado por conveniencia, pero eso no le prohibía relacionarse con otras hembras: era un calavera. En cambio Poncio era más codicioso. Ansiaba todo el rato hablar de mujeres, pero se le veía que no tenía mucha maña para acabar entre las piernas de alguna desgraciada. A pesar de esto, entre los dos me curaron la herida del escorpión. Fue un milagro, debo reconocerlo, y luego empezaron con la historia del pan y los peces, pero como yo ya me la sabía, los dejé allí y me dirigí hacia otra esfera.
Subiendo una colina llegué a un lugar extraordinario - aunque yo sabía que era una creencia popular eso de la magia - donde había una cabaña. De allí salió un señor muy mayor con un taparrabos y me ofreció sentarme a su lado. Accedí. Sacó agua y me dio de beber. Luego me contó su historia personal, de cómo renunció a su vida de delfín para convertirse en pobre. Según me contó, antes de cumplir los veinte años y tras haber trabajado en una fábrica textil en Holanda, se dio cuenta de que copiando los modelos sobre los que se trabajaba allí y robando las telas mediante el soborno de algunos empleados de la fábrica, podía confeccionar en su pequeño taller ropas de exactas características. Y eso fue lo que hizo, fusilarlas y venderlas luego a un mejor precio. Enseguida empezó a hacer una fortuna que él mismo no se esperaba y se convirtió al cabo de pocos años en una persona próspera y poderosa.
Con el tiempo e influenciado por su temprana edad y por unos impulsos negativos que no supo decirme de donde habían salido, empezó a beber, a salir con rameras y acabó enredándose. Se quedó sin dinero tan rápidamente como del mismo modo tan rápidamente había acumulado una gran fortuna. Para no seguir más con aquella vida que en el fondo no deseaba, vendió todo lo poco que le quedaba, los restos de sus negocios, y se echó a la mar en un barco mercante para acabar en esta isla. Después se convertiría en pobre por amor propio y desde entonces vive en la cueva que muy afectuosamente me mostró, donde no había más que una cama (una esterilla más bien), cuatro o cinco harapos que ponerse y de los cuales protegerse del frío - me aseguró que los había confeccionado él mismo con la piel de los animales que él mismo cazaba - y un par de cuencos de madera que parecía que hubieran sido cocos en otro tiempo. Al contarme este breve relato pensé que ya había tenido suficiente y volví a un camino que me llevaría a otro terreno.
Otro día Michel y un amigo suyo me enseñaron a fabricar barcos hechos a partir de caña y pieles de animales y como debía aplicarles el betún, la prueba del agua, y también me enseñaron a elaborar remos de madera.
Jesús con su semblante apacible me enseñó algo de agricultura: el riego y el uso de canales y los depósitos de agua. Me explicó cómo con el uso de los canales, los granjeros irrigaban sus campos y entonces drenaban el agua. Luego como arar, gradar y rastrillar la tierra, revolviéndola con una azada antes de la siembra.
Poncio en cambio me enseñó a fabricar una rueda y a mirar a ojo desnudo los cinco planetas de un sistema solar que él mismo había ideado. Me inició en un sistema numérico que según él era más preciso que el que yo conocía, pues me explicó que los relojes y calendarios de ese sistema funcionaban a la perfección, como la rueda que ya te expliqué antes, me dijo. También me habló de un nuevo sistema legal y administrativo y de cómo iba a inventar un nuevo sistema de escritura. Iba a crear asimismo escuelas, bibliotecas y hasta nuevas clases sociales, y muy probablemente una nueva religión con su sistema lógico y todo: y un sistema militar incluido.
Me cansé de los sistemas de Poncio, de Jesús y de la isla. Me arrebató un remolino y me abandonó en la mar bella, lejos de aquella fantasía en aquella otra quimera.
Atardeceres
1er Atardecer
El acecho de la tarde
Una vela, una llama,
un claro esfumado en tres gracias
donde empieza el ocaso de la luna,
donde termina el rumor del agua.
El viento sondea su cabello,
la tarde se vuelve más templada.
Una vela, una sombra,
sus velos traslucen mi mirada,
su boca ya es fuente tapiada,
y mi voz se muda
ante el ocaso de esta vela, de esta llama.
2º Atardecer
a Arcadi, cáliz sediento.
Que luz es luz,
mosaico despedazado,
vocablo redentor del arte.
Intuyes la mísera reacción del corte,
dedos puntillistas que se acercan
al borde estampado de tus ojos.
Y creas,
carne fresca que escapa de la faz del tigre,
gusanos que antaño fueron mariposas.
Iluminas, destruyes el cuerpo opaco de antes,
la mesa verde, la angosta cruz del alba.
Tocar tus manos, contemplar el infinito.
Tu centro,
cáliz redentor.
3er Atardecer
Allí donde termina el horizonte,
empiezo a vislumbrar tus ojos.
Tú, órbita de mi sangre,
fulgor del trigo que se vuelve harina.
Ocre sinuoso de la tarde
que ahíncas en su mejilla.
Trance meditado del hielo,
vapor de tus besos lunares.
Deja que te abra parte a parte
como el árbol erguido en su yunta
busca el agua en sus brazos errantes.
Como huellas que avanzan el suceso
de quien te busca para encontrarte.
4º Atardecer
Granada, algo que no existe.
La tarde es un hilo blanco.
La tarde es tuya
y mía, del aire.
Un cristal, una hoguera,
un cuerpo que se quema en tu azogue,
palabras que se tienden
con voz baja en tu vientre,
música que secuestra
tus manos asidas
en mi pecho.
5º Atardecer
Ven postrer luz del día,
ven frágil conductor del atlas,
dolor sediento que no escapa
cuando su mano me falta.
Acércate temblor etéreo,
frío que moja sus labios,
cadena que separa el rostro
tantas veces dibujado.
Ven columna de fuego,
ven cuerpo ya dormido,
fulgor negro de sus cuevas,
desnudez que soporta el instante.
Ven boca ya lamida,
ven flor ya tomada,
perfume que confunde su brisa.
El acecho de la tarde
Una vela, una llama,
un claro esfumado en tres gracias
donde empieza el ocaso de la luna,
donde termina el rumor del agua.
El viento sondea su cabello,
la tarde se vuelve más templada.
Una vela, una sombra,
sus velos traslucen mi mirada,
su boca ya es fuente tapiada,
y mi voz se muda
ante el ocaso de esta vela, de esta llama.
2º Atardecer
a Arcadi, cáliz sediento.
Que luz es luz,
mosaico despedazado,
vocablo redentor del arte.
Intuyes la mísera reacción del corte,
dedos puntillistas que se acercan
al borde estampado de tus ojos.
Y creas,
carne fresca que escapa de la faz del tigre,
gusanos que antaño fueron mariposas.
Iluminas, destruyes el cuerpo opaco de antes,
la mesa verde, la angosta cruz del alba.
Tocar tus manos, contemplar el infinito.
Tu centro,
cáliz redentor.
3er Atardecer
Allí donde termina el horizonte,
empiezo a vislumbrar tus ojos.
Tú, órbita de mi sangre,
fulgor del trigo que se vuelve harina.
Ocre sinuoso de la tarde
que ahíncas en su mejilla.
Trance meditado del hielo,
vapor de tus besos lunares.
Deja que te abra parte a parte
como el árbol erguido en su yunta
busca el agua en sus brazos errantes.
Como huellas que avanzan el suceso
de quien te busca para encontrarte.
4º Atardecer
Granada, algo que no existe.
La tarde es un hilo blanco.
La tarde es tuya
y mía, del aire.
Un cristal, una hoguera,
un cuerpo que se quema en tu azogue,
palabras que se tienden
con voz baja en tu vientre,
música que secuestra
tus manos asidas
en mi pecho.
5º Atardecer
Ven postrer luz del día,
ven frágil conductor del atlas,
dolor sediento que no escapa
cuando su mano me falta.
Acércate temblor etéreo,
frío que moja sus labios,
cadena que separa el rostro
tantas veces dibujado.
Ven columna de fuego,
ven cuerpo ya dormido,
fulgor negro de sus cuevas,
desnudez que soporta el instante.
Ven boca ya lamida,
ven flor ya tomada,
perfume que confunde su brisa.
Vuelta a la Casa Tomada
El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?
Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…
Porque la casa sigue tomada…
Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…
Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.
¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…
No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…
¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.
¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.
- Orfeo – le digo
- ¿Qué? Contesta
- Quiero ver tu cara sin la máscara.
- Eso no es posible – contesta
- ¿Por qué?
- Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
- ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
- Hay que seguir el juego…
- Hoy se termina.
- ¿Qué cosa?
- El Carnaval, se termina…
- El Carnaval sí, pero la vida no.
- Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
- Como la vida ¿no?
- Casi
- ¿Querés volver a casa tomada?
- Es sólo una casa
- Poblada por fantasmas, vacía
Orfeo no dice nada más.
Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….
Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.
Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.
* Escritora, editora y periodista argentina, actualmente vive en Buenos Aires. Ha recibido el “Premio Fundación El Libro” a escritores noveles en 1994 por su novela policial "Pájaros debajo de la piel y cerveza" en el marco de la XX Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, italiano y coreano. Uno de sus cuentos, "Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar" integra la “Primera antología de autores hispanoamericanos” traducida al coreano y pubicada en Seúl, en 2008. Desde hace siete años dirige la revista digital de cultura Archivos del Sur y la revista infantil Barco de papel.
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?
Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…
Porque la casa sigue tomada…
Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…
Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.
¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…
No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…
¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.
¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.
- Orfeo – le digo
- ¿Qué? Contesta
- Quiero ver tu cara sin la máscara.
- Eso no es posible – contesta
- ¿Por qué?
- Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
- ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
- Hay que seguir el juego…
- Hoy se termina.
- ¿Qué cosa?
- El Carnaval, se termina…
- El Carnaval sí, pero la vida no.
- Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
- Como la vida ¿no?
- Casi
- ¿Querés volver a casa tomada?
- Es sólo una casa
- Poblada por fantasmas, vacía
Orfeo no dice nada más.
Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….
Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.
Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.
* Escritora, editora y periodista argentina, actualmente vive en Buenos Aires. Ha recibido el “Premio Fundación El Libro” a escritores noveles en 1994 por su novela policial "Pájaros debajo de la piel y cerveza" en el marco de la XX Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, italiano y coreano. Uno de sus cuentos, "Cartas al mediodía, a la manera de Cortázar" integra la “Primera antología de autores hispanoamericanos” traducida al coreano y pubicada en Seúl, en 2008. Desde hace siete años dirige la revista digital de cultura Archivos del Sur y la revista infantil Barco de papel.
Memoria de mi izquierda, puta y triste
¿Qué queda de la izquierda, aquel movimiento libertario y progresista, reducido hoy en día a una cofradía de cómplices del nacionalismo, del chauvinismo más barato, de tendencias proto-racistas revestidas de anti-semitismo reaccionario? ¿Cómo pasamos de la creación de movimientos de vanguardia como el feminismo, a posturas relativistas que justifican lapidaciones en Irán? ¿Del juicio de Nuremberg al rechazo de la Corte Internacional y la defensa de Al-Bashir?
(El siguiente texto forma parte de las dudas que alimentarán el artículo, "¿qué es la izquierda en el siglo XXI?", que publicaré, junto a otros profesionales, hacia finales de junio).
Ah, la izquierda, esa forma de pensar no conformista, inscrita en la memoria y en el historicismo, capaz de defender las causas de los más desposeídos. Izquierda, te han secuestrado, han amordazado a tu boca, pero antes que te mueras, te vamos a encontrar.
La aberración máxima de esta izquierda sectaria y obtusa actual la encontramos en el rechazo a la Constitución Europea. Inversión de roles, transmutación a lo Matrix: La derecha, of all people, propone un tratado para unir a las naciones, la izquierda se opone ferozmente, junto a los partidos neo-nazi europeos, a su implementación. ¿Pensó alguna vez Sartre ver a la izquierda lanzando sentencias proto-racistas contra los polacos, arguyendo que "iban a quitarles el trabajo" a los franceses? La izquierda convertida en nueva derecha extrema, algo que estos ojos jamás pensaron ver.
El liberalismo, claro; todo es culpa del liberalismo. Es la izquierda desmemoriada, incapaz de producir análisis alguno, que reacciona visceralmente, desde el odio y el resentimiento, como un pelotón de juventud hitleriana.
¿Qué es el liberalismo, sino una producción netamente de izquierda? ¿Qué es el liberalismo, sino la base que produjo revoluciones de igualdad en Francia y Estados Unidos? ¿Qué es el liberalismo, sino un movimiento anti-monárquico que abolió la esclavitud?
La izquierda se equivoca, la izquierda no piensa, la izquierda reacciona como niño y se opone a algo que desconoce. Debemos evitar lanzar a los seres humanos a la "jungla desregulada" del todo vale liberal y económico, dicen. ¿Pero no es exactamente lo opuesto? ¿No es el liberalismo, una teoría de la regulación de las interacciones humanas, basadas en leyes económicas y de mercado? ¿No es eso Adam Smith, Keynes, incluso Friedman?
El liberalismo es una teoría y como teoría se discute, como tantas veces lo hemos hecho desde este espacio. Pero la realidad es que la izquierda se ha quedado sin teoría, sin capacidad para pensar, y ahora centra todo su descontento y su frustración de manera gritona y desordenada sobre algo que desconoce. El liberalismo. La nueva batalla épica a librar.
Esta izquierda amnésica, atropellada y reaccionaria es lo que tenemos entre las manos. Esa izquierda que parece haberlo olvidado todo: ¿Existe experimento más perfecto en la consecución del "nuevo hombre" marxista que la tabula rasa camboyana? Pol Pot logró la revolución agraria perfecta, dejando tras de sí millones de cadáveres y familias rotas. La izquierda parece haber olvidado la reflexión de Foucault, que lo llevó a preguntarse, después del horror camboyano, no si una revolución era posible, sino si una revolución era deseable (désirable).
