Laberintos

Laberinto no. 12 
                                                                                                        Todo era una mar de lodo
 y su nombre era Caos
 que significa confusión.
                                                                                                                   Mitología griega

Casualidad oportuna
    el hombre
el que pudo ser mi hombre
sale de la casa del pasado
          que no es pasado

Ahí estoy
justo frente a él y ella
    absorta
con las neuronas colapsadas
¡Mis sueños ¡
mis sueños  se pintan
con el color moreno de tu traición
El dolo en tu voz
La burla en su mirada

Alejandra
estúpida mujercita de cabello rojo
soy el centro del circo negro
más cruento que el romano


Laberinto no. 30




(atemporal)
Nunca sabes que hora es
siempre atrasado al tiempo
demoras respuestas
adelantas juicios
El tiempo es un concepto abstracto
tanto como el amor
no es absoluto es transgresivo
Igual que tú y que yo

Laberinto no. 18


El tiempo
    callado
Acento
   extraño
Aliento
   penetra emociones
Inquieto
   tacto de viento
Moreno
   perfecto eclipsa
      mi vientre lácteo

Laberinto no. 19
(del amor o del masoquismo)


La mariposa filosófica
se posa en la estrella rosa
y aparece una ventana del infierno
                                                                                                                         André Bretón

Blanca o jaspeada
en tierras lejanas
  quizá nórdicas o mediterráneas
desplegaste tus alas
Aquí
pequeña ciudad
               tercermundista
muda y en ruinas
tu faz cambia
tu nombre no es el mismo
tu aliento no aviva sueños apagados
¿Para qué aleteaste mariposa?
¿Para qué despertaste
de tu sueño de crisálida?
Con los ojos en llamas
y las manos atadas
      a unos pétalos secos
en medio de mis palabras
Ahora soy
la prometida del caos
enredada
entre sus puños sangrantes
aguardo indulgencia.

Poeta mexicana, estudió Letras Españolas y se diplomó en Creación y Apreciación Literaria. En 2003 ganó el premio nacional de poesía otorgado por el Instituto Mexicano de la Juventud con su primer poemario “Palabras Fértiles” publicado por el Instituto Hidalguense del la Juventud. Su segundo poemario “Puntos Cardinales” fue publicado por la editorial Todas las Voces. Recientemente vio la luz “ Universos Diversos” antología donde se recogen poemas de autores de diversas nacionalidades de habla hispana, publicado por la casa editorial española Al Aire. Actualmente trabaja en la traducción de su poesía a la lengua italiana.

La Supremacía de la distancia o Cómo afirmar la propia idea de muerte para ejecutar al mundo

Ella caminaba a través de la lluvia con pasos forzados, como si ese compromiso con el viento fuera el único capaz de anular sus huellas. Tocó a tientas su bolso, consideró cambiar su mano y sostener con la presente su nuca, que la obligaba a contener lo que parecía ser su miedo. Desesperó con el mismo ímpetu, hasta que entró en aquel pasaje.

A través de las luces bajas, aquellas primeras miradas la encontraron soberbia. Buscó una vez más entre su bolso. La letra era impasible. Recordó sus antiguos accesos infantiles, donde sus propios ojos revelaban el mundo, como nunca sería revelado por nadie; quizás lo había acostumbrado a esto. Una gota empapó su ropa. Su vestido ahora poseía una mancha roja, que no tardaría en evolucionar.

Entonces vio el balcón. Su boca gemía la belleza de una niña repleta y asustada, el labio superior sobresalido, desenlace imposible de una infancia que no admite disolución, gesto temible para el mundo, tan poco acostumbrado a los privilegios. Su memoria también callaba en la magnitud de aquel silencio. Sostenía aquél papel, ahogándolo con el puño, como si respirara. Continuaba agitándose, junto a las gotas, que ahora tramaban su camino por las piernas; ella misma era el espasmo.

-Si te digo no importa tu retorno, ¿sabés quién soy? -. Comenzó a pujar, a sobrevivir la penumbra- Te quiero ciega.

Empujó, y notó que la puerta estaba abierta. Pudo verlo, a lo lejos, en la habitación contigua. Se miraron sin sospechas, con la misma penitencia con la que se vuelve al hogar. Ella se subió un poco el vestido.
Notó como aquella mirada se hacía posible.

-El verdadero suplicio es seguir el rastro de la sangre –dijo. Ahora sus ojos santificaban el fluido por las piernas. El charco penetró en su alma, y se hizo uno con el suelo; este, a su vez, se hizo uno con la tierra.

Un gesto leve de la cabeza, ya cotidiana, ya desplomada por la no-ausencia, la hizo comprender. Y ella comenzó a hacer pis como cuando niña, al comienzo con esfuerzo, pero luego con necesidad. Ahora no podía verlo. Su figura había fracasado. Si te digo no importa tu retorno, ¿creés lo contrario? Ella asintió
con una convulsión. Sus manos comenzaron a recorrer la contracción de sus caderas con todo el desprecio que puede sentirse cuando alguien se torna real.

Existe siempre le necesidad de que desaparezcas. No es una provocación, sino un instinto de vida.

Cuando despertó, en lo primero que creyó fue en el frío. Quiso hablar y no pudo. Quiso moverse, pero se sabía sola. Intentó abrir los ojos, pero éstos agonizaban, sellados. Despegó sus pupilas con insistencia y, a través de los rayos -que reflejaban quizás también el día-, observó su cuerpo de costado.

Pudo comprobar como los huesos habían perforado su piel, permitiendo que la herida sea visible. Perpetuó su muerte en ese gesto. Como si el mundo fuera de otros. Como si todos los que viven estuvieran vivos, realmente.


* Poeta argentina nacida en Buenos Aires en 1979.Parte de su obra literaria se publicó en la antología "Cadáver en mano (Visceralia Ediciones, Santiago de Chile, 2006). Su texto “V” ha sido seleccionado para participar en la obra “Verso a verso” (Editorial Dunken, Buenos Aires, 2008).Colabora en diversas publicaciones literarias, como “Los Digitales” de “Puertas Abiertas”.

Nobuyoshi Araki: ¿Sushi, sexo y rock ‘n roll?

Las páginas del libro se revelan al lector como una flor abriéndose antes la abeja golosa. Aparecen mujeres expuestas, preparadas, tocándose. Vemos jóvenes estudiantes japonesas amarradas en posiciones S/M, que nos contemplan con rostros de sufrimiento y placer. Pasamos la página: una serie de prostitutas asiáticas desfilan bajo nuestros ojos.

Entre Occidente y Oriente, pocos exhiben la brecha cultural que nos separa de los japoneses como el fotógrafo Nobuyoshi Araki. Ese Japón que nos venden como un compendio de clichés, como una isla pacífica, de meditación descalza y sushi en las tres comidas al día. Ese código de honor tan admirado como incomprendido por los europeos y los norteamericanos, que llevó a los soldados nipones de Iwo Jima a suicidarse ante la derrota. Mientras seguimos el vuelo de un kamikaze a punto de estrellarse contra un barco enemigo en Youtube, sólo aparecen reflexiones sobre la locura asiática en nuestras mentes.

Si existe alguien capaz de levantar el espejo de la diferencia ante nuestros rostros, capaz de mostrarnos que el ser humano el un animal cultural y social, es el fotógrafo Nobuyoshi Araki. Los occidentales tenemos la odiosa tendencia a creer que defendemos valores universales, de libertad y democracia, que hacen que nuestras sociedades sean las más “avanzadas” en aspectos como la igualdad de la mujer o la división del trabajo en nuestras ciudades. Es allí donde Araki golpea con más fuerza, mostrando un Japón donde la mujer hace gozar al hombre a través del sufrimiento, donde casarse equivale a quedarse en el hogar y criar a la familia mientras el hombre trabaja. Araki abre los ojos del espectador a ese Japón oculto, de obsesiones hentai y lolitas escolares recubiertas de inocencia. Su arte se vuelve chocante para aquellos que equiparan el desarrollo y el avance con la libertad sexual concebida de una sola manera, de manera occidental, que es lo que el antropólogo etnocéntrico suele hacer. Según esta ecuación, muchos países árabes carecen de desarrollo porque arropan a sus mujeres y las esconden tras velos y burkas. ¿Cómo entender entonces el Japón de Araki? Un país capaz de producir las innovaciones más importantes a nivel tecnológico, atrapado en conductas sexuales retrógradas dignas de tribus africanas. Araki choca, Araki mueve al público al colocarlo cara a cara con un país desconocido e incomprensible.

Sucede que la vida de Araki se erige como un puente entre dos mundos: Nacimiento en un barrio pobre, vida humilde, primera máquina de fotos regalada por su padre a los doce años. Estudios en una prestigiosa Universidad (Chiba), trabajo en una de las agencias de publicidad más grandes del mundo (Dentsu), premios fotográficos (Taiyo, en 1964). El perfil típico del sueño norteamericano. El joven prometedor que te encantaría presentarle a tu hija.

Luego, aparece el verdadero Araki, el Araki pasado de Wasabi: Su matrimonio se publica como foto-diario íntimo en una colección llamada “Viaje sentimental”, que revela su vida privada. Será el principio de la saga Araki, de las mujeres desnudas, de las fotos preparadas sin espontaneidad. Sus temas predilectos: Tokio, el sexo y la muerte. Empieza el desfile de sexos femeninos y flores, metáfora no-muy-rebuscada para la mujer.

Su fama internacional estalla a la par de sus fotos autobiográficas de ficción: Araki crea un mundo propio basándose en su vida real, eliminando los márgenes entre lo deseado y lo vivido. Inspirará a otros: La francesa Sophie Calle, mucho más pacata y recatada, hará lo propio al construir su obra alrededor de su vida personal.