Y así las cosas, hemos pasado de una reflexión profunda y taimada sobre las estructuras de poder (Foucault), a ciertos análisis sociológicos (Bourdieu) y sobre los media (Chomsky), para finalmente terminar en teorías conspirativas dignas de programas de televisión alarmistas mexicanos.
¿Qué se puede discutir con alguien que afirma que detrás de todo movimiento mundial, ya sea el boicot a los juegos olímpicos en China o la castración femenina en Nigeria, existe un puñado de elegidos (de derecha, claro está), que controlan al mundo como un juego de ajedrez?
Es un grupúsculo tan poderoso, tan extendido y tan influyente, que controla desde los diarios de oposición en Venezuela hasta la guerra de Afganistán. Cuando se pregunta quiénes son, el interlocutor asume tono apocalíptico y cita las reuniones en Davos, el grupo Bilderberg, los masones. Todo esto sin bases, sin pruebas, sin documentos; podríamos agregar los extraterrestres ummitas a la lista, ya que estamos.
¿Pero no lo ves? Es una reunión de banqueros norteamericanos, los cuales el interlocutor se apresurará en subrayar como de origen judío. Antisemitismo 101, para una causa que se indignó del régimen de Vichy y parece haberlo olvidado. Estos banqueros-judíos, en alianza con el "gobierno de los EEUU" y la realeza Británica, planea cosas como intervenir en los Balcanes para evitar un genocidio, no por el genocidio, ¡no!, por algún oscuro interés económico y de control que no pueden precisar.
Es el liberalismo, el liberalismo que se le impone a la gente. No el liberalismo económico (que vuelvo y repito, ya hemos criticado aquí), sino el liberalismo tout court, ese sistema que combatió la discriminación, le dio el voto a las mujeres y creó periódicos en Estados Unidos que son los primeros en denunciar las torturas de la C.I.A. y que, paradójicamente, utiliza "la izquierda" para afirmar su oposición a algo que desconoce.
¿Qué es el liberalismo? Es el escudo semántico, la disculpa perfecta para relativizar alianzas en esta izquierda asquerosa que trata a los individuos como peones en una lucha histórica. Nace el relativismo cultural: El buscar juegos de poder para oponerse a la paranoia de la dominación mundial.
La izquierda confunde "liberalismo" y "liberalismo económico" igual que confunde a los Estados Unidos con lo que los Estados Unidos hacen. Igual que nos hemos opuesto al liberalismo económico, no hemos dejado de oponernos a los derrapajes de la nación de Obama cuando los comete (y de otras naciones). Derrapajes asquerosos, horrorosos, intolerables, cierto. Pero de allí a saltar a un racismo primario en contra de todos los "yankis" hay un paso que la izquierda ha dado y que yo jamás daré.
Esa izquierda, izquierda puta y triste, capaz de aliarse con los gobiernos más retrógrados e injustos del mundo para sentir que han avanzado sus fichas en la cruzada mundial histórica contra quién sabe qué. Esa izquierda asquerosa, servicial, que olvida los periodistas presos en China y Cuba, que ve con buenos ojos el anti-semitismo iraní o los insultos baratos de gobernantes del tercer mundo.
¿Es este el legado de la izquierda? ¿Este juego piche a lo doctor Strangelove? Ese relativismo insoportable, que aplaude a un kamikaze palestino porque, "no tiene otra opción y lucha por la libertad", pero le da la espalda a todo el pueblo de Darfour y al mandato de arresto de la Corte Internacional? ¿Eso es lo que queda de la lucha libertaria? Explicarle a un sudanés masacrado por el régimen de Khartoum que su sufrimiento no entra en el tablero de ajedrez anti-liberal? ¿Que no hay pruebas? ¿Pruebas de qué, por Dios? ¿De presos políticos en Cuba? ¿A ésos les damos la espalda mientras salimos a defender a los de Guantánamo? ¿A cuenta de una guerra histórica mundial?
Y el feminismo: ¿después de lograr pasar leyes de acoso sexual en Europa tiene que callarse ante las vejaciones en Irán? ¿Porque es otra cultura? ¿En Alemania defendemos a las secretarias y en Irán dejamos que un hijodeputa lapide a su esposa porque se le cayó el velo en la mitad de la calle? ¿Cuándo olvidamos que un hijodeputa que lapida a una mujer no es más que eso, un hijodeputa? ¿Cuándo salimos a defender el racismo y el machismo? ¿Cuándo empezamos a aplaudir militares?
Lo siento, pero esa no es mi izquierda. Soy de la izquierda que dialoga con otras culturas, intercambia, construye mundos de paz y libertad, no de aquella que se repliega sobre la xenofobia y el nacionalismo de poca monta para oponerse a Europa como idea. Soy de la izquierda de Gide, Koestler, Popper y Camus, denunciando los goulags en Rusia. Soy de la izquierda que no hace apuestas políticas, que se opone a la pena de muerte en Texas, que mata a dos personas por semana, igual que se opone a los ejecutados en China e Irán.
No soy de la nueva derecha reaccionaria y racista disfrazada con franelas del Ché para gritar, en la conferencia de Durban de 2001, "un judío, una bala" y reducir todos los conflictos del mundo a la afirmación miope de que, en el mundo, hay un solo Estado criminal: Israel.
No. Mis padres intelectuales me enseñaron a pensar. Foucault, Derrida, Lyotard, Wittgenstein: Por ellos, por su cruzada anti-totalitaria donde quiera que sea, por ellos soy de izquierda, de esa izquierda que no acepta, bajo ninguna condición, que haya explotación, tortura o genocidio excusable.
Esa es mi izquierda.
* Vicente es autor de la novela Caracas cruzada, disponible en la red de librerías Sur de Caracas, Venezuela. Su última novela, Historias de un arrabal parisino fue publicada por Ediciones Idea y se consigue en las librerías de Tenerife, España.
(El siguiente texto forma parte de las dudas que alimentarán el artículo, "¿qué es la izquierda en el siglo XXI?", que publicaré, junto a otros profesionales, hacia finales de junio).
Ah, la izquierda, esa forma de pensar no conformista, inscrita en la memoria y en el historicismo, capaz de defender las causas de los más desposeídos. Izquierda, te han secuestrado, han amordazado a tu boca, pero antes que te mueras, te vamos a encontrar.
La aberración máxima de esta izquierda sectaria y obtusa actual la encontramos en el rechazo a la Constitución Europea. Inversión de roles, transmutación a lo Matrix: La derecha, of all people, propone un tratado para unir a las naciones, la izquierda se opone ferozmente, junto a los partidos neo-nazi europeos, a su implementación. ¿Pensó alguna vez Sartre ver a la izquierda lanzando sentencias proto-racistas contra los polacos, arguyendo que "iban a quitarles el trabajo" a los franceses? La izquierda convertida en nueva derecha extrema, algo que estos ojos jamás pensaron ver.
El liberalismo, claro; todo es culpa del liberalismo. Es la izquierda desmemoriada, incapaz de producir análisis alguno, que reacciona visceralmente, desde el odio y el resentimiento, como un pelotón de juventud hitleriana.
¿Qué es el liberalismo, sino una producción netamente de izquierda? ¿Qué es el liberalismo, sino la base que produjo revoluciones de igualdad en Francia y Estados Unidos? ¿Qué es el liberalismo, sino un movimiento anti-monárquico que abolió la esclavitud?
La izquierda se equivoca, la izquierda no piensa, la izquierda reacciona como niño y se opone a algo que desconoce. Debemos evitar lanzar a los seres humanos a la "jungla desregulada" del todo vale liberal y económico, dicen. ¿Pero no es exactamente lo opuesto? ¿No es el liberalismo, una teoría de la regulación de las interacciones humanas, basadas en leyes económicas y de mercado? ¿No es eso Adam Smith, Keynes, incluso Friedman?
El liberalismo es una teoría y como teoría se discute, como tantas veces lo hemos hecho desde este espacio. Pero la realidad es que la izquierda se ha quedado sin teoría, sin capacidad para pensar, y ahora centra todo su descontento y su frustración de manera gritona y desordenada sobre algo que desconoce. El liberalismo. La nueva batalla épica a librar.
Esta izquierda amnésica, atropellada y reaccionaria es lo que tenemos entre las manos. Esa izquierda que parece haberlo olvidado todo: ¿Existe experimento más perfecto en la consecución del "nuevo hombre" marxista que la tabula rasa camboyana? Pol Pot logró la revolución agraria perfecta, dejando tras de sí millones de cadáveres y familias rotas. La izquierda parece haber olvidado la reflexión de Foucault, que lo llevó a preguntarse, después del horror camboyano, no si una revolución era posible, sino si una revolución era deseable (désirable).
Y así las cosas, hemos pasado de una reflexión profunda y taimada sobre las estructuras de poder (Foucault), a ciertos análisis sociológicos (Bourdieu) y sobre los media (Chomsky), para finalmente terminar en teorías conspirativas dignas de programas de televisión alarmistas mexicanos.
¿Qué se puede discutir con alguien que afirma que detrás de todo movimiento mundial, ya sea el boicot a los juegos olímpicos en China o la castración femenina en Nigeria, existe un puñado de elegidos (de derecha, claro está), que controlan al mundo como un juego de ajedrez?
Es un grupúsculo tan poderoso, tan extendido y tan influyente, que controla desde los diarios de oposición en Venezuela hasta la guerra de Afganistán. Cuando se pregunta quiénes son, el interlocutor asume tono apocalíptico y cita las reuniones en Davos, el grupo Bilderberg, los masones. Todo esto sin bases, sin pruebas, sin documentos; podríamos agregar los extraterrestres ummitas a la lista, ya que estamos.
¿Pero no lo ves? Es una reunión de banqueros norteamericanos, los cuales el interlocutor se apresurará en subrayar como de origen judío. Antisemitismo 101, para una causa que se indignó del régimen de Vichy y parece haberlo olvidado. Estos banqueros-judíos, en alianza con el "gobierno de los EEUU" y la realeza Británica, planea cosas como intervenir en los Balcanes para evitar un genocidio, no por el genocidio, ¡no!, por algún oscuro interés económico y de control que no pueden precisar.
Es el liberalismo, el liberalismo que se le impone a la gente. No el liberalismo económico (que vuelvo y repito, ya hemos criticado aquí), sino el liberalismo tout court, ese sistema que combatió la discriminación, le dio el voto a las mujeres y creó periódicos en Estados Unidos que son los primeros en denunciar las torturas de la C.I.A. y que, paradójicamente, utiliza "la izquierda" para afirmar su oposición a algo que desconoce.
¿Qué es el liberalismo? Es el escudo semántico, la disculpa perfecta para relativizar alianzas en esta izquierda asquerosa que trata a los individuos como peones en una lucha histórica. Nace el relativismo cultural: El buscar juegos de poder para oponerse a la paranoia de la dominación mundial.
La izquierda confunde "liberalismo" y "liberalismo económico" igual que confunde a los Estados Unidos con lo que los Estados Unidos hacen. Igual que nos hemos opuesto al liberalismo económico, no hemos dejado de oponernos a los derrapajes de la nación de Obama cuando los comete (y de otras naciones). Derrapajes asquerosos, horrorosos, intolerables, cierto. Pero de allí a saltar a un racismo primario en contra de todos los "yankis" hay un paso que la izquierda ha dado y que yo jamás daré.
Esa izquierda, izquierda puta y triste, capaz de aliarse con los gobiernos más retrógrados e injustos del mundo para sentir que han avanzado sus fichas en la cruzada mundial histórica contra quién sabe qué. Esa izquierda asquerosa, servicial, que olvida los periodistas presos en China y Cuba, que ve con buenos ojos el anti-semitismo iraní o los insultos baratos de gobernantes del tercer mundo.
¿Es este el legado de la izquierda? ¿Este juego piche a lo doctor Strangelove? Ese relativismo insoportable, que aplaude a un kamikaze palestino porque, "no tiene otra opción y lucha por la libertad", pero le da la espalda a todo el pueblo de Darfour y al mandato de arresto de la Corte Internacional? ¿Eso es lo que queda de la lucha libertaria? Explicarle a un sudanés masacrado por el régimen de Khartoum que su sufrimiento no entra en el tablero de ajedrez anti-liberal? ¿Que no hay pruebas? ¿Pruebas de qué, por Dios? ¿De presos políticos en Cuba? ¿A ésos les damos la espalda mientras salimos a defender a los de Guantánamo? ¿A cuenta de una guerra histórica mundial?
Y el feminismo: ¿después de lograr pasar leyes de acoso sexual en Europa tiene que callarse ante las vejaciones en Irán? ¿Porque es otra cultura? ¿En Alemania defendemos a las secretarias y en Irán dejamos que un hijodeputa lapide a su esposa porque se le cayó el velo en la mitad de la calle? ¿Cuándo olvidamos que un hijodeputa que lapida a una mujer no es más que eso, un hijodeputa? ¿Cuándo salimos a defender el racismo y el machismo? ¿Cuándo empezamos a aplaudir militares?
Lo siento, pero esa no es mi izquierda. Soy de la izquierda que dialoga con otras culturas, intercambia, construye mundos de paz y libertad, no de aquella que se repliega sobre la xenofobia y el nacionalismo de poca monta para oponerse a Europa como idea. Soy de la izquierda de Gide, Koestler, Popper y Camus, denunciando los goulags en Rusia. Soy de la izquierda que no hace apuestas políticas, que se opone a la pena de muerte en Texas, que mata a dos personas por semana, igual que se opone a los ejecutados en China e Irán.
No soy de la nueva derecha reaccionaria y racista disfrazada con franelas del Ché para gritar, en la conferencia de Durban de 2001, "un judío, una bala" y reducir todos los conflictos del mundo a la afirmación miope de que, en el mundo, hay un solo Estado criminal: Israel.