¿Cuál es el dilema en torno al trabajo fotográfico de Araki? ¿Fotógrafo o pornógrafo? ¿Artista o provocador? ¿Misógino? ¿Por qué no racista, ya que estamos? Araki representa, a nuestros ojos, la gran diferencia entre Occidente y Oriente. Un Occidente obsedido por trazar límites, por vigilar y castigar, por establecer categorías inamovibles con las cuales entender el mundo. Esa sociedad pacata y burguesa de “Historia de la sexualidad”, de Michel Foucault, que practica hipócritamente las conductas que condena en público.

El fotógrafo intenta derrumbar barreras, borrar límites y correr fronteras. Los occidentales no entendemos lo que no clasificamos, y ante un desnudo femenino amarrado a una silla, no podemos sino esperar a que alguien nos diga que condenemos el horror pornográfico. Nuestras artes, asépticas, de new age, de relajación y desaparición del sufrimiento, se estrellan directamente contra el muro de artistas como Araki, capaces de recordarnos que la vida tiene parte de frustración, angustia y dolor, sin los cuales todo arte se reduce a un cuadro blanco carente de sensaciones (como el trabajo de Piet Mondrian, por ejemplo). De esa manera, el fotógrafo subraya el carácter social de la sexualidad, donde una foto “agresiva” para un norteamericano puede ser erótica para un japonés, donde un seno descubierto en el Superbowl puede crear una tragedia nacional en los Estados Unidos mientras en una playa de la Costa Brava apenas llamará la atención de los bañistas.

El trabajo de Nobuyoshi Araki, más que ser el trabajo de un fotógrafo japonés, representa la visión de un artista contemporáneo de vanguardia. En vez de aceptar y conformarse con los límites que le ofrece la sociedad a un artista reconocido como Araki, el nipón se rebelará y seguirá trazando su propio camino. Cuando la sociedad acepta la vida de los músicos pop, imbuidos en el sexo con groupies y el consumo de drogas, Araki publica Love Hotel, el relato de cómo el fotógrafo aborda chicas en los barrios populares de Tokio, las convence de posar provocadoramente para él y las seduce en un hotel. Estalla la indignación: Que un músico tenga orgías con fanáticas es aceptado, que Araki nos muestre lo que pasa por la cabeza de una chica normal para posar en sus fotos y tener relaciones con él, es obsceno. Nadie recrimina a la pasa ambulante de Mick Jagger cuando se casa con supermodelos brasileras o a Hugo Heffner cuando se muestra con cuatro novias a la vez. Pero basta que alguien fuera del sistema de las estrellas, más allá de los límites de la cultura popular, proponga un trabajo novedoso de fotografía para que la gente se indigne. Araki no se deja clasificar, huye y se escurre de las etiquetas dizque “artísticas” para mantener su libertad creativa, que es, a fin de cuentas, lo único importante en el arte. Mientras los U.S.A. crean un estereotipo de payaso gigoló para sus decadentes artistas pop, el japonés destruye la etiqueta al invadir sus fronteras.

Tal vez sea esa la característica principal del trabajo de Araki: Luchar contra el conformismo y la complacencia social. En un mundo donde la mayoría sólo quiere crear su nicho de poder, su puesto en la música, la pintura o la literatura para beneficiarse de los privilegios de la profesión, para engordar y volverse un pilar respetado de la sociedad, Araki huye del “tipo ideal” artístico, cuidando con celo la posibilidad de hacer lo que le dé la gana. ¿No es ese el fin del arte? ¿Qué clase de artista se encierra en posiciones y conductas prefabricadas y designadas socialmente, haciéndole el juego al sistema por unas simples migajas de confort y seudo respeto? El japonés frustra, molesta y le rompe los cojones a todo el mundo al dejar en ridículo a los arlequines sociales que nos venden como artistas.

En la actualidad, el artista sigue su ruta no-conformista. Araki, con 68 años de edad, ha emprendido un camino mucho más radical desde la muerte de su esposa. Aparecen ahora prostitutas, jóvenes japonesas y escenas explícitamente sexuales que han contribuido al culto de su persona. Alabado por su innovación en el mundo entero, artistas como Björk han sido sus modelos (Björk con ropa, ojo) y recientemente, el documental Arakimentari vino a coronar su carrera fotográfica.

Para los amantes del arte contemporáneo, Nobuyoshi Araki no puede dejar de pasar desapercibido. Es altamente recomendable el libro “Araki”, editado por la Taschen, en el 2007. A leer con un vaso de sake entre las manos…

* Vicente es autor de la novela Caracas cruzada, disponible en la red de librerías Sur de Caracas, Venezuela. Su última novela, Historias de un arrabal parisino fue publicada por Ediciones Idea y se consigue en las librerías de Tenerife, España. Blog.

Yugo (fragmento)

Te prometo que me pasaría la vida probándome tus vestidos, tus leggins, tus bragas y tus sujetadores. Cuando sacas toda tu ropa del armario la habitación empieza a oler a sexo de manera descontrolada, y no puedo más que tirarme en la cama y mirar cómo posas delante del espejo. “Que suenen las gaitas y las trompetas del infierno” Llueven ocelos de pavo real. Me has vuelto loco y sé que tienes tantas ganas de follar como yo, porque cuando sacas toda la ropa del armario no hay nada mejor que follar encima de ella. En realidad tú me absorbes tu ser y yo te absorbo el mío.
¿Te acuerdas de Martin Sheen y Sissy Spacek bailando delante de los faros del Cadillac Coupe DeVille? Estaban a punto de llegar a la frontera con Méjico. Pero las historias verdaderas nunca acaban con un final feliz, no es tan fácil dar la espalda a la muerte. La primera vez que dimos la espalda a la muerte nos clavó la hoz en el cráneo y nos cortó el cerebro en dos mitades. Es así.
Nosotros somos inofensivos. Christian Slater y Patricia Arquette preferían follar en una cabina de teléfonos a plena luz del día en True Romance. Ellos no eran los primeros, pero lo hacían francamente bien. Daniel González y Amaia Bidasolo follaban en un campo de trigo en La pistola de mi hermano, aunque en vez de un Cadillac tenían un Mercedes. Luego venía Viggo Mortensen y se los llevaba a su casa en el monte, y mientras Amaia hablaba con Christina Rosenvinge , Viggo preparaba el filete de ternera más extraño que he visto en una pantalla. Tenía una pinta horrible, pero era de lo más atractivo.

* Nació en 1984 en Tarragona. Actualmente trabaja y reside en Oviedo. Licenciado en Bellas Artes en la UPV de Bilbao. Trabaja con la pintura, con el audio + vídeo y también edita libros. Blog.

Cuarenta

De regreso del trabajo, al entrar en su casa, le pareció que algo había cambiado. Se detuvo un instante y miró atentamente a su alrededor. Todo parecía estar en su lugar así que, con esa incertidumbre, continuó con su rutina de llegada: el abrigo en el perchero, el bolso en el aparador y la obligada visita al baño. Hizo pis, se lavó las manos y la cara. Le gustaba lavarse la cara cuando regresaba de la calle, le daba una sensación de alivio, de renovación. El frío del agua en el rostro le produjo un repentido estremecimiento. Al levantar la cara del lavatorio quedó enfrentado al espejo. Se miró extrañado y, como si el reloj del tiempo hubiese retrocedido, revivió cierto día de su niñez, a los cuatro o cinco años, cuando también frente al espejo, había intentado imaginar su rostro de adulto. De seguro no tendría barba ni bigote, no le gustaba. Lo recordaría en el futuro para mantenerse bien afeitado. Pero ahora ya podía ver esa cara que acusaba el paso del tiempo; la barba entrecana, el bigote ralo en el centro (mezcla rara de Emiliano Zapata y Confucio), la nariz prominente, el cútiz curtido, los poros abiertos, las ojeras marcadas por el cansancio, el gesto duro, la mirada torva. Se llevó las manos a la cara y recorrió el rostro con los dedos. Siguió mirándose absorto y en silencio. Desde aquel día al presente no podrían haber pasado más que unos pocos días... Miró su entrecejo marcado, sus cejas aún finas, las marcas de la frente, las pronunciadas entradas al cuero cabelludo, el pelo castaño y lacio, aún abundante. Así fue como el niño pudo satisfacer su curiosidad de ver su rostro adulto. Estaba un poco desilusionado, pero no cabía duda de que era él. Entonces sacó la lengua, frunció el ceño, mostró los dientes como una fiera y gesticuló tensionando todos los músculos de la cara. Otras muecas cedieron el paso a los sonidos. Aprisionó aire en los cachetes y los hizo vibrar lanzándolo lentamente, hizo sopapa con la lengua aplicándola y retirándola repetidamente contra el lado interno del labio inferior, hizo el típico tloc-tloc-tloc-tloc que imita el trote de un caballo, produjo unos sonidos rasposos y graves desde la garganta y con la boca cerrada, y de la misma forma, una risa apagada y aguda, y otros sonidos de lo más extraños. Con orgullosa destreza acababa de ejecutar su exclusiva colección de ruiditos, ¿cuánto tiempo había pasado sin hacerlos? Se miró seria y largamente en el espejo y el niño desapareció. Volvió a lavarse la cara como para regresar a la realidad, se secó y salió del cuarto de baño. Fue entonces cuando tuvo la visión: se vió a sí mismo como a un niño de unos cuatro años que corría hacia él con la sonrisa más hermosa que recordara haber visto. Lo seguía una preciosa niña, un poco más grande, de rasgos delicados, que se acercaba con los brazos abiertos. Tras ellos, una hermosa mujer lo miraba con ternura y sonreía alegremente. Se puso en cuclillas para recibir a los niños y los cuatro se fundieron en un abrazo de caricias y besos. Entonces escuchó:
- ¡Feliz cumpleaños papá! - ¡Felices cuarenta mi amor!.

* Estudió diseño gráfico y arquitectura y después de varios empleos se inició en la fotografía trabajando como productor y como director de arte, continuando como fotógrafo independiente. Pero su verdadero interés es la fotografía documental. Ha realizado varias curadurías de exposiciones fotográficas para diversos fotógrafos y es miembro fundador del grupo fotográfico Café Porteño. Ha dictado seminarios sobre imagen corporativa, branding y lenguaje fotográfico. Blog.

Silencios contigo

Que salga de mis huesos un silencio
que se una a tus huesos cada noche.
Porque sabes hablarme sin palabras
y eso es lo que quiero.
Caliéntame en los pliegues de tu sangre,
caliéntame esta noche
pues el mar está cerca
pero no lo bastante,
y piérdeme,
acaríciame contra tus latidos,
respirándote,
hazte brazos y yo seré tus dedos,
y, porque sé mil maneras de equivocarme,
hazme silencio que se meza en tu corriente,
un mar de piel y huesos en silencio
y que las olas
de tu sangre
me besen en la frente como a un niño enfermo,
un ovillo de espinos mecido por tu carne.


La tienda de pintura

si dejara de quererte a ti para querer
a otro
suponiendo que entrara un día en una tienda
de pinturas por ejemplo y un hombre guapo
y con talento me rondara
si me enamorase quizás
tendría que comenzar de nuevo descubrirlo
como a un mapa
quizás tuviera que cambiar un poco
un cambio de 180 agrados sería
tan cansado
girar tanto a estas alturas
ahora que ya sabes cómo ando
ahora que no sé
ser yo sin ti


El dios de las cosas muertas

Señor de las cosas muertas,
de las libélulas que flotan
aliabiertas en las piscinas,
de las hojas ya transparentes
flotando en los estanques,
del pájaro al que se comen
los insectos, del tronco
que ya no resucita.
Debe haber un dios de las cosas muertas,
que infunde la belleza
a los otoños moribundos,
dios de los campos calcinados,
terriblemente hermosos,
del olor dulce de la fruta
que se pudre,
del sabor
a hierro de la sangre.
Debe haber un dios que transforme
en tanta belleza el dolor,
un dios
de las cosas muertas,
como muere el pasado
y duele y es hermoso por ser cierto.
Debe haber
un Dios que nos hermana en el misterio.


* Licenciada en Filología Inglesa. Finalista en el XXIII Certamen Mundial de Poesía Fernando Rielo en el 2003 con la obra "Glosolalia". Finalista del premio Adonáis 2005 con el poemario "Nuestro Nombre en las Piedras", que se publica en noviembre del 2007 en la colección de cuadernos de poesía Númenor (ediciones de la Fundación de Cultura Andaluza). En diciembre de 2008 gana el accésit del premio Adonáis de poesía con la obra "El Fabricante de Ruinas" (Rialp 2009). Colabora en la Revista de Literatura y Pensamiento Númenor. Desde hace cuatro años vive y trabaja en Algeciras, Cádiz, como profesora de inglés en secundaria y bachillerato.

Réquiem para hombre y mujer que tuvieron un encuentro perfecto

Mujer era mujer de pasos cortos, y una heredada aversión por los almanaques, y las fotografías de los documentos de identidad. Era mujer de bajas pasiones (literalmente) aunque por cobardía, lo disimulaba bien. Sus pequeños pies, eran la medida de sus razonamientos. Por principios -o por alguna prehistórica conversación escuchada a media voz, a medianoche- sólo le interesaban los peregrinos. Mejor si se trataba de israelíes, escoceses o escandinavos, aunque no era determinante. También le gustaba escuchar a Chopin mientras iba al inodoro. Parecía contradictorio, pero habiéndola tratado, era posible entender esta alianza entre la caca y los matices. Hombre era hombre solitario y de franca voluntad por invasiones y victorias. No era casualidad su desarraigo, era una predestinación y un camino sangriento. Ella lo había estado esperando a pesar de otros hombres y otros penes (a veces usaba palabras más sonoras, respaldadas por variables sonrisas). El encuentro fue perfecto. El mes, el día y la hora fraguaron la coincidencia mientras cruzaban un puente. Perfecta la soledad que transpiraban en el sopor del verano. Perfecto el olor del río, y la luna, una pestaña. Perfecto el acoplamiento entre sus virtudes y perversiones. No hubo necesidad de galanteos ni reverencias, menos aún de expresiones de asombro o adulaciones. Hombre supo que conocía sus metas, sus intenciones y sus femeninas vértebras lumbares. También su modo de cosechar albaricoques. Mujer sabía de sus ruinas, su lengua aterciopelada y su masculino miedo a los cañones enemigos. También de su juramento de no respetar escudos. Habrían seguido de largo si no hubieran entendido en ese instante, que un corazón es un símbolo primordial, y amor la primera palabra gruesa que pronunció la especie. Por eso se detuvieron esa noche, que guardó todas las noches. Al alba se despidieron prestos, porque hombre soñaba con otros caminos y mujer con otras esperas.

* Escritora de pocas palabras nacida en Barranquilla, Colombia. El relato breve es su territorio. No ha publicado libros, aunque ha escrito tres. En la "Torre de Pompeya", "Hombre Macho y mujer Hembra con cierta dificultad para entenderse" y "Ligeras Historias". Además de numerosos cuentos que ya están por ahí, de boca en boca. Algunos pueden leerse en su blog.

La balada de la masturbadota solitaria

El fin del asunto es siempre la muerte.
Ella es mi taller. Ojo escurridizo,
Lejos de la tribu de mí misma mi aliento
sabe que no estás. Espanto
a los que están alrededor. Estoy alimentada.
En la noche, sola, me caso con la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.
No está demasiado lejos. Es mi encuentro.
La golpeo como a una campana. Me reclino
en la glorieta donde solías montarla.
Me tomaste en la hoja floreada.
En la noche, sola, me caso con la cama.

Toma por ejemplo esta noche, mi amor,
en la que cada pareja está junta
en unión ligada, debajo, encima,
los dos abundantes sobre la esponja y la pluma,
arrondillándose y empujando, cabeza contra cabeza.
En la noche, sola, me caso con la cama.

Salgo de mi cuerpo de esta forma,
un milagro molesto. ¿Puedo
mostrar así el mercado de los sueños?
Estoy expuesta. Crucifico.
Mi pequeña ciruela, la llamabas.
En la noche, sola, me caso con la cama.

Entonces mi rival de ojos negros vino.
La señora del agua, surgiendo en la playa,
Un piano en las yemas de sus dedos, vergüenza
en sus labios y la voz de una flauta.
Y yo en cambio era la escoba torcida.
En la noche, sola, me caso con la cama.

Te agarró de la forma en que una mujer agarra
un vestido en oferta de una estantería
y me rompí de la manera en que una piedra se rompe.
Te devolví tus libros y la caña de pescar.
El periódico de hoy dice que estáis casados.
En la noche, sola, me caso con la cama.

Los chicos y las chicas son uno esta noche.
Se desabrochan blusas. Se bajan cremalleras.
Se sacan los zapatos. Apagan la luz.
Las criaturas de luz ténue están llenas de mentiras.
Se comen unas a otras. Están sobrealimentadas.
En la noche, sola, me caso con la cama.

* Traducción de Mary Harvey (Manchester - Reino Unido)

San pacá y San pallá

Al caer en sus pestañas un hilo delgado de semen, Sahiba se quedó pensativa sobre el sillón agarrándose melifluamente de las orejeras. Entreabrió su vulva oscura y se tocó la raja. Se le erizaron los dedos de los pies y tuvo que rozarse los pezones para sentir el calor de nuevo. Se levantó y empezó a freír samosas como una poseída.

Un hipertexto me avisa de que las estrellas son azules eléctricas y de que está a punto de caer un trueno naranja. Me descargo una noción del tiempo y hablo con el ánimo de mi corazón, al que encuentro más feliz que de costumbre. La voz interior al gozar de un fogonazo la llamarada comienza a encenderse: una lluvia de meteoritos que de vez en cuando corre por el barrio con los cuchillos y los liberados por Truman el del Capote. Pienso en el hipervínculo que he recibido por destino en la bandeja de entrada desde Santiago de Chile: los poetas están tirados por los suelos [falso] / el sueño, la mano del tiempo, avanza y soles de arena rojizos. Lo cuento al pie de la letra.

Sohail arroja la pócima, 96º envuelto en el electro progresivo de Lucrecia y lo zumba sobre la navaja quemando la censura [Platón]; empapados de tinta electrónica estamos, tinta desnuda, los poetas, el teatro, la comedia [Aristófanes], las ranas se esparcen en las aguas y al prenderse la llama ensordecen, empieza a detenerse el espacio, el tiempo, estamos sudando, transpirando, goteando tinta negra.

Cuello al fresco, lluvia y masaje en el clítoris de Aishwarya. Puedo luego a través de ella [el poeta también es médium] percibir que los hindúes de mi ciudad viven igual que nosotros, quienes tampoco somos de aquí pero nos lo creemos [identidad fragmentada]. Me acerco aislándome a la casa de Viktor el de las pinzas de madera, pues al estar pintando retratos multicolores de mujeres hindúes y pakistaníes me invoca con la voz de Shivá. Tuve que apresarla por la mano para que se sentase conmigo a tomar una tisana; se enlaza a mi cuerpo y tengo que abandonarme al placer, mordiéndome, desde la imaginación, los labios.

Me recogió uno de color colorado en la calle del León, uno de Senegal, pues iba a presentarme a un intérprete que se encargaría de mis derechos en Dakar [sus derechos humanos]. Le pregunté por su madre, Etiopía, y me dijo que hasta el momento todo iba bien, aunque el chico se apresuró cuando advirtió a los que pretendían vendernos cocaína y marihuana en la calle del Vidre.

Estuve cenando la noche siguiente con Derrida y Barthes y Foucault. El mito del artista sigue estando vivo y con ellos las botellas de vino y la mujer o el hambre, el ser humano, la dignidad, todo derruido, reconstruido y fileteado: póngame una barra de pan, por dios, y me la apunta.

Un escritor a quien conocí fuera de mí y dentro de aquí, me dijo una vez - la sola vez en que le presté atención - que no le interesaban las máscaras - un poeta sin suerte mediando los versos de su maestro. Me interesan las máscaras para después poder quitármelas, mendrugo, le dije; el poeta es un fingidor, que diría el portugués, como el narrador, quien también fabula sus propias costumbres, fusilando sus propias ideas, fingiendo que son verdad las mentiras que de verdad finge.