No. Mis padres intelectuales me enseñaron a pensar. Foucault, Derrida, Lyotard, Wittgenstein: Por ellos, por su cruzada anti-totalitaria donde quiera que sea, por ellos soy de izquierda, de esa izquierda que no acepta, bajo ninguna condición, que haya explotación, tortura o genocidio excusable.
Esa es mi izquierda.
* Vicente es autor de la novela Caracas cruzada, disponible en la red de librerías Sur de Caracas, Venezuela. Su última novela, Historias de un arrabal parisino fue publicada por Ediciones Idea y se consigue en las librerías de Tenerife, España.
Agujeros
Fiesta en el Saloon
La aurora de sus faldas levantadas
por todos los rincones, y el licor
que nos arrastra a la locura.
Johnny rompe las sillas en la espalda
del malvado cuatrero que exigía
rastrero porcentaje. Y el resto de la banda
recorrerá a caballo con nosotros,
cuando llegue el invierno,
como balas flotantes,
todo el Pacífico, si es necesario.
Ya la música
amansa a los muchachos, y hay un ojo que
nos sigue vigilando. No me importa
si maldice Justine al impostor
después de darle caza y darle libertad:
tras consultar su brújula
furiosa, delirante y polisémica
la guarda entre sus pechos
y se sirve otro whisky;
no me importa
si Amanda abre su alcoba para mí
mientras Lucille descorcha riendo otra botella
y me derrama encima este brebaje
que es del color del oro. ¿No estaremos
acaso vivos todavía mañana?
Agujeros
Me hablaba de Moscú o de Dubrovnic,
de todas las ciudades que nunca vimos juntos.
Estaba pálida como una víctima propiciatoria
de una vieja película de miedo, o de un retrato
de Guirlandaio o Boticelli, aquellos que adornaban
las paredes y puertas de su casa,
entre botellas, monopolys y manojos
de compactos piratas dispuestos sobre el suelo
como un extraño pentagrama que invocase
los restos de una civilización
lanzados a las llamas
por pura diversión
adolescente.
Machacaba
pastillas y afirmaba –inverosímil-
mente- que eran usos cotidianos
en todos esos sitios lejanos como inviernos
inconcebiblemente fríos, demasiado
lejanos para comprobarlo. “¿Quieres?”
me decía.
“No, no”. Se concentraba en su agujero
y yo en el mío, y era como vivir una sesión
de espiritismo, pero inverso,
en que esperábamos que apareciese
más tarde que temprano,
alguien real,
lo suficientemente real.
Afuera bien podía dormitar un paisaje devastado.
Las seis de la mañana, una hora perfecta
para sobrevivir aquí en el suelo,
rodeados de todos estos objetos inservibles
que no nos llevarán muy lejos;
y nos amamos en el centro exacto,
como quien dice, de una rosa de los vientos
que presidía el mapa de todos los lugares
en los que nunca vamos a volver a encontrarnos.
Oda a una cantante Pop
Bubaloo es una chica con sabor a frambuesa
que mastica carmín mezclándolo con pólvora.
Está bastante buena, es una estrella
y yo me arrancaría el corazón
para poder meterlo en sus maletas.
Al final del paraíso podremos encontrarnos,
me decía,
y como era una estrella podía perorar
con bastante sentido, de tal modo,
a la vez que seguía su canción.
Recuérdame hasta entonces,
le rogué por mi parte.
jura que vas a amarme siempre.
Toda buena canción también tiene un final
y no hay nada infinito a nuestro alcance,
salvo el universo o el mar.
El paraíso nos rodea.
El mar es la música.
El amor, la trampa.
Si yo me busco a otra
será el principio de tu fin.
Y si tú dices de olvidarme,
oh nena, oh preciosa, oh mi estrella,
yo me olvidaré del mar.
* Es profesor de secundaria y escribe aprovechando los trayectos de ida y vuelta a su trabajo en tren o en autobús. Muestra parte de sus resultados, así como los monigotes que pergeña en sus cuadernos, en su bitácora. También ha publicado el poemario "Nuevos dioses", finalista del premio Voces del Chamamé, Asturias, 2001. Colabora en las revistas de Internet Deriva.org, de Madrid, y El Coloquio de los Perros.net, de Cartagena.
La aurora de sus faldas levantadas
por todos los rincones, y el licor
que nos arrastra a la locura.
Johnny rompe las sillas en la espalda
del malvado cuatrero que exigía
rastrero porcentaje. Y el resto de la banda
recorrerá a caballo con nosotros,
cuando llegue el invierno,
como balas flotantes,
todo el Pacífico, si es necesario.
Ya la música
amansa a los muchachos, y hay un ojo que
nos sigue vigilando. No me importa
si maldice Justine al impostor
después de darle caza y darle libertad:
tras consultar su brújula
furiosa, delirante y polisémica
la guarda entre sus pechos
y se sirve otro whisky;
no me importa
si Amanda abre su alcoba para mí
mientras Lucille descorcha riendo otra botella
y me derrama encima este brebaje
que es del color del oro. ¿No estaremos
acaso vivos todavía mañana?
Agujeros
Me hablaba de Moscú o de Dubrovnic,
de todas las ciudades que nunca vimos juntos.
Estaba pálida como una víctima propiciatoria
de una vieja película de miedo, o de un retrato
de Guirlandaio o Boticelli, aquellos que adornaban
las paredes y puertas de su casa,
entre botellas, monopolys y manojos
de compactos piratas dispuestos sobre el suelo
como un extraño pentagrama que invocase
los restos de una civilización
lanzados a las llamas
por pura diversión
adolescente.
Machacaba
pastillas y afirmaba –inverosímil-
mente- que eran usos cotidianos
en todos esos sitios lejanos como inviernos
inconcebiblemente fríos, demasiado
lejanos para comprobarlo. “¿Quieres?”
me decía.
“No, no”. Se concentraba en su agujero
y yo en el mío, y era como vivir una sesión
de espiritismo, pero inverso,
en que esperábamos que apareciese
más tarde que temprano,
alguien real,
lo suficientemente real.
Afuera bien podía dormitar un paisaje devastado.
Las seis de la mañana, una hora perfecta
para sobrevivir aquí en el suelo,
rodeados de todos estos objetos inservibles
que no nos llevarán muy lejos;
y nos amamos en el centro exacto,
como quien dice, de una rosa de los vientos
que presidía el mapa de todos los lugares
en los que nunca vamos a volver a encontrarnos.
Oda a una cantante Pop
Bubaloo es una chica con sabor a frambuesa
que mastica carmín mezclándolo con pólvora.
Está bastante buena, es una estrella
y yo me arrancaría el corazón
para poder meterlo en sus maletas.
Al final del paraíso podremos encontrarnos,
me decía,
y como era una estrella podía perorar
con bastante sentido, de tal modo,
a la vez que seguía su canción.
Recuérdame hasta entonces,
le rogué por mi parte.
jura que vas a amarme siempre.
Toda buena canción también tiene un final
y no hay nada infinito a nuestro alcance,
salvo el universo o el mar.
El paraíso nos rodea.
El mar es la música.
El amor, la trampa.
Si yo me busco a otra
será el principio de tu fin.
Y si tú dices de olvidarme,
oh nena, oh preciosa, oh mi estrella,
yo me olvidaré del mar.
* Es profesor de secundaria y escribe aprovechando los trayectos de ida y vuelta a su trabajo en tren o en autobús. Muestra parte de sus resultados, así como los monigotes que pergeña en sus cuadernos, en su bitácora. También ha publicado el poemario "Nuevos dioses", finalista del premio Voces del Chamamé, Asturias, 2001. Colabora en las revistas de Internet Deriva.org, de Madrid, y El Coloquio de los Perros.net, de Cartagena.
Sobre los autorretratos en el Infierno
¿Los pintó con tinta china?
Yo andaba en la ciudad. Era roma y masiva. Tomaba Red Bull. Llovía y comenzaba a hacerse de noche, quiero encontrar libros de ocasión volviendo a casa, pero estoy lejos todavía. Paso al lado de un iluminado y solitario local de congelados. Nadie salvo una bella morena larga en la treintena y gruesos papeles manuscritos con rotulador grueso. Los leo desde fuera. Se congelan verduras del Renacimiento, se ofrece también tinta congelada. Mi diálogo es lento, muy, muy lento tanto de un lado como del otro, se diría que ella es erudita. Ella lamenta que las verduras en las que me intereso se hayan agotado. Largos silencios pasando por los frigoríficos. Falda en cuero, medias negras, tacones.
Hago para ella el cálculo del precio del paquete grande y recibo un ¨Tiene usted muy buena memoria¨.
Llevo montones de bolsas de plástico. La librería es mezquina y pretenciosa. Jóvenes alumnos de Letras Hispánicas, pupilos mimados de los nuevos profesores, la gestionan. Se me pide que deje todas mis bolsas y no encuentro sino títulos anodinos. Se saludan a grandes voces, noto la forma automática en que dicen que es difícil de encontrar la Generación Beat y se recomiendan los unos a los otros leer. Veo que se burlan de mí...
Los únicos libros que tomo para mí en medio de sus basuras pestilentes tienen un precio desorbitado, como un suplicio.
Parecían en todo caso excitados por la idea de que yo los visitase.
Es así como decido pintar otro tipo de autorretrato. Llevará como título Los pedantes de Praga, siendo Praga el nombre de la librería.
Iba a estar en ello aún varias horas esa noche, ya que todo comenzó por una cosa más simple. Una amiga francesa y otro amigo americano vienen a visitarme. Viendo todos esos dibujos sobre kraft, lamentan que yo no haga más autorretratos. No hay bombillas que funcionen, de este lado de la casa. No hay sino la grande y nueva caldera que funciona 100 por 100. Calienta el taller y el salón, mi amigo americano podrá quitarse el abrigo y la bufanda. La Gioconda es un tema eficaz para atraerles un poco, he hecho varias. Mis gustos no cuentan más, ya no se está a la escucha...
Les debe gustar verme, cuando insisten tanto en el autorretrato...
Pienso que debería entrar en el juego social, si quiero volverme un hombre de negocios. En la calle Zapatín se venden recuerdos, calzados... Hace tiempo que dicen la buena ventura, suficientemente cara para que sea negocio. Instalarse en la provincia. Hacer correr rumores. Las videntes en mi medio son las que llevan todo al cabo. Cuento mi proyecto de viaje, hablo de las bombillas, ven una mujer en mi vida. Se me recomiendan cuidados cosméticos un poco extravagantes de los que tomo nota en las hojas naranjas de papel de la vidente. Hay que purificarse con agua de romero y meter claveles en la bañera, mitad blancos, mitad rojos.
Mi deuda kármica ha terminado.
Me he movido demasiado tiempo en el plano astral.
Más del lado de la pintura que de la escritura, mis ganancias.
Mi amiga francesa está conmigo todo el tiempo.
Mira su reloj, me tengo que dar prisa, tengo que quemar Fasur antes de la puesta de Sol. Por otra parte, en el incensario, la otra tarde, quemé por torpeza un perfume profano. Huele bien y pinto escuchando música.
La tinta está fría pero suficientemente fluida. Es animal y viviente, apesta a pescado.
gesto tenso
Wayte, Merton
composiciones
medir el Infierno *su longitud y anchura, su profundidad
+visualizar a los condenados
+oírlos gritar
+sentir la temperatura de las llamas y los calderos
+percibir el olor del humo
Mi amiga francesa escribió sobre mí al principio del Invierno un largo artículo científico. Cito: "Es un brujo. Su Arte es un tipo de magia a la vez antigua y propia a los revolucionarios, al tarot, a los cabalistas..." Ella describe mi taller de trabajo como un laboratorio de alquimista. Incluso los libros que están desordenados la sorprenden. Las tres velas que siempre enciendo en el suelo. El día en que le propongo posar desnuda ella parece transportada, esperándose una especie de metamorfosis.
Tengo muchas ideas. Pero no comprendo mis ideas. Ninguna idea que me ayude a describirlas. Así que propongo que mejor vayamos a su casa, para no ser molestados y que tomemos las primeras notas.
Ella posa tendida de lado. Trabajo sobre kraft. Hago tres (1 m x 150 cm). Después ella hace toda una serie de gestos de cortesana (me ofrece un vaso, un cigarrillo, mira de reojo sosteniendo el cigarrillo, abre una camisa...) que yo fotografío moviéndome alrededor como en una borrachera. La significancia pasa muy rápido por el cerebro, y se evapora. Ella se duerme en el sofá del taller y yo trabajo en una tela de 2 x 2 en el suelo con botes de un litro de óleo blanco titanio y de tierra quemada. Dibujo su chaqueta con un rojo de cochinilla y su minifalda con indigo.
Me acuesto en la alfombra. Mi amiga francesa cuenta sus fantasías sin moverse:
"Yo subía al Cielo y unos ángeles travestis me interrogaban. Una de estos ángeles, negra, pintada de azul en los párpados y rojo vermellón en la boca, se aproximó a mí y me preguntó: ¿Conoces el camino? ¿Has seguido nuestras huellas? ¿ Ves la leche seca y la música parada desde nuestros gritos? Yo miraba alrededor, allí había fenómenos de espacio llenos de movimiento, de luz y de sombras. Mi ceja derecha señalaba a la Luna, la otra al Sol. El ángel atraviesa a una gran velocidad el espacio hacia el fondo y allí se pone a flirtear sobre un enano. Los dos desaparecen.
"Otro ángel, esta vez invisible, me cuenta, amiga mía, debes hablar de una Guerra en el Cielo. Siquiera sea la de la ignorancia. ¿No debería hablar yo más bien de una Peste en el Cielo? ¿Cuál es la Razón de Dios, que ordena la enfermedad o los sueños? Hago un viaje a través del trance a las Verdades del Cielo. De donde sale mi:
"1er éxtasis
"Una mujer que representa a la Tierra está afligida de los días de su menstruación. Con su concubino en la cama ella se queda la braguita blanco hueso amplia y apretada. El concubino le propone, ya que ella quiere evitar el coito pero no los juegos, ponerle un poco de mantequilla en la entrada del ano y sodomizarla. Muy pronto ella empuña el sexo y precipita un "córrete en mis tetas, entonces". Ella lo masturba, tendida sobre él, enérgicamente. El concubino recibe sus jadeos y experimenta un reconocimiento íntimo de su propia excitación en el aliento de ella, su masturbadora frenética. En su frenesí ella añade sus pezones a los stimuli sobre el glande. ¿A quién representa el concubino de la mujer que representa a la Tierra? ¿Sería Adán, destinado a reposar en su interior? Y sin embargo, la Tierra, afligida de los días de apocalipsis en los cuales sus frutos tornan a la amargura, ahorra al Hombre Primordial el reposo de una tumba. Ella prohíbe el coito, y, no obstante, juega con el hombre el juego del Amor.
"La Tierra unta sus tetas del semen del Hombre. Sueñan juntos que esta sustancia los afirma, los hace más pesados y más suaves. Es el Cristo. No está con ella para fecundarla sino para ungir su cuerpo, para sublimarlo. Sutilizarlo, diríamos, a fuerza de atarearla, alocada, sobre el suyo propio."
¿Está poseído por el diablo, o un vampiro?
Me he preguntado si mi amiga francesa sería una espía. Este temor de que ella sea una agente secreta es equivalente del temor de hacer el amor con una especie de vampiro o de demonio. Su debatirse, sus orgasmos, me parecían en mi angustia extraer su fuerza de una intencionalidad infernal, arcóntica, de fiera saturniana, como por querer añadirme al número de los servidores o esclavos de un dios malvado, de una Babilonia o de un Moloch de los que yo ignoraba los detalles. ¿Debíamos comprobar las fisuras en la seguridad de los aeropuertos americanos? En los rayos X la paraban varios minutos y sacaban una navaja nada pequeña de la que ella no me había prevenido en nuestros equipajes de mano. Ella contravenía por método las órdenes. Se levantaba y andaba hacia los servicios durante el aterrizaje, haciendo saltar como por resorte la única azafata de un pequeño vuelo Miami Washington. Cruzaba las avenidas por fuera de todo código del peatón. Se hacía sospechosa.
Mi silencio nuevo, la amplitud de mi discreción, son ya síntomas de posesión, difusos estados vampíricos.
Iremos a intentar vender ciertas obras sobre kraft al mercado latino de Estados Unidos. Nos informamos sobre el coste de un viaje a Miami tomando en cuenta que hay ABSOLUTAMENTE que entelar los papeles. A causa del clima caliente y húmedo de Florida los coleccionistas no comprar NUNCA papel.
Berthe querría que yo pusiese un poco de orden en mis rollos de tela y mis sustancias amontonadas. Me sugiere trabajar en caballete para no hacer abolladuras sobre la tela. Igualmente la irrita que yo corte mal el kraft haciendo difícil el enmarcado, ya que pinto hasta el borde. Y después la idea de entelar los kraft le parece excelente justamente porque permite aplanar las ondulaciones y hacer la obra lisa.
La tela necesita abolladuras y el kraft ondulaciones para ser pintura.
Con vistas a encontrar algo de cachondeo y estar listos los dos para las ideas de la pose, reflexiono sobre la sustancia a consumir juntos. Soy personalmente cafeinómano. Pero conozco algunas sustancias del lado no legal, ligeras en principio. Pienso en el cáñamo, que me ha aportado otras veces una economía del volumen y sus agenciamientos en la composición, así como una cierta sensualidad perceptible en mis trazos. Mi amiga se dice conocedora, antes de nada nos dejamos ir en las calles de mi barrio, allí donde basta andar despacio para que te lo ofrezcan. Aún es de día, pasamos al barrio de la montaña, imperceptiblemente, entablamos un diálogo en marcha con un étnico del terruño. Lleva dos chinas de polen. A diez euros. Tienen buen olor. Todo parece en orden. Estoy operando a la vista de todos y mi étnico me sugiere correrme un poco. Sonriente he pagado con un billete de 20 euros, porque creí comprender que estaban a diez cada una. El honesto camello me devuelve diez. Yo por mi parte le devuelvo una de las chinas, un poco contrariado la toma y masculla: haz lo que quieras.
Ella abomba y cimbrea sus caderas acodada a la alfombra, mostrándome el sexo a través de la sutil braguita. Mi coleccionista del XXe asegura que los pasteles se prestan a los efectos facilistas. Es quizás en los otros pintores. Volubilis. Los pasteles Sennelier portan extraños y sutiles espíritus, tienen una plasticidad efímera que pide que se les ahorre el fijativo. Llevamos con nosotros, haciéndola rodar por el taller al desplazarnos, una grabadora. Ella está entrevistándome mientras posa, es una superdotada. ¿Cuál es mi relación con el mito, con las divinidades antiguas?
La pintura, cuando depende del Arte, está siempre más cerca de la escultura que del dibujo. Es necesario que los espíritus tengan el espesor en el que depositarse, algunas manchas pesadas para agarrarse, una cierta confusión en los brillos, una superficie que esté recorrida por especies de olas, que les sea análoga. Estamos descubriendo la materia. ¿Qué es la Prima Materia sino la Materia más querida, aquella que lleva en sí el fuego de los sueños y de los paisajes de infancia?
Se podría hablar de un Deseo de Materia como de un espejo en el que la pintura hace visible el deseo de las almas por el espíritu. El pintor, pues, va a buscar abajo, baja a las cavernas, para que el alma, el pensamiento, pueda ascender al Cielo, con el Padre.
Es tarde en la noche pero una buena hora para ir a escuchar verdadero flamenco a las cuevas del Sacromonte, las que no tienen programa. Estamos como debilitados por todo lo que hemos estado haciendo, por la embriaguez y por haber follado, por la música atronadora de nuestra discusión. Una zambullida en el Cielo, saliendo a la calle. Como los átomos de Lucrecio, pasando a través del vacío y su risa.
Nos alejamos demasiado en nuestro paseo. Las cuevas que vimos no nos interesaron, las dejamos atrás y seguimos el camino: pasamos, en la oscuridad, la cuesta que lleva a la abadía. Caminamos por un camino de tierra sin luz que en principio debería desembocar sobre la pequeña cortijada de Jesús del Valle, casi en las fuentes del río. No ignoro que es un lugar de más en más deshabitado. Antes hacían pan, existían en mi infancia campos de algodón y granjas, la última vez que vine no había más nada de eso. Una soledad asfixiante y las idas y venidas, en el momento de la hora de la siesta, de un motorista inquietante que me miró desde lejos con un fondo de amenaza.
Un piano se deja escuchar al fondo del valle. Por el campo, tropezando con ramas caídas y la inefable angélica seca, Berthe avanza hasta una ruina y desaparece. Yo querría decirle que volviese. Pero el temor de atraer a los que yo suponía ser delincuentes me hacía tragarme mis murmullos: me adelanté y me acerqué al agujero arenoso de una ventana. Desde ella pude apreciar un piano. No quedando puertas ni techo ese piano todavía entero me sidera, veo velas humeantes y ninguna silla. El silencio no me deja suponer nada.
Berthe.
Creo oírla bisbisear: sí, ven...
Debo confesar que es abrumado por una gran timidosidad como entré en esos lugares: parecían vacíos de pronto. Cercos de vasos sobre la caja de resonancia. Frente al piano, ennegrecido por capas de humo, un cuadro cuyos detalles se ocultan tras la pátina. Tiene el aire de esa pintura de desnudos alegóricos y costumbristas de Julio Romero de Torres. Pero la firma es de otro.
Un mareo se instala en mí. Voy al fondo hasta la única puerta de la ruina: la voz de Berthe se deja oír detrás de esa puerta. Dice que va a presentarme a un pintor.
Vuelvo al cuadro.
Hay tigres que rodean a una pareja de enamorados en ese claroscuro del betún y de las tierras negras que no cesa de arrebatarme. Un fondo de crepúsculo.
¿Te explico el cuadro? El hombre es gitano o agitanado. Nos damos las manos. Un perro ladra cerca del río, distrayéndome de las explicaciones del pintor. Pero pasamos a otras materias. Me pregunta mi nombre e insiste en que le dé los dos apellidos. Puede ser que conozca la familia de mi madre. Me toma del bíceps y conduciéndome al fondo y con la mano en el pomo de la puerta me repite varias veces que es José, el padre del padre de mi madre.
* Manuel es pintor y escritor granadino residente en París (Francia). Puedes descargar su novela Pleroma aquí.
Yo andaba en la ciudad. Era roma y masiva. Tomaba Red Bull. Llovía y comenzaba a hacerse de noche, quiero encontrar libros de ocasión volviendo a casa, pero estoy lejos todavía. Paso al lado de un iluminado y solitario local de congelados. Nadie salvo una bella morena larga en la treintena y gruesos papeles manuscritos con rotulador grueso. Los leo desde fuera. Se congelan verduras del Renacimiento, se ofrece también tinta congelada. Mi diálogo es lento, muy, muy lento tanto de un lado como del otro, se diría que ella es erudita. Ella lamenta que las verduras en las que me intereso se hayan agotado. Largos silencios pasando por los frigoríficos. Falda en cuero, medias negras, tacones.
Hago para ella el cálculo del precio del paquete grande y recibo un ¨Tiene usted muy buena memoria¨.
Llevo montones de bolsas de plástico. La librería es mezquina y pretenciosa. Jóvenes alumnos de Letras Hispánicas, pupilos mimados de los nuevos profesores, la gestionan. Se me pide que deje todas mis bolsas y no encuentro sino títulos anodinos. Se saludan a grandes voces, noto la forma automática en que dicen que es difícil de encontrar la Generación Beat y se recomiendan los unos a los otros leer. Veo que se burlan de mí...
Los únicos libros que tomo para mí en medio de sus basuras pestilentes tienen un precio desorbitado, como un suplicio.
Parecían en todo caso excitados por la idea de que yo los visitase.
Es así como decido pintar otro tipo de autorretrato. Llevará como título Los pedantes de Praga, siendo Praga el nombre de la librería.
Iba a estar en ello aún varias horas esa noche, ya que todo comenzó por una cosa más simple. Una amiga francesa y otro amigo americano vienen a visitarme. Viendo todos esos dibujos sobre kraft, lamentan que yo no haga más autorretratos. No hay bombillas que funcionen, de este lado de la casa. No hay sino la grande y nueva caldera que funciona 100 por 100. Calienta el taller y el salón, mi amigo americano podrá quitarse el abrigo y la bufanda. La Gioconda es un tema eficaz para atraerles un poco, he hecho varias. Mis gustos no cuentan más, ya no se está a la escucha...
Les debe gustar verme, cuando insisten tanto en el autorretrato...
Pienso que debería entrar en el juego social, si quiero volverme un hombre de negocios. En la calle Zapatín se venden recuerdos, calzados... Hace tiempo que dicen la buena ventura, suficientemente cara para que sea negocio. Instalarse en la provincia. Hacer correr rumores. Las videntes en mi medio son las que llevan todo al cabo. Cuento mi proyecto de viaje, hablo de las bombillas, ven una mujer en mi vida. Se me recomiendan cuidados cosméticos un poco extravagantes de los que tomo nota en las hojas naranjas de papel de la vidente. Hay que purificarse con agua de romero y meter claveles en la bañera, mitad blancos, mitad rojos.
Mi deuda kármica ha terminado.
Me he movido demasiado tiempo en el plano astral.
Más del lado de la pintura que de la escritura, mis ganancias.
Mi amiga francesa está conmigo todo el tiempo.
Mira su reloj, me tengo que dar prisa, tengo que quemar Fasur antes de la puesta de Sol. Por otra parte, en el incensario, la otra tarde, quemé por torpeza un perfume profano. Huele bien y pinto escuchando música.
La tinta está fría pero suficientemente fluida. Es animal y viviente, apesta a pescado.
gesto tenso
Wayte, Merton
composiciones
medir el Infierno *su longitud y anchura, su profundidad
+visualizar a los condenados
+oírlos gritar
+sentir la temperatura de las llamas y los calderos
+percibir el olor del humo
Mi amiga francesa escribió sobre mí al principio del Invierno un largo artículo científico. Cito: "Es un brujo. Su Arte es un tipo de magia a la vez antigua y propia a los revolucionarios, al tarot, a los cabalistas..." Ella describe mi taller de trabajo como un laboratorio de alquimista. Incluso los libros que están desordenados la sorprenden. Las tres velas que siempre enciendo en el suelo. El día en que le propongo posar desnuda ella parece transportada, esperándose una especie de metamorfosis.
Tengo muchas ideas. Pero no comprendo mis ideas. Ninguna idea que me ayude a describirlas. Así que propongo que mejor vayamos a su casa, para no ser molestados y que tomemos las primeras notas.
Ella posa tendida de lado. Trabajo sobre kraft. Hago tres (1 m x 150 cm). Después ella hace toda una serie de gestos de cortesana (me ofrece un vaso, un cigarrillo, mira de reojo sosteniendo el cigarrillo, abre una camisa...) que yo fotografío moviéndome alrededor como en una borrachera. La significancia pasa muy rápido por el cerebro, y se evapora. Ella se duerme en el sofá del taller y yo trabajo en una tela de 2 x 2 en el suelo con botes de un litro de óleo blanco titanio y de tierra quemada. Dibujo su chaqueta con un rojo de cochinilla y su minifalda con indigo.
Me acuesto en la alfombra. Mi amiga francesa cuenta sus fantasías sin moverse:
"Yo subía al Cielo y unos ángeles travestis me interrogaban. Una de estos ángeles, negra, pintada de azul en los párpados y rojo vermellón en la boca, se aproximó a mí y me preguntó: ¿Conoces el camino? ¿Has seguido nuestras huellas? ¿ Ves la leche seca y la música parada desde nuestros gritos? Yo miraba alrededor, allí había fenómenos de espacio llenos de movimiento, de luz y de sombras. Mi ceja derecha señalaba a la Luna, la otra al Sol. El ángel atraviesa a una gran velocidad el espacio hacia el fondo y allí se pone a flirtear sobre un enano. Los dos desaparecen.