La noche empieza cuando oscuro tirando a carboncillo borrachos al amor con estos pedales de amor que cambiamos bajo la risa, para que cuando acabe el milenio no acabe la Rueda, de ahí que nos metamos a cantar una copla: se escucha la breve brisa, los zapatos de Mariette, la uñas pintadas y el chillón limonado de sus botas, resuena un camelo de piel y del collado baja un río de semen a rebosar de flujo.

Bella es en el estado de lo misericordioso la humanidad bajo el influjo del flujo de su vagina, la voy descubriendo con un tubo de vaselina al combate, Valeria, me mira y me guiña, la cojo por el balcón y desde el balcón, me la cojo y me grieta. Estamos jodiendo café con acritud poética en el balcón que da al Ra, acaba de subir Lucía quien acaba de comprarse una peineta en una página web que ayer no existía y que muy probablemente mañana tampoco, estamos fumando unos cigarros y en el balcón de enfrente aparece la silueta de Buñuel - mal iluminada - formando un readymade y empezamos a sospechar de la realidad, a husmear, por los cuadros de Courbet los cuales están apilados junto a la lavadora, sus autorretratos formado un cadáver exquisito, la biografía de Lacan (auto de si mismo) recién almizclada, y al fin y al cabo debemos, ya estamos, masturbándonos, cada cual con su ron, su ducados, aunque acabo de acordarme de mis adictos, mis amigos, los Fluxus.

Cuando nos dirigimos a la macabra es para ir hablando con el de los zancos y los malabares y las posibilidades cabalísticas que hay en todo ello. En la macabra nos saludan pero enseguida nos apean de aquel circo pues no tenemos intérprete.

La filología empieza con el Ramadán para Adib y cuando acaba la luna se da una vuelta por su pueblito perdido en el atlas, se toma un baño sueco y le dice a su madre que deje de pedirle dinero: se dan de palmas en el trasero y con un ruido ensordecedor ella acaba la fiesta y él regresa a su casa.

Ya en otra correría nos ponemos a silbar porque así de este modo tan sencillo pasan las mañanas si es que se está de buen humor; bueno, todos menos la Sagan, a quien encontré por la enciclopedia el otro día bien borracha, pues se cogió un pedo de la hostia la otra noche y no puede deshacerse de él: cuenta en su diario que quiere morirse.

Al abrir la taza del closet como dicen algunos que no conozco pero los oigo, vi a un yonqui y le pedí auxilio. Me cogió del brazo y tiró de él. Fui a parar a un cuarto claroscuro y allí me encontré con Swift y Carroll que estaban enredando con unas niñas, y para no verlo me tapé los ojos e hice como si no mirase. Le pedí al yonqui que me ayudara a cruzar el umbral y me metió un picotazo que aún me sigue doliendo.

Me informó Clara del desconcierto de los Slipktrust en el océano, “la entrada está un poco cara pero merece la pena, no vas a volver a verlos porque el cantante está a punto de morirse”. Para morirse de pena no necesita ir uno a uno de esos desconciertos, que vengan ellos si quieren, para cenar les prepararé caviar a la donostiarra, que avisen y traigan tequila. ¿Tequila?

Salimos sin quererlo - el artista no quiere / desea - desnudos los torsos pintados y a la calle, nos toman varias fotografías: los beatrónicos salen de la arteria envalentonándose, calada de valor al viento; Cortázar está atrapando moscas con las manos, siempre le da por ahí cuando se mete las manos en los bolsillos y le empiezan a sudar, se pierde ahondando en la ideología en la teología en la mitología en la hermenéutica, y ¡oh! qué arte.

Muchos no somos pero para qué, si los simios nunca fueron de un lado para otro si no que despistaron a los hunos y luego inventaron el cubismo, sí, fueron ellos mismos, y luego se decidieron por el arrabal de los astros y el espejo, aunque ahora está el DJ, mientras su madre le devuelve la ropa recién lavada y planchada, cría electrogrados para que sucumban al terror de los pornódromos. Tus hijos te sacarán los ojos, queda dicho, tanto se goza cuando se hacen las cosas con decoro, se entiende.

La galería de arte murió con el perro, les dio estacazo cuando aparecieron y todo quedó en el instante literario y escrito en el porvenir del imaginario del pueblo. Los caminos llevan a todas partes - entretanto un salto espiritual o alegórico - a ninguna y en definitiva la electricidad nos permite tener una conexión entre el equilibrio de nuestros dos hemisferios. Espíritu y alma se tornan afables con la inspiración y el entusiasmo del siglo nuevo y por el nuevo milenio amén, que ya los estamos echando de menos, a quién, a los resucitados, aunque no lo parezca.

El poema, una voz, un hilo, espíritu, voz, hilo de valor que corre de interior en interior, en conexiones, en nombres, son las paredes de la habitaciones del grito, sangre, verso que atiza, libro que aluna, vértigo, resquicio, polvo, guerra y paz, huida, primor, sueño, sílabas, nombres, luz, blanco, tinieblas, oscuridad, percepción, coraje, nombres, níveos laberintos, aparatos, técnica, berso, veso, máquina, tinta, blanco, boz, fundido a negro, huida, el otro, la otra, nosotros, vosotros, el mensaje, el desencuentro, el encuentro.

Beatriz, coge la palangana y ponte las gafas de sol, mujer, que vas a enfriarte de tanto tener un agujero por el que echarte de menos.

Edito

Número 6 / Septiembre 2009

Femme Noire
(a J.L. Tejera García)

Poemas

07

Sé que estás allí
con el cuerpo clavado a dos camas

Te nombro así para empezar
porque sé que eres el ser más
perfecto

Me abrazas así, como alma terminada
por la mitad
tristemente enlatada en tus tres preguntas
fundamentales
¿quién soy?
¿quién puedo ser?
¿quién seré?
me tomas para saldar las cuentas
porque sabes que soy el ser más
perfecto
Sé que ahora estás allí
los codos sobre la mesa
los hombros sobre los codos
y sobre los hombros la palabra aplastante
que aún no has descubierto

Puertas afuera disfrutas de la manada
combates escribiéndote informes / resbalándote
sobre los tumores de la tristeza
vendiendo caras las victorias
las derrotas decuplicadas sobre
mis senos
caminas de frente / con dos dedos de barbilla
las caderas carnosas
traicionando traidores y
destazando cerdos

Las pirámides de la palabra
invertidas
se equilibran en tus ojos
y te ronca la gana
y te sorprendes

Al final de la batalla
vienes hacia mí
el dedo desenfundado
y cuentas / mientras los tapas
los agujeros

Sé que aún continúas por allí
perdiendo por todos lados
los ojos zurcidos al deseo del enemigo
sobre tus hombros te espían tus asignaturas
pendientes
te gusta / te agrada / te alarma
tomarme así
tachando debes


13

si fueses una sombra
asediada
por un guerrero inútil
si fueses un nombre
escrito
en el libro de los huesos
si fueses un alma
engrandecida
montada sobre un monosílabo
si goteases desde mis pezones
abiertos
hacia el ojo de una boca de cinabrio
si resultases ser un órgano
vital
que una niña acarició al nacer
si explotases desde un arma
percutida
en cuatro tiempos
si te devolviese cada hora que te trajo
hirviendo
vencido y estúpido como un romeo
si fueses nada más que un pensamiento
un arpón / un hombro / un muslo
un ácaro / un lumpen / un gandul
¿cómo puedo amamantarte?
¿cómo puedo tomarte sin provocarme el fin?
y apareces y resultas y goteas y te devuelves
y me miras y me siembras y me acaricias
mujer entre tantos seres breves
me olvidas
y estallas en mi territorio
como si yo fuese el asedio / la escritura
el gigantismo / la vida / la cámara
retráctil / el mercurio / la temperatura
que se perdió o escapó del cuerpo
de un herido
sin mediar otras palabras


14

te sueño
y cada sueño
se convierte
en un enemigo devuelto

me sueñas
me lanzas
sobre cada piedra
esperando romperme

cada palabra se rompió en miles
de treguas

en cada parte de cada caso
aparezco
(en cada cuerpo de cada mujer de cada necesidad)
como un apetito nuevo
(una puerta estrenada por dos animales)

no somos el resultado de quienes nos han soñado
tampoco nos atrevimos a despertarlos
y yo te soñé / como en otro poema
y resultaste ser éste

una palabra de sal nos está calibrando
me lanzaste y te convertí
y quizá / en el fondo
no nos necesitamos tanto

* Artesana, tatuadora y escritora nicaragüense. Constantemente viaja por Centroamérica. Todavía no tiene un nicho definido.

Génesis

I)

La noche es de plástico. El suelo es un disco cuadriculado con muy pocos objetos en la superficie: lápices, alfiles, mandarinas azules, ramas secas.


II)

La cosa sin ojos aparece volando en círculos concéntricos, aterriza en el disco y de inmediato se pone a danzar entre vapores y burbujas. Trescientos sesenta y cinco dedos meñiques plantados en el suelo la observan en silencio.


III)

Después de media hora de baile ritual, la cosa sin ojos abre la boca y escupe cuatro cubos: el verde, el amarillo, el negro, el gris. Arriba el cielo palidece, las estrellas son botones rojos y la luna es una dentadura postiza craqueteando y echando chispas.


IV)

Oscurece: los dedos meñiques comienzan a silbar y los cuatro cubos se vuelven transparentes: en su interior se distinguen bocas, lenguas, uñas afiladas. La cosa sin ojos eructa, extiende sus enormes alas y se aleja volando hacia el infinito.


V)

Ahora el silencio es perturbador. Los dedos meñiques sacan sus patas de pollo y se alejan trotando rumbo a una selva cercana que no existe. Arriba se escucha la agudísima voz del sargento: un dos tres cuatro un dos tres cuatro un dos tres… De fondo, una voz maternal murmura padrenuestros verdes, azules avemarías.