"Otro ángel, esta vez invisible, me cuenta, amiga mía, debes hablar de una Guerra en el Cielo. Siquiera sea la de la ignorancia. ¿No debería hablar yo más bien de una Peste en el Cielo? ¿Cuál es la Razón de Dios, que ordena la enfermedad o los sueños? Hago un viaje a través del trance a las Verdades del Cielo. De donde sale mi:
"1er éxtasis
"Una mujer que representa a la Tierra está afligida de los días de su menstruación. Con su concubino en la cama ella se queda la braguita blanco hueso amplia y apretada. El concubino le propone, ya que ella quiere evitar el coito pero no los juegos, ponerle un poco de mantequilla en la entrada del ano y sodomizarla. Muy pronto ella empuña el sexo y precipita un "córrete en mis tetas, entonces". Ella lo masturba, tendida sobre él, enérgicamente. El concubino recibe sus jadeos y experimenta un reconocimiento íntimo de su propia excitación en el aliento de ella, su masturbadora frenética. En su frenesí ella añade sus pezones a los stimuli sobre el glande. ¿A quién representa el concubino de la mujer que representa a la Tierra? ¿Sería Adán, destinado a reposar en su interior? Y sin embargo, la Tierra, afligida de los días de apocalipsis en los cuales sus frutos tornan a la amargura, ahorra al Hombre Primordial el reposo de una tumba. Ella prohíbe el coito, y, no obstante, juega con el hombre el juego del Amor.
"La Tierra unta sus tetas del semen del Hombre. Sueñan juntos que esta sustancia los afirma, los hace más pesados y más suaves. Es el Cristo. No está con ella para fecundarla sino para ungir su cuerpo, para sublimarlo. Sutilizarlo, diríamos, a fuerza de atarearla, alocada, sobre el suyo propio."
¿Está poseído por el diablo, o un vampiro?
Me he preguntado si mi amiga francesa sería una espía. Este temor de que ella sea una agente secreta es equivalente del temor de hacer el amor con una especie de vampiro o de demonio. Su debatirse, sus orgasmos, me parecían en mi angustia extraer su fuerza de una intencionalidad infernal, arcóntica, de fiera saturniana, como por querer añadirme al número de los servidores o esclavos de un dios malvado, de una Babilonia o de un Moloch de los que yo ignoraba los detalles. ¿Debíamos comprobar las fisuras en la seguridad de los aeropuertos americanos? En los rayos X la paraban varios minutos y sacaban una navaja nada pequeña de la que ella no me había prevenido en nuestros equipajes de mano. Ella contravenía por método las órdenes. Se levantaba y andaba hacia los servicios durante el aterrizaje, haciendo saltar como por resorte la única azafata de un pequeño vuelo Miami Washington. Cruzaba las avenidas por fuera de todo código del peatón. Se hacía sospechosa.
Mi silencio nuevo, la amplitud de mi discreción, son ya síntomas de posesión, difusos estados vampíricos.
Iremos a intentar vender ciertas obras sobre kraft al mercado latino de Estados Unidos. Nos informamos sobre el coste de un viaje a Miami tomando en cuenta que hay ABSOLUTAMENTE que entelar los papeles. A causa del clima caliente y húmedo de Florida los coleccionistas no comprar NUNCA papel.
Berthe querría que yo pusiese un poco de orden en mis rollos de tela y mis sustancias amontonadas. Me sugiere trabajar en caballete para no hacer abolladuras sobre la tela. Igualmente la irrita que yo corte mal el kraft haciendo difícil el enmarcado, ya que pinto hasta el borde. Y después la idea de entelar los kraft le parece excelente justamente porque permite aplanar las ondulaciones y hacer la obra lisa.
La tela necesita abolladuras y el kraft ondulaciones para ser pintura.
Con vistas a encontrar algo de cachondeo y estar listos los dos para las ideas de la pose, reflexiono sobre la sustancia a consumir juntos. Soy personalmente cafeinómano. Pero conozco algunas sustancias del lado no legal, ligeras en principio. Pienso en el cáñamo, que me ha aportado otras veces una economía del volumen y sus agenciamientos en la composición, así como una cierta sensualidad perceptible en mis trazos. Mi amiga se dice conocedora, antes de nada nos dejamos ir en las calles de mi barrio, allí donde basta andar despacio para que te lo ofrezcan. Aún es de día, pasamos al barrio de la montaña, imperceptiblemente, entablamos un diálogo en marcha con un étnico del terruño. Lleva dos chinas de polen. A diez euros. Tienen buen olor. Todo parece en orden. Estoy operando a la vista de todos y mi étnico me sugiere correrme un poco. Sonriente he pagado con un billete de 20 euros, porque creí comprender que estaban a diez cada una. El honesto camello me devuelve diez. Yo por mi parte le devuelvo una de las chinas, un poco contrariado la toma y masculla: haz lo que quieras.
Ella abomba y cimbrea sus caderas acodada a la alfombra, mostrándome el sexo a través de la sutil braguita. Mi coleccionista del XXe asegura que los pasteles se prestan a los efectos facilistas. Es quizás en los otros pintores. Volubilis. Los pasteles Sennelier portan extraños y sutiles espíritus, tienen una plasticidad efímera que pide que se les ahorre el fijativo. Llevamos con nosotros, haciéndola rodar por el taller al desplazarnos, una grabadora. Ella está entrevistándome mientras posa, es una superdotada. ¿Cuál es mi relación con el mito, con las divinidades antiguas?
La pintura, cuando depende del Arte, está siempre más cerca de la escultura que del dibujo. Es necesario que los espíritus tengan el espesor en el que depositarse, algunas manchas pesadas para agarrarse, una cierta confusión en los brillos, una superficie que esté recorrida por especies de olas, que les sea análoga. Estamos descubriendo la materia. ¿Qué es la Prima Materia sino la Materia más querida, aquella que lleva en sí el fuego de los sueños y de los paisajes de infancia?
Se podría hablar de un Deseo de Materia como de un espejo en el que la pintura hace visible el deseo de las almas por el espíritu. El pintor, pues, va a buscar abajo, baja a las cavernas, para que el alma, el pensamiento, pueda ascender al Cielo, con el Padre.
Es tarde en la noche pero una buena hora para ir a escuchar verdadero flamenco a las cuevas del Sacromonte, las que no tienen programa. Estamos como debilitados por todo lo que hemos estado haciendo, por la embriaguez y por haber follado, por la música atronadora de nuestra discusión. Una zambullida en el Cielo, saliendo a la calle. Como los átomos de Lucrecio, pasando a través del vacío y su risa.
Nos alejamos demasiado en nuestro paseo. Las cuevas que vimos no nos interesaron, las dejamos atrás y seguimos el camino: pasamos, en la oscuridad, la cuesta que lleva a la abadía. Caminamos por un camino de tierra sin luz que en principio debería desembocar sobre la pequeña cortijada de Jesús del Valle, casi en las fuentes del río. No ignoro que es un lugar de más en más deshabitado. Antes hacían pan, existían en mi infancia campos de algodón y granjas, la última vez que vine no había más nada de eso. Una soledad asfixiante y las idas y venidas, en el momento de la hora de la siesta, de un motorista inquietante que me miró desde lejos con un fondo de amenaza.
Un piano se deja escuchar al fondo del valle. Por el campo, tropezando con ramas caídas y la inefable angélica seca, Berthe avanza hasta una ruina y desaparece. Yo querría decirle que volviese. Pero el temor de atraer a los que yo suponía ser delincuentes me hacía tragarme mis murmullos: me adelanté y me acerqué al agujero arenoso de una ventana. Desde ella pude apreciar un piano. No quedando puertas ni techo ese piano todavía entero me sidera, veo velas humeantes y ninguna silla. El silencio no me deja suponer nada.
Berthe.
Creo oírla bisbisear: sí, ven...
Debo confesar que es abrumado por una gran timidosidad como entré en esos lugares: parecían vacíos de pronto. Cercos de vasos sobre la caja de resonancia. Frente al piano, ennegrecido por capas de humo, un cuadro cuyos detalles se ocultan tras la pátina. Tiene el aire de esa pintura de desnudos alegóricos y costumbristas de Julio Romero de Torres. Pero la firma es de otro.
Un mareo se instala en mí. Voy al fondo hasta la única puerta de la ruina: la voz de Berthe se deja oír detrás de esa puerta. Dice que va a presentarme a un pintor.
Vuelvo al cuadro.
Hay tigres que rodean a una pareja de enamorados en ese claroscuro del betún y de las tierras negras que no cesa de arrebatarme. Un fondo de crepúsculo.
¿Te explico el cuadro? El hombre es gitano o agitanado. Nos damos las manos. Un perro ladra cerca del río, distrayéndome de las explicaciones del pintor. Pero pasamos a otras materias. Me pregunta mi nombre e insiste en que le dé los dos apellidos. Puede ser que conozca la familia de mi madre. Me toma del bíceps y conduciéndome al fondo y con la mano en el pomo de la puerta me repite varias veces que es José, el padre del padre de mi madre.
* Manuel es pintor y escritor granadino residente en París (Francia). Puedes descargar su novela Pleroma aquí.
Infortunio
Compartir el premio
he pensado que debía compartir este premio con otros compañeros de infortunio, los he buscado, no existen. Sucede que la sociedad ha vencido al artista, sabe que lo ha domesticado, lo ha instalado sabiamente en un Zoológico de jaulas, de galerías por todo el mundo, cuida a su artista como animal de granja, lo alimenta, lo mima, con exposiciones y lujosos catálogos, con premios, con becas, con encargos. Para que no moleste y no molestará. Alguien me ha reconocido entre nosotros (creo que he sido yo mismo) como el último artista incómodo.
Jorge Oteiza
Cartas al príncipe, 1988.
Cuando Oteiza, en las Cartas al Príncipe habla de "mis amigos del infortunio" y se acaba reconociendo como el único infortunado superviviente, se está situando, sin duda, del lado de la excepción: excepción a la cultura.
En ese sentido me es muy grato ir construyendo un espacio que, aunque virtual, va reuniendo en breves mezclas sobre la pantalla la carnaza misteriosa, brillante, húmeda, de aquellos que dedican su vida a la tarea del arte, en tanto que excepción a la cultura.
Entonces, INFORTUNIO SHOW consiste en reunir a un grupo de artistas alrededor de un soporte (hasta la fecha nunca alrededor de un tema) y mezclar sus piezas en el espacio que ocupa un monitor de 15". La intención es ser lo más neutro posible en la mezcla, en un intento de no hipersubjetivizar la mezcla, pero eso creo que solo se cumplió en Infortunio Uno. Las otras mezclas me las he tomado con más libertad.
La intención principal del espacio es dar visibilidad en la red a aquellos artistas que no la tenían y fomentar la de aquellos que ya la tienen. Pero esa labor siempre dentro de un marco muy concreto que es el de "los contactos", los artistas conocidos. Infortunio, hasta la fecha, no es un espacio de convocatorias abiertas sino más bien una búsqueda personal, una apuesta personal. No me gusta esa idea de la ultrademocracia de Internet. En Internet hay mucho ruido y, en ese sentido, intento canalizar en el espacio de Infortunio nada más que las pequeñas resonancias de los artistas conocidos que me afectan corporalmente. Si no me afectan no vale, esa es la criba. El hecho de haber estudiado en Bilbao es aquí constituyente, ya que la mayoría de los artistas que colaboran son gente de Euskadi.
Pero
la dificultad de llevar adelante un espacio de estas características, evidentemente virtual, es conseguir que la carnaza del material que se muestra siga manteniendo su brillo, en la medida que sea posible. Esa es la dificultad y el punto de inflexión que me obliga siempre a estar alerta (neutralidad o no neutralidad). Tengo que tratar con delicadeza las piezas de los artistas porque son artefactos extraordinarios que tienen que estar dispuestos de la manera más favorable posible. Esa es la difícil tarea del curador si es que, en definitiva, quiere continuar sabiendo algo de su deseo. Y con esa tarea me las veo cada vez que organizo una mezcla. Lo demás es el mérito de los artistas que colaboran con sus piezas y su disposición, que eso es la leche. Y todo eso dispuesto a los ojos sin freno del internauta.
he pensado que debía compartir este premio con otros compañeros de infortunio, los he buscado, no existen. Sucede que la sociedad ha vencido al artista, sabe que lo ha domesticado, lo ha instalado sabiamente en un Zoológico de jaulas, de galerías por todo el mundo, cuida a su artista como animal de granja, lo alimenta, lo mima, con exposiciones y lujosos catálogos, con premios, con becas, con encargos. Para que no moleste y no molestará. Alguien me ha reconocido entre nosotros (creo que he sido yo mismo) como el último artista incómodo.
Jorge Oteiza
Cartas al príncipe, 1988.
Cuando Oteiza, en las Cartas al Príncipe habla de "mis amigos del infortunio" y se acaba reconociendo como el único infortunado superviviente, se está situando, sin duda, del lado de la excepción: excepción a la cultura.
En ese sentido me es muy grato ir construyendo un espacio que, aunque virtual, va reuniendo en breves mezclas sobre la pantalla la carnaza misteriosa, brillante, húmeda, de aquellos que dedican su vida a la tarea del arte, en tanto que excepción a la cultura.
Entonces, INFORTUNIO SHOW consiste en reunir a un grupo de artistas alrededor de un soporte (hasta la fecha nunca alrededor de un tema) y mezclar sus piezas en el espacio que ocupa un monitor de 15". La intención es ser lo más neutro posible en la mezcla, en un intento de no hipersubjetivizar la mezcla, pero eso creo que solo se cumplió en Infortunio Uno. Las otras mezclas me las he tomado con más libertad.
La intención principal del espacio es dar visibilidad en la red a aquellos artistas que no la tenían y fomentar la de aquellos que ya la tienen. Pero esa labor siempre dentro de un marco muy concreto que es el de "los contactos", los artistas conocidos. Infortunio, hasta la fecha, no es un espacio de convocatorias abiertas sino más bien una búsqueda personal, una apuesta personal. No me gusta esa idea de la ultrademocracia de Internet. En Internet hay mucho ruido y, en ese sentido, intento canalizar en el espacio de Infortunio nada más que las pequeñas resonancias de los artistas conocidos que me afectan corporalmente. Si no me afectan no vale, esa es la criba. El hecho de haber estudiado en Bilbao es aquí constituyente, ya que la mayoría de los artistas que colaboran son gente de Euskadi.
Pero
la dificultad de llevar adelante un espacio de estas características, evidentemente virtual, es conseguir que la carnaza del material que se muestra siga manteniendo su brillo, en la medida que sea posible. Esa es la dificultad y el punto de inflexión que me obliga siempre a estar alerta (neutralidad o no neutralidad). Tengo que tratar con delicadeza las piezas de los artistas porque son artefactos extraordinarios que tienen que estar dispuestos de la manera más favorable posible. Esa es la difícil tarea del curador si es que, en definitiva, quiere continuar sabiendo algo de su deseo. Y con esa tarea me las veo cada vez que organizo una mezcla. Lo demás es el mérito de los artistas que colaboran con sus piezas y su disposición, que eso es la leche. Y todo eso dispuesto a los ojos sin freno del internauta.
Carta en el cajón
Perdóname si muero joven. Realmente me gustaría existir toda la eternidad. En ti, contigo. Pero quizá eso nunca esté en mis manos, o puede que, lo estuviera y dejase escurrir demasiados minutos entre los dedos... Quizá no hice lo suficiente por quedarme a este (tu) lado... Sólo puedo alegar en mi defensa que viví al máximo. Agoté cada aliento, tuve sueños y muchas pesadillas, de las que siempre desperté. Cientos de miles de veces. Perdóname cuando, por una sola vez, no pueda hacerlo, sólo así descansaré en paz.
* Artista audiovisual y escritora. Parte de su obra se puede ver y leer en su blog.
* Artista audiovisual y escritora. Parte de su obra se puede ver y leer en su blog.
El Metabolismo de la lágrima
95
¿seguiré agitando
rostros y recuerdos?
¿veré aún espejismos
de fuego sobre el mar?
¿encontraré flores en
su fondo de arena y coral
allí donde un equinoccio de lágrimas
se ha convertido
en pálido refugio del dolor?
¿ entonarán la olas
elegías de nostalgia?
¿podré descifrar esa
esas huellas lacerantes
diminutos pasos
bordados en las sendas
del ayer?
96
Teje con hilos de crono
siembra maíz y girasoles
oro del sol.
danza con la lluvia
se quiebra cual junco.
contempla los nudos de la eternidad
donde están engarzadas
las cuentas del futuro.
viaja por el largo pasadizo
del inconsciente oscuro
rasga el velo
y descubre la gloria del amor.
97
¿si develo los secretos
mataré el ahogo?
¿ si apago las obsesiones
en un vaso de rocío
encontraré la isla de la libertad?
¿si digo corazón
hallaré la respuesta?
¿si me hundo en la niebla
aparecerán las llaves del exilio?
¿si juego con la melancolía
amansaré fantasmas?
¿si dibujo palabras
me salvaré de lo fatal?
* Escritora y traductora. Ha obtenido numerosos premios literarios, entre ellos, el Primer Premio Nacional de Narrativa y el Primer Premio del XVI Certamen Nacional de Cuento en Argentina. Es autora también de los poemarios "Mandala", "Espejo de los días", y "El Metabolismo de la lágrima". Recientemente obtuvo el Premio de la Editorial De los Cuatro Vientos, por su poemario "Hechicera empurpurada". Sus poemas han sido traducidos al búlgaro y al catalán.
¿seguiré agitando
rostros y recuerdos?
¿veré aún espejismos
de fuego sobre el mar?
¿encontraré flores en
su fondo de arena y coral
allí donde un equinoccio de lágrimas
se ha convertido
en pálido refugio del dolor?
¿ entonarán la olas
elegías de nostalgia?
¿podré descifrar esa
esas huellas lacerantes
diminutos pasos
bordados en las sendas
del ayer?
96
Teje con hilos de crono
siembra maíz y girasoles
oro del sol.
danza con la lluvia
se quiebra cual junco.
contempla los nudos de la eternidad
donde están engarzadas
las cuentas del futuro.
viaja por el largo pasadizo
del inconsciente oscuro
rasga el velo
y descubre la gloria del amor.
97
¿si develo los secretos
mataré el ahogo?
¿ si apago las obsesiones
en un vaso de rocío
encontraré la isla de la libertad?
¿si digo corazón
hallaré la respuesta?
¿si me hundo en la niebla
aparecerán las llaves del exilio?
¿si juego con la melancolía
amansaré fantasmas?
¿si dibujo palabras
me salvaré de lo fatal?
* Escritora y traductora. Ha obtenido numerosos premios literarios, entre ellos, el Primer Premio Nacional de Narrativa y el Primer Premio del XVI Certamen Nacional de Cuento en Argentina. Es autora también de los poemarios "Mandala", "Espejo de los días", y "El Metabolismo de la lágrima". Recientemente obtuvo el Premio de la Editorial De los Cuatro Vientos, por su poemario "Hechicera empurpurada". Sus poemas han sido traducidos al búlgaro y al catalán.
Doce de Octubre
El rico olor del chorizo con huevos, el aroma del café de olla y el alegre ritmo del acordeón y el bajo sexto de la música regional transmitida por la radio despertaron a Cleto aquella fresca mañana de octubre. Su padre se había levantado, como de costumbre, a las cinco y media de la mañana a preparar el desayuno para los dos, antes de irse él al trabajo y Cleto a la escuela preparatoria.
A Cleto le gustaban los desayunos con don Teno que, además de ser buen cocinero, acompañaba muy bien a los acordeonistas de “la guapachosa del Valle”, cantando los corridos (para saber “quién es quién”) mientras guisaba el almuerzo. Cleto, que no tenía buena voz, acompañaba a su padre, silbando las canciones, mientras ponía la mesa. Esta hora de la madrugada se había vuelto la favorita del día para Cleto, no sólo porque compartía con don Teno el desayuno, sino también porque convivía con él, ahora que se habían repuesto los dos de la muerte de doña Tomasita. Durante esos almuerzos, Cleto y don Teno se intercambiaban chistes, y escuchaban y comentaban las noticias del día que la radio mexicotexana transmitía siempre a las seis en punto de la mañana.
En efecto, el almuerzo se había convertido en una importante tradición para la familia Hernández. Era el momento en el que los dos Hernandez, se sentían más unidos y aunque generalmente reinaba la alegría y la jovialidad masculina, a veces aquel hombre matriarcal se volvía tierno y nostálgico recordando a su finada esposa. En esas ocasiones evocaba las últimas palabras de doña Tomasita: “Forja a Cletito en un ambiente cristiano y enséñale a ser bueno y noble con los mayores”. Era cuando don Teno recalcaba la importancia de cumplir con la última petición de doña Tomasita: obedecer a los maestros, quienes “representan a papá y a mamá” en la escuela. Terminando el desayuno, levantaban la mesa, se despedían y se iban cada uno a sus oficios.
Al llegar Cleto a la James Bowie High School, se enteró que andaban alborotados todos los profesores de español porque había llegado la noticia que un grupo musical de Sudamérica estaría visitando la escuela con motivo del “Mes de la Hispanidad”. La conmoción se debía a la opinión colectiva del profesorado del Departamento de Español que la población estudiantil—en su mayoría chicana— poseía escasa cultura. Ahora, con la presencia de los músicos sudamericanos, los estudiantes no sólo podrían escuchar el castellano hablado correctamente sino también cantado correctamente.
Los profesores ya se habían estado preparando para festejar la Hispanidad organizando concursos entre grupos de estudiantes que habrían de representar a los diversos países de Hispanoamérica y de España con bailables y piezas musicales. Por su parte, los profesores se habían encargado de preparar platillos típicos de los países hispanos para que los estudiantes pudieran conocer “el auténtico” modo de guisar hispano. Todos los estudiantes de español, además, tendrían que saber los nombres de los hombres célebres de España e Hispanoamérica. La profesora de español de Cleto, La Sra. Jackson, se mostraba especialmente emocionada ante la visita de los extranjeros. La profesora les había reiterado a sus alumnos—en particular a los chicanos— lo importante que era para ellos conocer “los verdaderos valores culturales” del mundo hispano, para que pudieran tener más autoestima y orgullo en su herencia cultural. Para estos fines, la maestra había colocado en las paredes de su salón de clase pósteres que manifestaban algún aspecto cultural que los alumnos deberían conocer de los diversos países hispanos: corridas de toros, bailes flamencos, el jai-alai y el fandango.
A Cleto y sus compañeros les dio vergüenza tener que vestirse como gauchos o tener que bailar la rumba ante el estudiantado reunido el Doce de Octubre en el Aula Magna de la escuela, pero lo hicieron por no ofender a los profesores. Los maestros, sin embargo, no comprendieron la falta de entusiasmo de parte de “la raza” durante el acto… y a otros les dio ira cuando algunos estudiantes silbaron a los bailarines sudamericanos. Y a la Sra. Jackson le dio coraje, y luego sintió lástima, cuando al pasar el tiempo vio las cruces, rayos y “con safos” (c/s) que aparecieron en los pósteres de su salón.
* Cipriano es jefe del Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Texas en Brownsville.
A Cleto le gustaban los desayunos con don Teno que, además de ser buen cocinero, acompañaba muy bien a los acordeonistas de “la guapachosa del Valle”, cantando los corridos (para saber “quién es quién”) mientras guisaba el almuerzo. Cleto, que no tenía buena voz, acompañaba a su padre, silbando las canciones, mientras ponía la mesa. Esta hora de la madrugada se había vuelto la favorita del día para Cleto, no sólo porque compartía con don Teno el desayuno, sino también porque convivía con él, ahora que se habían repuesto los dos de la muerte de doña Tomasita. Durante esos almuerzos, Cleto y don Teno se intercambiaban chistes, y escuchaban y comentaban las noticias del día que la radio mexicotexana transmitía siempre a las seis en punto de la mañana.
En efecto, el almuerzo se había convertido en una importante tradición para la familia Hernández. Era el momento en el que los dos Hernandez, se sentían más unidos y aunque generalmente reinaba la alegría y la jovialidad masculina, a veces aquel hombre matriarcal se volvía tierno y nostálgico recordando a su finada esposa. En esas ocasiones evocaba las últimas palabras de doña Tomasita: “Forja a Cletito en un ambiente cristiano y enséñale a ser bueno y noble con los mayores”. Era cuando don Teno recalcaba la importancia de cumplir con la última petición de doña Tomasita: obedecer a los maestros, quienes “representan a papá y a mamá” en la escuela. Terminando el desayuno, levantaban la mesa, se despedían y se iban cada uno a sus oficios.
Al llegar Cleto a la James Bowie High School, se enteró que andaban alborotados todos los profesores de español porque había llegado la noticia que un grupo musical de Sudamérica estaría visitando la escuela con motivo del “Mes de la Hispanidad”. La conmoción se debía a la opinión colectiva del profesorado del Departamento de Español que la población estudiantil—en su mayoría chicana— poseía escasa cultura. Ahora, con la presencia de los músicos sudamericanos, los estudiantes no sólo podrían escuchar el castellano hablado correctamente sino también cantado correctamente.
Los profesores ya se habían estado preparando para festejar la Hispanidad organizando concursos entre grupos de estudiantes que habrían de representar a los diversos países de Hispanoamérica y de España con bailables y piezas musicales. Por su parte, los profesores se habían encargado de preparar platillos típicos de los países hispanos para que los estudiantes pudieran conocer “el auténtico” modo de guisar hispano. Todos los estudiantes de español, además, tendrían que saber los nombres de los hombres célebres de España e Hispanoamérica. La profesora de español de Cleto, La Sra. Jackson, se mostraba especialmente emocionada ante la visita de los extranjeros. La profesora les había reiterado a sus alumnos—en particular a los chicanos— lo importante que era para ellos conocer “los verdaderos valores culturales” del mundo hispano, para que pudieran tener más autoestima y orgullo en su herencia cultural. Para estos fines, la maestra había colocado en las paredes de su salón de clase pósteres que manifestaban algún aspecto cultural que los alumnos deberían conocer de los diversos países hispanos: corridas de toros, bailes flamencos, el jai-alai y el fandango.
A Cleto y sus compañeros les dio vergüenza tener que vestirse como gauchos o tener que bailar la rumba ante el estudiantado reunido el Doce de Octubre en el Aula Magna de la escuela, pero lo hicieron por no ofender a los profesores. Los maestros, sin embargo, no comprendieron la falta de entusiasmo de parte de “la raza” durante el acto… y a otros les dio ira cuando algunos estudiantes silbaron a los bailarines sudamericanos. Y a la Sra. Jackson le dio coraje, y luego sintió lástima, cuando al pasar el tiempo vio las cruces, rayos y “con safos” (c/s) que aparecieron en los pósteres de su salón.
* Cipriano es jefe del Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Texas en Brownsville.