VI)

Entonces los cuatro cubos se rompen, de cada uno sale una pequeña cosa sin ojos que resplandece en pegajosas fosforescencias multicolores. Son larvas, moscas sin patas, gajos de semivida que se arrastran, husmeando y zumbando, gimoteando, dibujando estelas de baba verde. De sus cuatro esqueléticos lomos brotan alas tontas con las que ensayan torpes y ridículos revoloteos.


VII)

No. No pueden volar, no saben cómo hacerlo: intuyen que su madre se fue y jamás volverá. Frustradas, chillan con voces de libélula y se revuelcan en los jugos de su propio desamparo.


VIII)

Arriba, entre nubes gordas, aparece una colosal puerta de mármol verde; un ojo encerrado en un triángulo y trece signos zodiacales la rodean. La puerta se abre lentamente, de su interior desciende la escalera de luz por donde la Virgen María baja, azul y divina, modulando un canto etéreo, conmovedor.


IX)

Las pequeñas cosas sin ojos dejan de chillar al mismo tiempo, se quedan estáticas como meditando… ahora comprenden: La Virgen María les enseñará a volar, las convertirá en ángeles. La noche de plástico se derrite: detrás resplandece el platino inmaculado del nuevo día.

* Es egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha sido becario del FONCA y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Ha ganado diversos premios literarios, entre ellos el Premio Nacional de Poesía “Sor Juana Inés de la Cruz”, y el Premio Nacional de Cuento “Salvador Gallardo Dávalos”. Imparte cursos de literatura fantástica, horror y ciencia ficción desde 1993. Es director del consejo editorial de la revista La Mandrágora. Es asesor del Instituto Mexicano de Psicología Profunda. Actualmente coordina el Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana, y el Laboratorio de Cuento Fantástico en la Casa de Cultura “Jaime Sabines”. Entre sus publicaciones se encuentran Ciudad de telarañas, Lucas muere, Torniquete de avestruces y Lady Clic.

Hay que ponerle nombre a esta tristeza

Hay que ponerle un nombre a esta tristeza
hay que ponerle un corazón,
un ojo de gato o de serpiente,
hay que ponerle un vestido
tacones
maquillaje
y sacarla a pasear
emborracharla
y cogérsela en una esquina
o en un motel de mala muerte.
Hay que golpear a esta tristeza,
darle latigazos,
enseñarle quién manda,
amarrarla a un poste eléctrico
o deshojarla en una tarde de septiembre.
Hay que saber que el mundo
es una telaraña o una sombra ancha
dispuesta a devorarlo todo,
a tragárselo todo de una bocanada
o de un zarpazo.
Hay que entender que las cosas
tienen un lugar geográfico, un nombre,
una textura exacta y una forma
y que dentro de esas cosas
está desnuda y en silencio
la tristeza,
como una corriente de aire frío
o el mar cuando se han dormido las olas,
como un conuco solitario,
un rancho de tabaco a oscuras
o Matanzas a las cinco de la tarde.
Hay que saber que la tristeza existe
como existe la casa, la tacita de té,
el reloj, el árbol, los recuerdos
o la fotografía de mi abuela
con una blusa llena de pájaros blancos
y una mirada que me hace recordar
a todos los muertos que ha tenido que llorar
mi pobre abuela.
Hay que saber que la tristeza no sólo existe
sino que también tiene su espacio,
su rincón en el interior de cada cosa,
su propia coloratura, sus exigencias
e incluso sus horarios
y que a veces uno se cansa,
se harta de tanta mansedumbre,
de tumbarse en una cama,
de tomarse un frasco de pastillas,
de pensar en sogas, en puentes
o en desahogos sentimentales,
y de repente uno se levanta
y dice coño
y decide cambiar el orden del mundo,
ponerle un nombre a la tristeza,
etiquetarla,
mandarla a la mierda,
y seguir hacia delante,
siempre adelante,
como el que va en un tren
o en un motoconcho,
aunque el vacío siga en el lugar de siempre,
aunque nada sea como antes,
aunque el amanecer sea luminoso,
aunque la tristeza jamás desaparezca.


Este poema

Este poema viene desnudo y transparente,
delgado como un hilo,
liviano,
imprescindible,
cotidiano como los enseres de la casa.
Este poema viene sin sexo y sin horas,
sin drogas y sin amigas,
de espaldas,
con cuchillos en sus fauces,
sin faldas y cigarrillos,
como un pájaro,
una caída
o un alumbramiento.
Este poema viene con latidos
y sangre,
dentro de un panal de abejas asesinas,
doloroso y nauseabundo,
salvaje y con pelos en las piernas.
Este poema viene de adentro,
trae la ingravidez del alma
y las rosas que dormitan en el pecho,
trae la tristeza en un frasco pequeño
y lo destapa,
y lo huele,
y se enamora de su fragancia lacrimógena.
Este poema viene del fondo,
se me escapó de un resquicio del alma
y ya no consigo hacerlo regresar.


Mata a la gallina

Llegó la hora de la enfermedad y de la angustia
el tiempo de los gusanos
la hora de los aullidos
de la sombra y las enredaderas
Llegó el momento de descargar la pistola
de matar a la gallina
Nadie podrá encontrarte
nadie podrá señalarte con el dedo
o condenarte
o vengarse por tu crimen
El velo miserable de la noche te protegerá
en ese instante
y todos los lobos estarán contigo
Así que lanza tu telaraña seductora
mete a la presa en el corral
engórdala
y cuando haya transcurrido
la estación de los crisantemos
cuando no haya luz, ni un caracol,
ni una descarga eléctrica en el horizonte,
mata a la gallina
destrúyela
mátala
mátala
mátala.


Testimonio

A lo lejos está el apartheid en Sudáfrica
y los miles de casos denunciados
A lo lejos están el humo y las cenizas
en el campo de exterminio en Auschwitz
A lo lejos están los sitiados en Leningrado
en la época del hambre y de la guerra
A lo lejos están los stukas alemanes
y los infiernos que iluminaron a Guernica
A lo lejos están los ingenuos que cayeron
en la interminable Guerra de Vietnam
A lo lejos están los cerezos de Hiroshima y Nagasaki
y las dos bombas redentoras
A lo lejos están los hutus y tutsis
y los bailes de machetes en Ruanda
A lo lejos está una isla en el Caribe
y la sangre taína seca bajo tierra.

A lo lejos está la mayor creación: el hombre
semejante a un volcán o a una daga.

A lo lejos canta una madre en la cocina
y el recién nacido duerme sin presagiar lo que le espera.

A lo lejos el poeta escribe del amor y de la rosa.

Allá abajo el implacable cocodrilo se burla de nosotros.


Lúgubre

Se ha hecho tarde.
Es hora de agrupar las pastillas,
de acariciar el borde del vaso,
de empujar con mi lengua el bálsamo
que silenciará este enorme vacío.
Nunca mis ventanas estuvieron tan blancas
como en este momento en el que la vida se agota.
Se me ha hecho tarde para hilvanar mariposas,
para encender la lámpara que está sobre la mesa.
Ya se acabó la leche fresca del gato,
ni siquiera cuelga la lluvia de los tejados
ahora que se chorrea el alma
por las grietas de mis ojos.
Se me han muerto todas las cosas:
el lápiz, el papel, los libros y la música.
Sólo ha sobrevivido mi mano a esta hecatombe,
mi mano donde se confunden las aguas,
la misma que le da los granos a esta gallina
hasta llenarle el buche de hastío.


Mi mano

Mi mano nunca siembra,
mi mano mata,
se suicida lentamente,
como la última nota de una marcha fúnebre.
Mi mano es un racimo de balas,
cuchillos afilados que cortan las venas,
pastillas que dan alas a la muerte,
corales rotos inundados de rocío.

* Nació el 30 de agosto de 1978 en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Escritora y periodista. Coordinó por varios años el Taller Literario Tinta Fresca. Ha recibido varios premios por sus cuentos. Ha publicado los poemarios De vuelta a casa (2002), Desnuda (2005) y Rosa íntima (2008).
En 2005 fue reconocida como la Vencedora Absoluta del XXI “Premio Internacional Nosside” que organiza el Centro de Estudios Bosio en Reggio Calabria (Italia). Sus cuentos y poemas figuran en varias antologías y han sido publicados por revistas y suplementos culturales de diversos países. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.

El huésped

No recuerdo el día exacto en que llegó a casa. La casa grande, cerca del río, en San Isidro. Con mi hermana lo empezamos a presentir. Suponíamos que lo había traído papá. A veces creíamos que lo habían dejado abandonado en el jardín. Pero depuse se impuso, como un huésped más, de tantos que venían a casa. Se impuso cuando cerraron la puerta del cuarto de servicio, donde había un amplio placard dentro del que mi hermana y yo jugábamos a la cueva secreta. Ese cuarto en el que Sofía, de apenas cuatro años, pintaba con crayones, mientras yo leía historietas.

Al principio no supimos qué era. Imaginábamos un duende silencioso, acechando; acechando tras alguna puerta. Nuestra vida parecía normal. Lo único que nos diferenciaba de otros chicos era la cantidad de tías y tíos que solían pasar algunos días en casa. Cuando ellos estaban algo caminaba por la garganta de los mayores. Susurraban en vez de hablar. Se encerraban a conversar, y si de pronto mi hermana o yo entrábamos se hacía un silencio súbito. Si estaba papá levantaba una ceja y dejaba el mate o el pocillo de café en suspenso. En esos momentos se oía su aleteo .