Pigmentos
Un vagabundo me ha pedido diez perras
Yo también un bello día he salido con
mi gente
de vagabundo
Yo también
con dos ojos que tienden
la mano
he sostenido
la puta miseria
Yo también he pasado hambre en este jodido país sagrado
también he creído poder
pedir diez perras
por piedad para mi vientre
hueco
Yo también
hasta el fondo de la eternidad de sus
bulevares con la pasma
cuántas noches me he dejado
llevar
también
los ojos huecos
Yo también
he tenido hambre los ojos huecos
también he creído
poder pedir diez perras
los ojos
el vientre
huecos
hasta el día en el que he estado
harto
de verlos mofarse
de mi gente de vagabundo
y disfrutar
de ver a un negro
los ojos vientre huecos.
Sueldo
Tengo la impresión de estar ridículo
con sus zapatos
con su esmoquin
con su pechera
con su falso cuello
con sus monóculos
con su bombín
Tengo la impresión de estar ridículo
con los dedos de mis pies que no están hechos
para transpirar desde la mañana hasta la noche que desnuda
con las vendas que debilitan mis miembros
y quitarle a mi cuerpo su belleza en taparrabos
Tengo la impresión de estar ridículo
con mi cuello en una chimenea de fábrica
con estos dolores de cabeza que cesan
cada vez que saludo a alguien
Tengo la impresión de estar ridículo
en sus salones
en sus modales
en sus reverencias
en su múltiple necesidad de payasadas
Tengo la impresión de estar ridículo
en todo eso que ellos cuentan
hasta eso que os sirven en el almuerzo
un poco de agua caliente
y pasteles con ron
Tengo la impresión de estar ridículo
en las teorías que condimentan
al gusto de sus necesidades
de sus pasiones
de sus instintos abiertos a la noche
en forma de felpudo
Tengo la impresión de ser ridículo
entre ellos cómplice
entre ellos chulo
entre ellos degollador
las manos espantosamente rojas
de la sangre de su ci-vi-li-za-ción.
Pronto
Pronto
no haré más que bailar
pronto
no haré más que cantar
pronto
no haré más que rozarme
pronto
no haré más que remojarme
pronto
no haré más que bailar
cantar
rozarme
remojarme
rozarme
remojarme
cantar
bailar
pronto.
* Traducción de Pierre Kindou (Marsella - Francia)
Yo también un bello día he salido con
mi gente
de vagabundo
Yo también
con dos ojos que tienden
la mano
he sostenido
la puta miseria
Yo también he pasado hambre en este jodido país sagrado
también he creído poder
pedir diez perras
por piedad para mi vientre
hueco
Yo también
hasta el fondo de la eternidad de sus
bulevares con la pasma
cuántas noches me he dejado
llevar
también
los ojos huecos
Yo también
he tenido hambre los ojos huecos
también he creído
poder pedir diez perras
los ojos
el vientre
huecos
hasta el día en el que he estado
harto
de verlos mofarse
de mi gente de vagabundo
y disfrutar
de ver a un negro
los ojos vientre huecos.
Sueldo
Tengo la impresión de estar ridículo
con sus zapatos
con su esmoquin
con su pechera
con su falso cuello
con sus monóculos
con su bombín
Tengo la impresión de estar ridículo
con los dedos de mis pies que no están hechos
para transpirar desde la mañana hasta la noche que desnuda
con las vendas que debilitan mis miembros
y quitarle a mi cuerpo su belleza en taparrabos
Tengo la impresión de estar ridículo
con mi cuello en una chimenea de fábrica
con estos dolores de cabeza que cesan
cada vez que saludo a alguien
Tengo la impresión de estar ridículo
en sus salones
en sus modales
en sus reverencias
en su múltiple necesidad de payasadas
Tengo la impresión de estar ridículo
en todo eso que ellos cuentan
hasta eso que os sirven en el almuerzo
un poco de agua caliente
y pasteles con ron
Tengo la impresión de estar ridículo
en las teorías que condimentan
al gusto de sus necesidades
de sus pasiones
de sus instintos abiertos a la noche
en forma de felpudo
Tengo la impresión de ser ridículo
entre ellos cómplice
entre ellos chulo
entre ellos degollador
las manos espantosamente rojas
de la sangre de su ci-vi-li-za-ción.
Pronto
Pronto
no haré más que bailar
pronto
no haré más que cantar
pronto
no haré más que rozarme
pronto
no haré más que remojarme
pronto
no haré más que bailar
cantar
rozarme
remojarme
rozarme
remojarme
cantar
bailar
pronto.
* Traducción de Pierre Kindou (Marsella - Francia)
Remigia
A Remigia los de la carnicería la llaman Remigio.
“Su voz era áspera aunque su mirada no raspaba/ y si andaba contenta…”, pergeñó sobre ella ese cuajarón de poeta barrial que pernoctaba, cuando no llovía, en la plaza. Llovizna descendía en el amanecer de aquel lunes cuando él la besó en uno de los bancos, a poco de emplearse Remigia “en el petit hotel”, como ella misma había pregonado, de los Scioli. Sin escrúpulos entreverábase. Con un tal Cristianno, repartidor de volantes, llegó a aposentarse sobre la enorme frazada que desplegaran en una noche de corte de luz, en la única obra en construcción abandonada de las inmediaciones.
Transcurrida buena parte de su existencia aparecióse con vincha de plástico en su casquete reacio y un par de bolsas traslúcidas repletas de paquetes inestimables. Pronto fue advertida por las calles con ropa zonza y nueva y el cabello recogido. Es muy alta esta mujer y nada hermosa. Los omóplatos le sobresalen. Envuelta ahora en prendas vistosas, siempre algún detalle sutil atempera tanta hirsuta contundencia: aritos de oro, cinturón o hebilla, una fragancia. Fragancia con el nombre de pila de su mamá. Mamá que falleciera veinticinco días antes de pisar entonces Remigia la estación Retiro.
Ella está al servicio de un matrimonio, el fruto del matrimonio y la tía del fruto. Constituído éste por Arturito, “el débil”, muchachón ceceoso; Ignacio, modelo de artistas plásticos y estudiante universitario con una carrera concluída; y Ernestina, quien ya cuenta con intrascendentes diecinueve años. La tía realiza los quehaceres a la par que Remigia, exceptuando las compras. Conversan. Remigia le confiesa sus románticas propensiones.
Ella se cartea con su segundo padrastro, su primer amor. No, sin embargo, quien la desflorara. Ese había sido Francisco César Richietti, ex–pugilista, medio mediano, un alma serena, seductor parsimonioso, inolvidable (con su nariz arrasada), y por quien atesora un embargante agradecimiento.
Está imaginándose cosas con Arturito. El que por las mañanas es distinguible exánime. Descastado o devastado, a Remigia la enternece. La colmaría que Arturito se entusiasmara con ella. Sabría cómo enardecerlo.
Así Remigia, mejora la ortografía con una maestra particular, come poco, es pulcra, teme que su piel se aje. Usa anteojos para leer revistas, se solaza con Grandes Valores del Tango (en especial, con Roberto Rufino), entre el cuatro y el siete de Enero tiene muy presentes a los Reyes Magos. Saludable: solamente caries y espasmos en los dedos cuando hace frío seco. Nunca fumó, calza más de cuarenta, sueña que la sueñan, y espera morir un día, sin apuro, y sin que ningún niño la vea.
* Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina.
LIBROS PUBLICADOS: Entre 1988 & 2008, varios de ellos a través de los sellos Libros del Empedrado, Filofalsía, La Luna Que, Recitador Argentino: Obras completas en verso hasta acá, De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):, Trompifai, Fundido Encadenado, Picado contrapicado, Tomavistas, Propaga, Ardua, Pictórica, Desecho e izquierdo, Sopita, Leo y escribo, Del franelero popular, Ripio, Corona de calor (poesía); Las piezas de un teatro (dramaturgia); Historietas del amor, Muestra en prosa (cuentos y relatos); El Revagliastés (antología poética). Casi todos cuentan con ediciones electrónicas disponibles gratuitamente en numerosas bibliotecas digitales.
“Su voz era áspera aunque su mirada no raspaba/ y si andaba contenta…”, pergeñó sobre ella ese cuajarón de poeta barrial que pernoctaba, cuando no llovía, en la plaza. Llovizna descendía en el amanecer de aquel lunes cuando él la besó en uno de los bancos, a poco de emplearse Remigia “en el petit hotel”, como ella misma había pregonado, de los Scioli. Sin escrúpulos entreverábase. Con un tal Cristianno, repartidor de volantes, llegó a aposentarse sobre la enorme frazada que desplegaran en una noche de corte de luz, en la única obra en construcción abandonada de las inmediaciones.
Transcurrida buena parte de su existencia aparecióse con vincha de plástico en su casquete reacio y un par de bolsas traslúcidas repletas de paquetes inestimables. Pronto fue advertida por las calles con ropa zonza y nueva y el cabello recogido. Es muy alta esta mujer y nada hermosa. Los omóplatos le sobresalen. Envuelta ahora en prendas vistosas, siempre algún detalle sutil atempera tanta hirsuta contundencia: aritos de oro, cinturón o hebilla, una fragancia. Fragancia con el nombre de pila de su mamá. Mamá que falleciera veinticinco días antes de pisar entonces Remigia la estación Retiro.
Ella está al servicio de un matrimonio, el fruto del matrimonio y la tía del fruto. Constituído éste por Arturito, “el débil”, muchachón ceceoso; Ignacio, modelo de artistas plásticos y estudiante universitario con una carrera concluída; y Ernestina, quien ya cuenta con intrascendentes diecinueve años. La tía realiza los quehaceres a la par que Remigia, exceptuando las compras. Conversan. Remigia le confiesa sus románticas propensiones.
Ella se cartea con su segundo padrastro, su primer amor. No, sin embargo, quien la desflorara. Ese había sido Francisco César Richietti, ex–pugilista, medio mediano, un alma serena, seductor parsimonioso, inolvidable (con su nariz arrasada), y por quien atesora un embargante agradecimiento.
Está imaginándose cosas con Arturito. El que por las mañanas es distinguible exánime. Descastado o devastado, a Remigia la enternece. La colmaría que Arturito se entusiasmara con ella. Sabría cómo enardecerlo.
Así Remigia, mejora la ortografía con una maestra particular, come poco, es pulcra, teme que su piel se aje. Usa anteojos para leer revistas, se solaza con Grandes Valores del Tango (en especial, con Roberto Rufino), entre el cuatro y el siete de Enero tiene muy presentes a los Reyes Magos. Saludable: solamente caries y espasmos en los dedos cuando hace frío seco. Nunca fumó, calza más de cuarenta, sueña que la sueñan, y espera morir un día, sin apuro, y sin que ningún niño la vea.
* Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina.
LIBROS PUBLICADOS: Entre 1988 & 2008, varios de ellos a través de los sellos Libros del Empedrado, Filofalsía, La Luna Que, Recitador Argentino: Obras completas en verso hasta acá, De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):, Trompifai, Fundido Encadenado, Picado contrapicado, Tomavistas, Propaga, Ardua, Pictórica, Desecho e izquierdo, Sopita, Leo y escribo, Del franelero popular, Ripio, Corona de calor (poesía); Las piezas de un teatro (dramaturgia); Historietas del amor, Muestra en prosa (cuentos y relatos); El Revagliastés (antología poética). Casi todos cuentan con ediciones electrónicas disponibles gratuitamente en numerosas bibliotecas digitales.
LIX
en una tierra donde
los muros se alimentan
de golpes
manos descarnadas
el símbolo es la desgracia
que circunda que persigue
sospecho
que bajo la arrogancia
existe
la metástasis de Dios
un dolor insoportable
pareciera caminar
sobre lo llano
podría ser la trampa
que resulta
cuando la lengua dormita
los latidos existentes
bajo el torso petrificado
de la angustia
el puño del tirano
defraudó mi mejilla
dejó gélida mi boca
tanto frío para soportar
incluso
las miradas
habría que sellar
con tierra
las ventanas los postigos
proteger las costras
que cargamos como bestias
contra la carcajada pública
del corazón
no hay quien
se libre del látigo
quien olvide
los contornos
tal vez finalmente
me estoy acercando
es posible contraer
los precipicios
provocar la forma
que delate
que repugne
ya no brotan visitas
no tiemblan las puertas
advierto el canto
de los que simulan
mi muerte
la humanidad postrada
cuyo manto
desconoce la silueta
incluso el gemido
adorna los espejos
la letra torcida para acaecer
del otro lado
sucede así
si es que huyen
o revelan la sustancia
que torna piedra
a los cuerpos
existe una voz
que suplica
una voz que se alza
impúdica en el Manicomio
donde no tiene escoltas
la apariencia
ni hay riesgo de división
ni simpatías
que se diga lo siniestro
y lo impalpable
es posible reunir
todos los gritos
y aún así
que nadie escuche
añoro nada
el fondo de un ademán
quizás humano
nada
recto es el lugar
del disimulo
escucho el llanto
de todo aquello
que no debiera
haber nacido
Dios aún respira
* Poeta argentina nacida en 1979. Parte de su obra literaria se publicó en la antología "Cadáver en mano” (Visceralia Ediciones, Santiago de Chile). Colabora en diversas publicaciones literarias. Su poemario “Sobrevivir es una Curvatura” fue publicado en la revista “Casa Litterae". Realizó la selección y notas de la muestra de poesía argentina organizada por la revista mexicana “Círculo de Poesía”. Sus poemas han sido traducidos al catalán, al italiano y al inglés.
los muros se alimentan
de golpes
manos descarnadas
el símbolo es la desgracia
que circunda que persigue
sospecho
que bajo la arrogancia
existe
la metástasis de Dios
un dolor insoportable
pareciera caminar
sobre lo llano
podría ser la trampa
que resulta
cuando la lengua dormita
los latidos existentes
bajo el torso petrificado
de la angustia
el puño del tirano
defraudó mi mejilla
dejó gélida mi boca
tanto frío para soportar
incluso
las miradas
habría que sellar
con tierra
las ventanas los postigos
proteger las costras
que cargamos como bestias
contra la carcajada pública
del corazón
no hay quien
se libre del látigo
quien olvide
los contornos
tal vez finalmente
me estoy acercando
es posible contraer
los precipicios
provocar la forma
que delate
que repugne
ya no brotan visitas
no tiemblan las puertas
advierto el canto
de los que simulan
mi muerte
la humanidad postrada
cuyo manto
desconoce la silueta
incluso el gemido
adorna los espejos
la letra torcida para acaecer
del otro lado
sucede así
si es que huyen
o revelan la sustancia
que torna piedra
a los cuerpos
existe una voz
que suplica
una voz que se alza
impúdica en el Manicomio
donde no tiene escoltas
la apariencia
ni hay riesgo de división
ni simpatías
que se diga lo siniestro
y lo impalpable
es posible reunir
todos los gritos
y aún así
que nadie escuche
añoro nada
el fondo de un ademán
quizás humano
nada
recto es el lugar
del disimulo
escucho el llanto
de todo aquello
que no debiera
haber nacido
Dios aún respira
* Poeta argentina nacida en 1979. Parte de su obra literaria se publicó en la antología "Cadáver en mano” (Visceralia Ediciones, Santiago de Chile). Colabora en diversas publicaciones literarias. Su poemario “Sobrevivir es una Curvatura” fue publicado en la revista “Casa Litterae". Realizó la selección y notas de la muestra de poesía argentina organizada por la revista mexicana “Círculo de Poesía”. Sus poemas han sido traducidos al catalán, al italiano y al inglés.