Algo había en la casa que se podía palpar .Lo sentíamos Sofia y yo, mamá y también Papa. Vivir de esa manera era como vestir una túnica helada y nadie puede entender como es si no se la ha probado. Y aún después de probarla es difícil de contar. Todos habían cambiado. Mamá estaba más nerviosa, de pronto nos retaba y de inmediato nos abrazaba hasta cortarnos el aliento. O lloraba por cualquier cosa, al escuchar alguna noticia, porque papá volvía del hospital mas tarde de lo acostumbrado. Papá también
cambió y él que siempre nos explicaba todo comenzó a decir : no preguntes más o ya lo vas a entender Sofía empezó a llorar por las noches y a mojar la cama. O se enfurecía, porque mamá cerraba la puerta del baño para ducharse, entonces Sofía lloraba y golpeaba la puerta gritando : abrime , mami, abrime. No te vayas, mami. Y entre el llanto y los mocos aparecía el pis. Mamá la abrazaba, murmurando: no te asustes, mi chiquita, no te asustes. Recuerdo que Sofia me daba mucha pena. Porque desde mis siete años su temor parecía mucho más grande que el mío.

Y algunas noches la imaginaba durmiendo con eso, o que quizá la espiaría desde detrás del sillón o aparecería debajo de su cama y con una mano muy fría le apretaría el cuello hasta ahogarla o hasta que mojara nuevamente la cama.

A menudo nos enviaban a jugar con Manuel- el hijo de nuestro vecino. Teníamos la misma edad. Una tarde mientras jugábamos le pregunté si él tenía miedo. Contestó que sí. Que por las noches. Que él creía que el miedo salía a dar vueltas por las noches. Que a veces te podía esperar con ojos refulgentes en medio de la oscuridad o dentro de un placard. Esa misma noche , cuando todos dormían , fui a la habitación de Sofía y me acosté a su lado. Juntos. Como cuando erramos chiquitos y nos ponían en la cama grande de los abuelos .Pero no siempre podía ir hasta el cuarto de mi hermana, porque a veces sentía eso parado cerca de la puerta. Su sombra enorme, enorme. No me dejaba pasar. O sentía su respiración , pegajosa, resoplándome en la nuca. Entonces era yo quien se despertaba llorando. Ahogado. Mamá entraba en mi cuarto y mientras me calmaba le decía a papá : son pesadillas , son malos sueños. Pero papá contestaba: no, es el asma.

Nos gustaba ir a jugar a lo de Manuel. No sólo por las hamacas que había en el jardín, sino porque su papá , que era aviador, poseía una colección de aviones en miniatura. Los días lluviosos nos permitían jugar con ellos. Recuerdo en especial una tarde en la que el papá de Manuel estuvo un largo rato con nosotros. Nos explicó las diferencias entre los modelos y nos preguntó, a Sofía y a mi , si nos gustaba volar. Sonriendo cargó a mi hermana sobre sus hombros y nos prometió que un día nos llevaría en un vuelo. Cuando el cielo estuviese claro. Sin nubes. Y qué pequeñita veríamos la ciudad de Buenos Aires y que ancho, ancho era el Río de La Plata visto desde lo alto. Y que si el cielo estaba muy, muy claro- agregó- se nota donde el río se une con el mar. Y recuerdo a Sofia. Riendo sobre los hombros del papá de Manuel y pensé que ella debería creer que si volábamos muy alto dejaríamos abajo las pesadillas y los aleteos extraños.

Una mañana mamá nos despertó muy temprano. Agitada. Mientras peinaba a Sofía nos dijo que nos íbamos por unos días al campo, a casa de los abuelos ..Que no me preocupase por las clases. Que me vistiera rápido. Que no , no podía despedirme de Manuel. ¿ Y papá? ¿Y papá?. Se había quedado a dormir en el hospital porque el tío José había tenido un accidente. Que luego iría para el campo. En unos días. Cuando nos sentamos a la mesa algo punzante y helado se sentía en cada sorbo de café con leche. Estaba también en las manos de mamá, que temblaban levemente, cuando le alcanzaba galletitas a Sofía. Yo miré los bolsos, ya listos, y supe que aquello innombrable estaba guardado, como un frío pañuelo blanco, entre cada una de nuestras prendas.

Cuando la casa fue quedando atrás tomé la mano de Sofía y pensé que quizá ahora no iba a mojarse más la cama. No. En la casa de los abuelos no. Todo volvería a ser como antes. Como antes de la llegada de aquel huésped de quien no sabíamos el nombre.

Y esta noche mientras mi hija recién nacida duerme junto al pecho tibio de mi mujer, veo aparecer en la pantalla del televisor al papá de Manuel. El papá de Manuel que llora. Casi babea. Mientras relata que el manejó aviones sobre el Río de La Plata y se disculpa diciendo que él solo manejó los aviones. Yo no tiré nunca un cuerpo- agrega- nunca un cuerpo. Y lo repite una y otra vez.

Entonces pienso en mamá, a la que algunos creían loca, como la Ofelia de Shakespeare, arrojando claveles rojos al río, para los cumpleaños de papá. Y pienso en Sofía, que nunca quiso volver a Buenos Aires. Y siento otra vez , en mi nuca ,la respiración del miedo. El miedo. El llanto y las manitos moradas de mi hermana. El asma. Y vuelvo a observar el rostro tenso, los ojos vidriosos del padre de Manuel. Y comprendo que el miedo está allí. Sentado con ese hombre que llora. Casi babea .

* Escritora y traductora. Ha obtenido numerosos premios literarios, entre ellos, el Primer Premio Nacional de Narrativa en 2007 (por este cuento) y el Primer Premio del XVI Certamen Nacional de Cuento en Argentina. Es autora también de los poemarios "Mandala", "Espejo de los días", y "El Metabolismo de la lágrima". Recientemente obtuvo el Premio de la Editorial De los Cuatro Vientos, por su poemario "Hechicera empurpurada". Sus poemas han sido traducidos al búlgaro y al catalán.

Mujer negra

Mujer desnuda, mujer negra
Vestida de tu color que es vida, ¡de tu forma que es belleza!
He crecido a tu sombra, la dulzura de tus manos me vendaba los ojos.
Y de repente en el corazón del verano y del mediodía, te descubro tierra prometida desde lo alto de un alto cuello calcinado
Y tu belleza me fulmina a pleno corazón como el relámpago de un águila.

¡Mujer desnuda, mujer oscura!
Fruto maduro de carne dura, sombras éxtasis de vino negro, boca que hace lírica mi boca
Sabana en los horizontes puros, sabana que estremece en las caricias fervientes del Viento del este
Tam-tam esculpido, tam-tam tenso que ruge bajo los dedos del Vencedor
Tu voz grave de contralto es el canto espiritual del Amado.

¡Mujer desnuda, mujer oscura!
Aceite que ni se arruga ni sopla, aceite calmo en los flancos del atleta,
En los flancos de los príncipes de Mali
Gacela en las relaciones celestes, las perlas son estrellas en la noche de tu piel
Delicias de los juegos del espíritu, los reflejos del oro rojo sobre tu piel que se tornasola.
A la sombra de tu cabellera, se esclarece mi angustia en los soles próximos de tus ojos.

¡Mujer desnuda, mujer negra!
Canto tu belleza que pasa, forma que yo fijo en lo eterno
Antes que el destino celoso te reduzca a cenizas para nutrir las raíces de la vida.

* Traducción de Abdoulaye Wade (Dakar – Senegal)

Error de sistema

Hoy me pasó algo extraño. Encendí el ordenador y no apareció el error temp2.exe, el que me amenaza siempre con destrozarlo todo. Reinicié y el error seguía ausente. Abrí un programa y esperé. Nada. Así que fui un poquito más allá y empecé a eliminar temporales, esos desconocidos que siempre andan ocupando memoria y tentando a desobedecer las órdenes de los informáticos... Borré y borré sin contemplaciones, pero nada, ninguna advertencia de Windows. Volví a reiniciar y él seguía funcionando con un par de co...mandos. Desesperado, toqué todos los cables y miré al monitor, por si reaccionaba, pero el ordenador seguía en sus unos y ceros, sin inmutarse. Entonces, me hizo un guiño que se convirtió en su mirada fija y desafiante de siempre. Así que yo, que no podía perder ni un segundo más, y que se me estaba haciendo eterno el proceso, le pegué un puntapié en plena CPU. Dos patadas después ya no funcionaba, pero me había quedado colgado en esa acción: patadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadap atadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatadapatad

* Artista audiovisual y escritora. Parte de su obra se puede ver y leer en su blog.

A Chica desde el Psiquiátrico

Necesito a Chica en mi vida.
Pero qué sabe Chica del naufragio \con el que se vive acá adentro.
De todos los declives de la zona \los marsupiales \las arañas en los candelabros.
Ésta cama obligada \como en penitencia \y la otra habitación que también tiene cama
Y vive Bob \o vivía. Qué sabe Chica de lo que le pasó a Bob \el día que le suministraron
unas cuantas dosis \más altas \porque el médico dijo que Bob gritaba \acá están todos locos, menos yo.

Mi corazón ya no es un \corazón. Eso tampoco lo sabe Chica. Ni la breve causa \o diagnóstico \de que esto es \irreparable. Y aunque me visiten \los días sábados a las \4 PM \mi corazón ya no es un \corazón.
Ella deberá comprender que \vivo \que no vivo \que acá siempre es de \noche. Que me \babeo \la mayoría de las veces. Que el \Alopidol \hizo que mis ojos sean \opacos como el \mármol.
Opacos y \negros \como cuando ya no se tiene \corazón.


Poema 1

En el poema
las tijeras indagan lo inverosímil
del cristal que emboza el verso

el filo proyecta imágenes y solloza
el cristal que cae de sí mismo

cuchillos
se afilan a medianoche
pronto a desnucar el poema
lapidando las palabras
de un Dios crudo que me ha creado.


Trabajos

*
hice de mí una subsistencia en la silla
por miedo al vértigo

sólo espero la noche para
la ceremonia inexorable
de vivir masticado por lobos

*
heme aquí
asustado
y enmudecido
ante la contingencia
del lenguaje

*
Arrastro en mi espalda un hijo muerto
que no lloren por él
que no se desvelen
yo madrugaré días y noches
hasta que su inamovible cuerpo
sea un gesto ideal de mis sollozos

*
convertir mi cuerpo
en una manzana mordida
en un bosque sin lobos.