Carne de Santo
Perdí a la tropa que me coreó toda la noche. Era un hombre de palabra.
Llegué a la mar bella y aparecí con otra voz: renací danzando picante con dientes. Allí merodeaban varios de los poetas que conozco de buena fe por ojearlos en los enunciados profundos del silencio: Sylvia y Federico sobre toalla, cazados desnudos tumbados de la mano bajo el garbo sol / a su aire Juan Ramón degustando una infusión que su vientre dios le preparó, avistando pensativo las pasajeras nubes / Alejandra, alegre, cultivando mate en su sotobosque: en fin, disfrutando / y Fernando echando una ausencia gramatical al parchís con tres de sus más altos grados intelectuales.
Dejando de una parte a estos inspirados en la playa, me acerqué al otro a tientas. Tenía la mirada perdida en el mar. Tras sentarme a su veraz vera, me dio por platicarle, pero permanecía misteriosamente abstraído por los espíritus del agua.
¿Cuánto tiempo llevas aquí? [Sonó una voz que me liberaba].
Bastante, contestó él con una atrayente tensión.
De súbito se nos acercaron unos perros. Mas no los perros a los que uno está habituado en las calles, sino que me recordaron / en el corazón / a esos otros perros que los sientes [lobos], cuando se acercan sin tino a las jaimas hincadas en tierra en la cerrazón [noche], cuando estás dormitando en el desierto del Sahara y te levantas angustiado pensando que esos lobos [perros], que buscan comida velando bajo la luz limpia de la luna, van a devorarte fieramente. Uno de ellos - el más fiero quizás - se echó a nuestro lado, mientras el resto de la manada se quedó aguardando lejos [ya sombras], mucho más lejos aún de la visión de los poetas.
Carne de Santo no se impresionó lo más mínimo con el animal. Lo acarició, como quien acaricia a un perro, y me miró profundamente.
Tienes sed, [le habló al perro].
Sed / sueños / sucesos / imágenes, lo mismo es, suspiró el animal. Necesito cristalizar en este laberinto de ilusiones.
Me encrespé. Como lo hacen los animales o el mar. Nunca antes había visto a un perro hablar de esa manera ni de ninguna. El perro, tras unos instantes, me miró con el rabillo del ojo - como quien interpela a alguien - así que me dispuse a hablarle, pues no parecía que tuviera otra cosa que hacer en aquel lugar inquietante.
¿Vivir o morir?, le pregunté.
Voy sorteando las artes, respondió el perro. He venido a recitar al mar esta mañana, pero antes necesito enjuagarme la voz, las manos y los pies.
[Yo] no entendía nada.
Carne de Santo, como decidí llamarle en mi inconsciente, estaba preparando fuego, chasqueando con destreza los dedos de sus manos. El perro empezó a menear el rabo, señal de contento. Aparecieron cenizas al cabo de unos soplos y, de imprevisto, hubo un gesto por parte de los dos que me intranquilizó.
¿Sabes tocar la cítara?, me preguntó Carne de Santo.
No. Últimamente voy caminando a todas partes, le dije yo.
Ves, ahora vas entendiendo [pensé]. Seguimos con la plática.
Y dios, ¿es cierto que se embriaga con un vaso de agua?, les interrogué.
A veces sí, le da por ahí al darnos oídos, dijo Carne de Santo.
¿Quién es él?
Te doy mi palabra de que dice sentirse una hembra, contestó el perro. De hecho el otro día le eché un buen polvo; y se relamió.
Numen [sentí].
¿Por qué te alejas de las malas presencias?, osé preguntarle al perro, aun sin saber a cuento de qué, ni por qué motivo.
No me hagas esa pregunta ahora, animal.
Entonces dime por qué abandonasteis la diáspora, le pregunté ahora a Carne de Santo.
Porque aquí / junto a los muertos te sientes vivo. Y vivir en vida es un riesgo emético, estando muerto eso no sucede, no sientes ese miedo mordiente, todo marcha mucho más fingidamente, contestó con una energía brutal el santo.
El tiempo se convirtió en una espera maligna. Advertí que empezaba a anochecer. Vino un señor con aspecto de bereber y me ofreció una manta. Me la puse encima y sentí calor. Soplaba el viento a trazos cortos y una luna seguía posada sobre nuestros cuerpos. Volvió el señor bereber a ofrecernos una flamenquilla de barro en la que había cordero recién asado y, también, legumbres asadas. Nos ofreció pan, un pan antiguo. Comimos los tres sin mediar palabra, secretamente. El bereber nos dio de beber lluvia bendita: o eso dijo el perro que era.
Silencio.
¿Cuáles son los signos en la poesía?, pregunté luego.
Las palabras / cortan / transforman / viento / descubren / voces. Mira: un cangrejo, éste por su aspecto debe de venir de Aguascalientes, comentó Carne de Santo.
¿Por qué en vida no te tomaron en cuento y después de muerto pasaste a ser un poeta de culto?
Lo de siempre, pero a mí eso ya no me aflige. Yo estoy muerto.
Transitó algo a nuestro lado.
El cangrejo de Aguascalientes [imaginé].
¿Alcanzas a ver eso?, me preguntó el perro.
Sí, un cangrejo, respondí.
Se notaba que el cangrejo sufría. Pero yo proseguí con mis dudas y él con sus huellas.
¿De dónde viene la idea?
Está inscrita en el horizonte – dijo volteando la cara hacia el mar. En aquel lugar donde resucita la carne. La otra dimensión de la vida / habló con ímpetu Carne de Santo.
En esos momentos se escuchó el quejido de un muerto. Sentí un miedo escalofriante. De inmediato se levantó un fuego y se extinguió de pronto. Se nos encendieron los rostros, nos vimos las caras, se nos movió el ánimo y todo quedó en silencio. Un silencio cáustico.
Ulteriormente me estimularon con las charadas y las brincamos bien adivinando. Me levanté, en realidad yo era un insurrecto, un ser animado, y luego nos sentamos a recitar unos versos sueltos junto a los otros poetas de antes. El mar rizaba el viento.
La eufonía, [pensé para mis adentros].
Entonaron letrillas que me recordaron a alguien. Pensé en el desierto y enseguida / el vientre / sentí / el cráneo/ la hembra / el útero / las entrañas.
Debí quedarme dormido, confuso, pensando en nombres. Se hizo el amanecer y al poco la noche.
Ahora eres un poeta póstumo, me dijo alguien en sueños.
Llegué a la mar bella y aparecí con otra voz: renací danzando picante con dientes. Allí merodeaban varios de los poetas que conozco de buena fe por ojearlos en los enunciados profundos del silencio: Sylvia y Federico sobre toalla, cazados desnudos tumbados de la mano bajo el garbo sol / a su aire Juan Ramón degustando una infusión que su vientre dios le preparó, avistando pensativo las pasajeras nubes / Alejandra, alegre, cultivando mate en su sotobosque: en fin, disfrutando / y Fernando echando una ausencia gramatical al parchís con tres de sus más altos grados intelectuales.
Dejando de una parte a estos inspirados en la playa, me acerqué al otro a tientas. Tenía la mirada perdida en el mar. Tras sentarme a su veraz vera, me dio por platicarle, pero permanecía misteriosamente abstraído por los espíritus del agua.
¿Cuánto tiempo llevas aquí? [Sonó una voz que me liberaba].
Bastante, contestó él con una atrayente tensión.
De súbito se nos acercaron unos perros. Mas no los perros a los que uno está habituado en las calles, sino que me recordaron / en el corazón / a esos otros perros que los sientes [lobos], cuando se acercan sin tino a las jaimas hincadas en tierra en la cerrazón [noche], cuando estás dormitando en el desierto del Sahara y te levantas angustiado pensando que esos lobos [perros], que buscan comida velando bajo la luz limpia de la luna, van a devorarte fieramente. Uno de ellos - el más fiero quizás - se echó a nuestro lado, mientras el resto de la manada se quedó aguardando lejos [ya sombras], mucho más lejos aún de la visión de los poetas.
Carne de Santo no se impresionó lo más mínimo con el animal. Lo acarició, como quien acaricia a un perro, y me miró profundamente.
Tienes sed, [le habló al perro].
Sed / sueños / sucesos / imágenes, lo mismo es, suspiró el animal. Necesito cristalizar en este laberinto de ilusiones.
Me encrespé. Como lo hacen los animales o el mar. Nunca antes había visto a un perro hablar de esa manera ni de ninguna. El perro, tras unos instantes, me miró con el rabillo del ojo - como quien interpela a alguien - así que me dispuse a hablarle, pues no parecía que tuviera otra cosa que hacer en aquel lugar inquietante.
¿Vivir o morir?, le pregunté.
Voy sorteando las artes, respondió el perro. He venido a recitar al mar esta mañana, pero antes necesito enjuagarme la voz, las manos y los pies.
[Yo] no entendía nada.
Carne de Santo, como decidí llamarle en mi inconsciente, estaba preparando fuego, chasqueando con destreza los dedos de sus manos. El perro empezó a menear el rabo, señal de contento. Aparecieron cenizas al cabo de unos soplos y, de imprevisto, hubo un gesto por parte de los dos que me intranquilizó.
¿Sabes tocar la cítara?, me preguntó Carne de Santo.
No. Últimamente voy caminando a todas partes, le dije yo.
Ves, ahora vas entendiendo [pensé]. Seguimos con la plática.
Y dios, ¿es cierto que se embriaga con un vaso de agua?, les interrogué.
A veces sí, le da por ahí al darnos oídos, dijo Carne de Santo.
¿Quién es él?
Te doy mi palabra de que dice sentirse una hembra, contestó el perro. De hecho el otro día le eché un buen polvo; y se relamió.
Numen [sentí].
¿Por qué te alejas de las malas presencias?, osé preguntarle al perro, aun sin saber a cuento de qué, ni por qué motivo.
No me hagas esa pregunta ahora, animal.
Entonces dime por qué abandonasteis la diáspora, le pregunté ahora a Carne de Santo.
Porque aquí / junto a los muertos te sientes vivo. Y vivir en vida es un riesgo emético, estando muerto eso no sucede, no sientes ese miedo mordiente, todo marcha mucho más fingidamente, contestó con una energía brutal el santo.
El tiempo se convirtió en una espera maligna. Advertí que empezaba a anochecer. Vino un señor con aspecto de bereber y me ofreció una manta. Me la puse encima y sentí calor. Soplaba el viento a trazos cortos y una luna seguía posada sobre nuestros cuerpos. Volvió el señor bereber a ofrecernos una flamenquilla de barro en la que había cordero recién asado y, también, legumbres asadas. Nos ofreció pan, un pan antiguo. Comimos los tres sin mediar palabra, secretamente. El bereber nos dio de beber lluvia bendita: o eso dijo el perro que era.
Silencio.
¿Cuáles son los signos en la poesía?, pregunté luego.
Las palabras / cortan / transforman / viento / descubren / voces. Mira: un cangrejo, éste por su aspecto debe de venir de Aguascalientes, comentó Carne de Santo.
¿Por qué en vida no te tomaron en cuento y después de muerto pasaste a ser un poeta de culto?
Lo de siempre, pero a mí eso ya no me aflige. Yo estoy muerto.
Transitó algo a nuestro lado.
El cangrejo de Aguascalientes [imaginé].
¿Alcanzas a ver eso?, me preguntó el perro.
Sí, un cangrejo, respondí.
Se notaba que el cangrejo sufría. Pero yo proseguí con mis dudas y él con sus huellas.
¿De dónde viene la idea?
Está inscrita en el horizonte – dijo volteando la cara hacia el mar. En aquel lugar donde resucita la carne. La otra dimensión de la vida / habló con ímpetu Carne de Santo.
En esos momentos se escuchó el quejido de un muerto. Sentí un miedo escalofriante. De inmediato se levantó un fuego y se extinguió de pronto. Se nos encendieron los rostros, nos vimos las caras, se nos movió el ánimo y todo quedó en silencio. Un silencio cáustico.
Ulteriormente me estimularon con las charadas y las brincamos bien adivinando. Me levanté, en realidad yo era un insurrecto, un ser animado, y luego nos sentamos a recitar unos versos sueltos junto a los otros poetas de antes. El mar rizaba el viento.
La eufonía, [pensé para mis adentros].
Entonaron letrillas que me recordaron a alguien. Pensé en el desierto y enseguida / el vientre / sentí / el cráneo/ la hembra / el útero / las entrañas.
Debí quedarme dormido, confuso, pensando en nombres. Se hizo el amanecer y al poco la noche.
Ahora eres un poeta póstumo, me dijo alguien en sueños.
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