Paranoia

Y siguen las voces
las figuras después
de la mansalva.

Me persiguen las cosas cotidianas
y huyo por el camino más estrecho.

La guarida de mi memoria
se espanta de lo que somos:
una aritmética nula de lo que
queda de un hombre.

* Poeta argentino nacido en Rosario en 1988. Han sido publicado diversos poemas en “Poesía Viva” (Rosario, Argentina 2009), en la revista “Viva la Palabra” (México 2009.) y “Cinosargo” (Chile 2009.) Este año fue galardonado en el concurso de Varadero, Cuba “Poesía de amor varadero”. Actualmente está trabajando en un libro inédito que tendrá el titulo de Drama.

Sobre los autorretratos en el infierno (2)

« Vamos a pasar por un pasadizo subterráneo, pero lo que te interesa a ti es conocer. Puedes tener confianza en tu guía. Tienes mis palabras para acordarte. Tu baza es que eres como eres. No tengas miedo. Mucha mierda, mucha podredumbre cae desde el techo. El mundo de las ideas nos tira sus basuras, sus huesos o mendrugos = haremos como si fuese maná. A pesar de que estoy hecho como de silencio, me he hecho para ti, esta noche, de palabras. Mira tu mujer, allí, bañándose… »

Berthe, en la gran extensión de la cueva, es vista al fondo nadar en un lago sin riveras.

El espacio de este taller es el de un mundo subterráneo, pero suspendido en relación a cierto fuego, ES CICLOPEO. Es ciclópeo y supone una extensión como la de una sartén que hubiese cubierto los Campos Elíseos. Sobre la superficie de esta sartén saltamos, vamos y venimos, mi antepasado, mi amiga francesa, y yo. Sus telas están pintadas con grasa de cocina, con petróleo, mierda, orina. Las hay que figuran las vírgenes de yeso cubiertas de pelusa y de cenizas de volcán, esas a las que él reza y que coloca al lado de los budas chinos y de los bustos en oro de Camarón de la Isla.
Decidimos que vamos a explorar el taller.

Paso la puerta del Este. El fondo de sartén es constante.

El espacio es inexplicable. Encuentro un personaje con la mirada diluida. Se viste de armiño. Camina descalzo. Nos ponemos a hablar. Me señala seis mujeres que montan guardia alrededor de una gran estatua de un hombre cubierta de plumas multicolores. Creo reconocer en sus rasgos a Marcel Duchamp, aunque se podría pensar también que es Lévi-Strauss. Es ese tipo de espacio absolutamente opaco de los bares que imitan a las bibliotecas. No experimento ningún impulso de leer esos libros.
He maldecido este lugar, me dice.
Pero ¿Por qué ?
Vea, ya lo he leído todo, en esta gruta…
Me muestra un pequeño papel en el que ha debido abocetar alguna cosa.
Tome por ejemplo el primer libro al azar que saco : El círculo de la sabiduría : si bien su teoría o tesis de base es osada e interesante, a saber, un origen mediterráneo de los mandalas tibetanos, via el gnosticismo cristiano y maniqueo que hace la ruta de la seda, por mucho que la estructura diagramática de estos préstamos sea aún más escrupulosamente remitida a un origen clásico, griego y judío en un libro del mismo autor que he encontrado colocado al lado : Filósofos griegos, videntes judíos, bien que esta tesis osada, forjada previamente en el estudio del arte de la memoria de Giordano Bruno, no sea más que el pretexto para desplegar en complejas y eficaces estructuras diagramáticas los datos actuales sobre las diferentes escuelas del gnosticismo y bien que su lengua española alcance grados de elegancia y de sutil riqueza desconocidos en ese país desde Gracián, sigo pensando que no ha sido útil sino para justificar pérdidas de tiempo. Compré los planisferios del Cielo en metal en el Louvre, para seguir en todo instante las connotaciones astronómicas de los momentos de mi lectura, concebí la idea de elaborar una nueva Divina Comedia en concordancia con la gnosis antigua y empleé años en la construcción del Cosmos… Ocurre en la escritura como en el dibujo. Se prevén los movimientos que deberán hacerse. Después, hacerlos como cosa sabida. Así que seguí mi natural lúbrico y habiendo ampliado mis conocimientos conté una historia de burdel que nadie ha querido escuchar y que me ha hundido en el desvalimiento…

Me parece bastante penosa y triste, su historia, contada de esa forma, iba a decirle. Pero se acercó todavía más a mí y me susurró al oído:
El eterno femenino nos agota en toda esta gimnástica erudita.
Somos seducidos por la mujer prohibida.
Se nos conduce a ideas de santidad que nos vuelven inútiles.

El verdadero Edipo no es tan fácil… Tome el libro de Nahal Tajadod que se separa de los otros de una forma radiante y misteriosa : Mani, le Boudha de Lumière. En los otros ella hace pastiche, docu drama, pero ahí, gracias a los artificios tipográficos de una obra más académica, se muestra extrañamente seductora : ofrece esquemas, listas, traducciones, un catecismo maniqueo que ocupa en caracteres chinos una buena parte del libro, el resplandor de la ocasión de conocer una religión tan mal conocida, que fue la del joven San Agustín y que volvemos a encontrar mezclada al taoísmo y al budismo en China, la fama de revolucionarios de los maniqueos, que a través de los siglos llega incluso a mayo del 68… Todo ello habría quizás bastado a hacerme discretamente interesado en su lectura. Pero nunca la letra se presenta sin su obsesionante feminidad.
Una tía muy querida me procuró el libro, haciéndolo llegar por correo. Lo coloqué ahí, con los otros.

Bienvenido al mundo de las tías, interrumpo. Yo tengo una también, muy querida.
Si fuera tan simple… Pero yo debía la nota a un deseo adulterino. En esa ocasión las mujeres se multiplicaban alrededor de mí cada vez siendo más eruditas. Yo vivía con una poetisa que estaba embarazada de mí, vamos a una fiesta al barrio antiguo, a casa de un escritor, y una joven parisina se presenta a mí ofreciéndome sangría y hablando de patrística, que es de hecho mi asignatura más secretamente preferida.
Uno o dos años transcurren en diálogos a tres, después a dos cuando cada vez mi poetisa se duerme con el bebé, en el otro cuarto. La persistente presencia en mi espíritu de esta parisina, cuya belleza física es incluso más abrumadora que la extrema erudición. Vierto todas mis angustias en cartas a mi tía, contándole el parecido de esta parisina y de ella más joven. El libro llega. Me siento provisto de todas las mujeres que amo, y además de la autora a la cual atribuyo los mismos encantos físicos de las otras tres. Mi pareja estalla, la parisina enferma de una extraña melancolía, mi tía también. Cambio de ciudad varias veces y me vuelvo adicto a dosis patológicas de café.
Yo reputaba al café ser una quintaesencia alquímica, una suerte de oro potable, de obscuridad, de luz, pues, hecha nutriente del alma, la dieta maniquea más actual : de hecho, el café ha sido, incluso con la fuerte ansiedad que me inducía, una especie de fuerte antidepresor que me sostuvo como un fantasma en ese desastre.

Me parece, deslicé, que todo eso es culpa de usted, y no del libro…
Coja usted otro, poco importa, y verá a lo que quiero llegar…

Esbozo un movimiento hacia la estantería, pero enseguida el hombre se interpone para cerrarme el paso.
¿Conoce usted al poeta andaluz José A.Valente ? Mi parisina nos había enviado en otra época libros de él, añade como de paso.
Por supuesto. Me parece que fue, digamos, apadrinado por el cubano Lezama Lima en los años 70, hago ademán de comenzar a desgranar mis conocimientos sobre Valente.
Y bien. ¿Ve usted la estatua con las seis mujeres ? Usted creyó probablemente que representa a Marcel D. o a Claude L.S., pero yo pienso que es Valente.

Guia Espiritual de Miguel de Molinos. Para una de sus ediciones, la de Seix Barral, Valente habría escrito un prólogo titulado Ensayo sobre Miguel de Molinos con cierta cantidad de detalles sobre la polémica y el proceso que condujeron al autor a las prisiones de Roma. Pone el quietismo de Molinos en relación con el budismo zen, y se leen con intensa delectación esas pocas páginas sobrias y violentas.
Es un libro purpúreo, sellado de los delfines de S.B., protegido por una camisa de celofán, guarnecido de una banda con slogan sensacional del tipo de edición propia al Destape, como se llama en España el fin de la censura franquista.

El hombre parece súbitamente soñoliento o borracho, a sus ojos asoman las lágrimas, y como blandamente se reposa sobre mí, su mano temblorosa en mi nuca, y me dice que sea bueno, que no olvide ni descuide las tareas domésticas, incluso si hace falta fregar los platos o barrer en la noche, airear la casa…

Hay un Arte que es reconocible, poco importa el contexto.
Piense en todos esos buenos alumnos de la librería Praga.

Qué angustia de comprobar que el Arte está en todas partes…

Una figura asombrosa se acercó a nosotros, la cabeza y los hombros cubiertos de movientes y grises ratones. Estaba vestido de cura, era rubio. Tenía las manos levantadas a medias y volvía sus palmas hacia nosotros, haciendo figura de abanico. Pero las escondió tras de sí, se enderezó más y empezó a cantar marcialmente. Cantaba de hecho marcialmente nada menos que versos de San Juan de la Cruz. Me puse de rodillas y sobre un papel dibujé lo que estaba viendo. Volvió a sacar las manos, aparentemente para que pudiesen ser dibujadas. Y cerró la boca, para que saliese cerrada.

Se me aparece que mi alma está haciéndose freír en aceite, en esta sartén del reverso del mundo. Son sensaciones esquizofrénicas, dirán ustedes, pero son las operaciones sufridas por la cosa del arte. Siento, en una especie de experimentación de la creencia, que el núcleo de mi alma está ahí, en la mirada que portan esas sombras y figuras. Los árboles subterráneos y los eternos crepúsculos de lava, los cantos de dolor de las estatuillas, la llegada del juez presentida por una ola de viento rancio. Desde la puerta del jardín se percibe una fábrica anticuada. Son las fraguas de Vulcano, Hefaistos hace las coronas de hierro de los grandes animales del zodiaco, las cadenas de las lectoras de horóscopos y los aliños de los artistas afeminados o demasiado machos. Trabaja solo, no hay muchacho, solo una embriaguez con mirada de plastilina y botellas medio vacías de agria y oscura Ambrosía.
Su armamento es cosa mentale, todo está en el coco, según lo que él cuenta, pero su deformidad es bien real.

Cómo no es histérico el buen gusto de la mitología… Cúantas experiencias vacías… Vulcano es burócrata. El es el Demiurgo y son sus diccionarios los que hay que denunciar, las cadenas de la ideología… Frente a los vivos, este Muerto de los Muertos grita anatema, a los supersticiosos… Y para la putrefacción de sus Muertos habla de ocios…
Me parece que mi alma se está haciendo freir al óleo, cuando recojo los trapos manchados de pintura, las botellas de disolvente y los ceniceros. Delante del cura. Pienso que ha salido de la fragua. Pero no tengo ninguna evidencia. No adivino su edad.

Tú me ves, dijo, rubio, vestido de sotana y cubierto de ratones. Pero soy un espíritu. ¿Sabes que es el demonio el que te muestra, con su letra indocta, quién soy ? ¿Sabes que soy Miguel de Molinos ?

Las oscuridades, las ilusiones ópticas, el aburrimiento, tantas experiencias de la perplejidad, de lo diabólico, convertidas en ejercicio ascético purificador. No se puede entender a Dios, como conocimiento, sin el contraste que da el diablo, y la visibilidad o invisibilidad demónicas. Miguel de Molinos recoge del suelo un libro blanco con un dibujo tachista en sepia. Sobre la naturaleza de los dioses, de Cicerón.

Qué libro más espiritual…

Y coge otro, blanco igualmente con una reproducción de una bandeja griega. El libro de la interpretación de los sueños. Artemidoro de Daldis.

Según Santiago Montero en su libro Diosas y adivinas, Artemidoro escribió su onirocrítica desde una posición reaccionaria, totalmente programada desde instancias de poder, para atacar a los intérpretes de sueños un tanto subversivos que seguían un método tradicional basado en Ptolomeo, menos mecánico que el que él propone. El método de Ptolomeo sería feminista o protofeminista, y el de Artemidoro puritano y machista.
Por mi parte, como juego textual, la aberración de toda escritura reaccionaria me ha resultado siempre estimulante en su monstruosidad, en la medida que hace adivinar una realidad que es negada, pero esa disposición mía puede ser la de aquel que ha estado expuesto a fuertes irradiaciones ideológicas.

Plutarco, « Obras morales y de costumbres ».

Su tratado sobre Isis y Osiris es el mejor libro devoto que he leído, aparte de mi Guía espiritual. Por otro lado Plutarco es más claro que Plotino, Proclo o Jámblico, y es ideal para un pintor vitalista como tú.

Sexto Empírico, « Hipotiposis pirrónicas ».

No quiero opinar hasta no saber lo que ha escrito sobre los escépticos Ignacio Gómez de Liaño. En un tomo de su libro que no ha caído en estas grutas.

Charles Mopsik, « Les grands textes de la cabale ».

Un libro gigante y muy serio, como exige su temática. Mopsik tiene una visión más cercana al estructuralismo francés que la de Scholem, lo que da una particular monumentalidad a su obra. No exento de conexión con los libros que venimos viendo. = De Scholem tengo una edición francesa La kabbale et sa symbolique. Confieso haber leído el capítulo sobre el Golem pensando que lo podría aplicar paso a paso a mi práctica de artista. Sin comprender que el lenguaje habla a la cabeza y no a las manos.

Virgile L’Eneide. Merece la pena leer la traducción de Pierre Klossowski, por su lenguaje híbrido de latín y francés, tanto en el léxico como en la sintaxis, que muestra como se puede transgredir la sacrosanta gramática para descubrir un lenguaje mucho más importante que el de los diccionarios académicos.

Ignorancia hecha diamante o sueño imposible, me veo conducido a una playa nubosa donde una mujer desnuda me mira desde las olas. Estoy recostado y veo su pubis en la espuma, triángulo que yo querría pintar como verdad abstracta. Es la superación de Mondrian y el rectángulo, no ya la onda rígida del cuadro sino el cálculo puro la visión, la localización de las oscuridades de la pura visión. Entro en un pabellón donde pinto ese pubis en un lienzo contra el muro, solamente pubis y resaca matinal. Después me tumbo con el balcón abierto en una estera y mi mano vagabunda alcanza unos libros apolillados y envueltos en pergamino. Me encuentro en Cuba, en una Cuba desierta del fin de los tiempos, sin pobladores, sin sonidos. Los libros son los únicos «seres». Observo el contenido y los títulos. La dedicatoria presenta al autor como Luis de Góngora y Argote y estos tomos como la edición de su tercera y cuarta soledades, escritas en la isla. En medio de las pescadoras y nereidas carnales, se adivinan los amores de infancia del autor. Como un signo del cielo reconozco entonces a Ginebra un año mayor que yo en la mujer de la playa. Un misterioso zombi llama a la puerta del jardín para avisarme de que me tengo que presentar en un examen sobre el Barroco. Una vez hice un examen así en una piscina. Se trataba de esbozar entre dientes una visualización del Universo y de todos los pensamientos. Desde el trampolín comienzo la descripción de las columnas que sostienen los trópicos y describo el giro del axis mundi como la monda de una dorada naranja que se deshace en el fango incorpóreo de la eternidad, girando hasta caer en su propia mismidad. Se me pregunta entonces por unos altavoces, para evitar el secreto, qué diferencia el Orlando Furioso de Ariosto y la Reina de las Hadas de Spencer de nuestro obsesionante Laberinto de Fortuna. Me sumergo para que las burbujas hablen al ángel de las dudas, para que las burbujas le digan de una vez la diferencia entre uno y otro libro. La diferencia, parezco decir, es la caprichosidad que hace de Spencer un balbuceo y de Mena un grito. En la isla desierta busco y grito como en un sueño, después de haberla urdido con el reposo de mis facultades. Para que el Laberinto de Fortuna no nos pierda o acapare, podemos vacar del universo en el falsete femenino de la Reina de las Hadas.
Las olas en su énfasis sobre la arena dicen la circularidad de todo gesto cósmico o moción del espíritu pasado. El antiguo universo es familiar como el mar. Las triangulares amazonas, y sus hijas, que nunca quisieron otra cosa. Las amenazadoras reinas que siempre estuvieron vestidas de pieles. Hemos dado en un cosmos que está desertado por la mujer, en su inmenso órgano sexual la diosa se ausenta y los héroes bailan en un desfile grotesco que sólo habla de trascendencia. Sólo se habla en el universo de cosas que dan nostalgia, porque ya no existen y de las mujeres brota como una existencia inefable la condición de que podamos hablar.
He querido volver en la máquina del tiempo a mi infancia y ser de nuevo un muchacho serio, concienzudo y de buena conducta. He querido rescatar la alta edificación del pudor, la curva que evita la caída. Poder dirigir mi palabra a los seres sutiles que han conservado los modales. No quedar postrado ante la máscara, por no poderla portar.
He aquí por qué es necesario que delimite el universo. Desde el caos que era de muchos tonos cromáticos y abundante en sombras, con picos y salientes en toda su bombeante piel. Desde el nacimiento patológico del Cielo, como garante o condición de lo elevado. Duelo de nacer. Fiebre que invita a callar, poderoso silencio que anuncia el sentido. El cielo que será a su vez despojado de toda satisfacción en su garantía por causa de defunción. El cielo que anuncia su indisposición con un tomar distancia, con un abstenerse o suspense. Y de quien se genera el movimiento hacia el alma, ya que como padre es transitado siempre perpetuamente. No tendencia al padre, sino transitación del padre para la identidad.

Jane, la mujer liberada, acompaña con chasqueos de lengua, con su horizontal desnudez, mis respuestas en este examen. Hago lo mejor que puedo. El tribunal me indultará de la tarea de tauromaquia interior que me atormenta. Avanzar respuestas sobre el Barroco se hace a través de cualquier definición que yo de de la realidad o del Mundo. De paso el Barroco incita a hablar del Tiempo. De los Tres Momentos de todo tiempo. Y el sueño de Jane es tiempo de la alta mar. Un flotar o nadar hacia lejanos barcos o islas, en la mayor simplicidad. Un buscar la protección de cisterna o estanque para nuestro naufragio.



Las olas: que interpretan un quatuor de Reynaldo Hahn mientras se diluyen en la conciencia.
Las olas en off.
Las olas
más tarde
en stand-by.

Las olas siempre como caballitos cachondos. Vengo a la playa a escribir, como los genios.
El luto de cerámica que tienen las tetas blancas desde la terraza.
Con el agua que asedia lagrimosa la Tierra, desde las estrellas, se hacen los collares de espuma de una y otra diosa. La Urania, cuya elevada educación la abandona a ser morada de las marítimas águilas, las mentes imperiales que solamente conocen el vino gris de la filosofía natural. O bien esa otra bañista que también se lanza al ataque, y que asperja de barro nuestro fluvial reposo.
Ambas son círculos de escudo en el torso de Juno. Luna doble o Sol morganático, el aire es territorio de los torneos entre fetiches, entre la mujer y el joven.
Infatigables, las violáceas musas atacarán una tras otra. Como si toda su existencia se actualizara en esos asedios repetidos, como mecánicos. Es necesario para la sucesión del tiempo. La imagen es siempre la misma.

La pintura es una mónada extensa

La pintura
procede en las zonas
y procede por capas en la hondura del punto


El proyecto de pintar una “marina”
Con arrepentimientos.

* Manuel es pintor y escritor granadino residente en París (Francia). Puedes descargar su novela Pleroma aquí.